Que Nafin baje por las escaleras

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Maricarmen Cortés

Una de las grandes paradojas de la crisis de 1995 fue que mientras las empresas enfrentaron graves problemas financieros por altas tasas de interés, falta de liquidez y total astringencia crediticia, los principales bancos de desarrollo —Nacional Financiera y Banco Nacional de Comercio Exterior— no pudieron ejercer todo su presupuesto crediticio y cerraron el año sobrantes de recursos.

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Ante la renuncia a conceder nuevos créditos, el deterioro de la cartera vencida y los esfuerzos de sobrevivencia de los intermediarios financieros no bancarios, ni los bancos de desarrollo pudieron cumplir con sus metas de atención a las empresas, ni los empresarios tuvieron acceso a nuevos recursos, excepto en casos aislados y prácticamente a cuentagotas.

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La explicación es muy sencilla y estriba no sólo en la política monetaria restrictiva que aplicó el Banco de México para evitar una inflación desenfrenada, tras la devaluación del peso. También, en el hecho de que en México la banca de desarrollo actúa en el llamado segundo piso. Es decir, que no canaliza los créditos directamente a las empresas, sino que lo hace a través de la banca del primer piso, es decir bancos comerciales e intermediarios financieros, básicamente uniones de crédito y empresas arrendadoras.

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El problema de la falta de créditos seguirá vigente en 1996. Tras los escandalosos fraudes en Grupo Havre, en 1994, y en diversas uniones de crédito, como Unicreva, en 1995, Nacional Financiera apretó las tuercas a los intermediarios y estableció requisitos de capitalización más estrictos. Esto en la práctica se traducirá en el cierre de 50 de las más de 200 uniones de crédito autorizadas a descontar recursos con la institución (Bancomext siempre fue mucho más cauteloso en el desarrollo de su red de intermediarios y exigía ya mayores requisitos).

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En cuanto a la banca comercial, sus prioridades en 1996 seguirán siendo reestructurar créditos vigentes, evitar deteriorar su cartera, así como negociar esquemas de capitalización y venta de ésta con el gobierno. Se prevé, por lo tanto, que los créditos a las empresas con recursos de la banca de desarrollo seguirán fluyendo a cuentagotas.

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Mientras que Bancomext, bajo la batuta de Enrique Vilatela, comenzó desde el año pasado a otorgar créditos como banca de primer piso, en el caso de Nacional Financiera —dirigida por Gilberto Borja, ex presidente del Grupo ICA— hay una total negativa por el riesgo que implica y porque —aseguran— sus funcionarios están demasiado ocupados tratando de limpiar su cartera actual y evitar nuevos fraudes.

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A través de diversas instancias, el sector privado ha intentado infructuosamente que Nafin regrese al primer piso. Por ejemplo, Víctor Manuel Terrones, presidente de la Canacintra, lo propuso al presidente Zedillo durante su convención anual de diciembre pasado. Lo mismo se hizo ante el consejo directivo de Nafin, presidido por el secretario de Hacienda. La idea: que el retorno fuera exclusivamente para apoyar a los sectores productivos que se consideran prioritarios. Sin embargo, aún no hay respuesta oficial. Terrones confía que en febrero próximo, cuando se realice la asamblea anual de la Canacintra, Zedillo pudiera hacer referencia a este tema.

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El optimismo no es gratuito ya que está vigente el exitoso ejemplo de Bancomext. Vilatela logró que para 1996 éste pueda duplicar sus operaciones de banca de primer piso, hasta llegar a 20% de su presupuesto crediticio, un indicador para Nafin.

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Si en el pasado se justificó que la banca de desarrollo canalizara sus créditos a través de intermediarios, hoy, ante la crisis económica más severa en la historia moderna del país, se requiere de programas que realmente apoyen a la planta productiva para cumplir con el compromiso de reactivación de la economía. Ya es hora de que también Nafin se baje de piso.

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La autora es licenciada en Periodismo expecializada en temas financieros. Actualmente es columnista del diario Excélsior.

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