Reactor a la deriva

La política nucleoeléctrica de México brilla por su ausencia. De un ambicioso proyecto, sólo una
Alejandra Xanic

Hace dos décadas, la apuesta fue construir 20 plantas nucleares en México, que en el año 2000 producirían el grueso de la electricidad del país. Hoy, sólo está en pie Laguna Verde, que produce 6.5% de la electricidad, y sigue en el papel el proyecto técnico y financiero para otro reactor en Veracruz.

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El gobierno federal asegura que no está previsto construir más plantas nucleares, al menos no en los siguientes 15 años. “No tenemos planes para una nueva nucleoeléctrica, como no los hay en casi ninguna parte del mundo, excepto Francia y Japón”, asegura Alfredo Elías Ayub, director de la Comisión Federal de Electricidad (CFE).

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Según CFE, la alternativa nuclear se probó poco competitiva por sus altos costos de inversión. “Es una tecnología bastante segura, que tuvo su justificación histórica”, explica el funcionario. El futuro está en la tecnología de ciclo combinado, que genera 60% del crecimiento de electricidad con gas.

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Los hombres que crearon el proyecto nuclear para México, en los años 60 y 70, miran con desconfianza la nueva apuesta de CFE. Aseguran que el crecimiento con gas tiene pies de barro y que la opción nuclear revivirá.

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“Volverá”, anticipa Juan Eibenschutz, hoy subdirector de Producción de la Compañía de Luz y Fuerza del Centro. “Volverá, aunque no creo que me toque verlo, y seguramente será por cuestiones ecológicas”, pronostica Fernando Hiriart, de 85 años, actual asesor y ex director de CFE y ex titular de la desaparecida Secretaría de Energía, Minas e Industria Paraestatal.

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“Sucederá cuando el gas barato se acabe o si crece la preocupación por el calentamiento global, porque el gas también contamina”, comparte Carlos Vélez Ocón, coordinador de Energía Nuclear del Programa Universitario de Energía, de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM); “la energía nuclear tiene un futuro asegurado”.

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El abandono
Sin embargo, el repliegue es evidente. En los últimos 15 años, aquellos proyectos de gobierno que arroparon la propuesta nuclear han cerrado. Las carreras de ingeniería nuclear en el Politécnico y la UNAM, los programas piloto para la producción de combustible, los proyectos de investigación y el desarrollo de tecnología propia en el Instituto Nacional de Investigaciones Nucleares han sido cancelados.

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La planta es la única sobreviviente de aquel proyecto. “(Laguna Verde) es un lunar en la Comisión, está cada vez más separada de todo. Las universidades dejaron de preparar cuadros, gente capacitada, es algo que nunca debieron dejar de hacer”, dice un hombre que hace 20 años se dedica a la planificación de la producción eléctrica en el gobierno, y que prefirió el anonimato.

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Mil personas trabajan en la operación de esa planta, instalada en medio del campo en la costa de Veracruz; la mayoría son profesionistas especializados. En los próximos cinco años se jubilará 40% del personal, y la planta se esfuerza en capacitar nuevos cuadros; el adiestramiento de un operador de reactor dura cinco años.

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“Es persistente la ausencia de ingenieros jóvenes que se interesen en las ciencias y técnicas nucleares”, plantea José Luis Delgado, director de la Comisión Nacional de Seguridad Nuclear y Salvaguardias.

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“Nos estamos quedando solos, somos una especie en extinción”, dice con una frágil sonrisa Miguel Medina Vaillard, gerente de la central nucleoeléctrica.

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El sueño energético
Fernando Barrera estuvo en Laguna Verde el día que la echaron a andar, en 1990. La jornada fue tensa frente a los tableros de control, cuando retiraron una por una las barras de carburo de boro para hacer que la reacción atómica iniciara en el reactor 1 de la planta. Coreaban las coordenadas de las barras que se deslizaban fuera de la unidad y apostaban en qué momento se iniciaría la reacción.

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No encuentra otro recuerdo más emocionante. Él es, como otros en esa sala, uno de los profesionistas que una década antes se especializaron para trabajar en el proyecto nuclear de México. Estudios en Francia, España, Estados Unidos. Segunda generación de técnicos capacitados a instancias del sueño nuclear de la CFE; miembro del grupo que esperó 20 años para ver a una nucleoeléctrica funcionar.

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Barrera es ahora el subgerente de Seguridad Nuclear de Laguna Verde (LV) y como muchos ahí, acumula frustraciones. “Creímos que esto iba a ser algo grande; ahora los que siguen de mí nada más están esperando que yo muera o me jubile para ocupar mi puesto; no hay a dónde más ir.”

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“Pensamos que sería un gran proyecto”, reitera Eibenschutz, otro que fue becado para especializarse en el extranjero. “Íbamos a crecer al 15% anual. Se veía una necesidad de generación muy grande; no se conocían las reservas de petróleo, el precio variaba mucho y no se quería depender del exterior”, recuerda.

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El sueño de incorporar la tecnología nuclear a la generación de electricidad comenzó a gestarse en 1953; en 1969 se tomó la decisión de construir una central, pero no fue hasta 1978 que se elaboró un proyecto nuclear completo de 20 plantas que producirían 20,000 megawatts para el año 2000.

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Sin embargo, su único fruto a la fecha es Laguna Verde, cuya construcción comenzó en 1976 y que comenzó a operar 14 años después. Arrancó ensombrecida por acusaciones de corrupción y de irregularidades en la obra y por el fantasma de Chernobyl. El accidente de 1979 en Three Mile Island, Estados Unidos, la crisis económica en México de 1982, el hallazgo de importantes yacimientos de petróleo en Chiapas y Campeche y el accidente del reactor de Chernobyl en la ex Unión Soviética, en abril de 1986, entorpecieron el avance del proyecto nuclear.

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Un error costoso
“Es uno de los más grandes errores de México –subraya Alejandro Nadal, investigador del Colegio de México–. Resultó carísima y seguramente nos sigue costando.”

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“Es una planta que nació con problemas de corrupción y de seguridad que siguen ocurriendo”, asegura Alejandro Calvillo, presidente de la organización ambientalista Greenpeace México, que solicita su cierre definitivo.

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La única evaluación oficial de la planta sólo dice que no quiere prescindir de ella, pues es el gobierno clave para el sistema eléctrico nacional: produce entre 6 y 6.5% de la energía del país, y trabaja las 24 horas, lo que ninguna otra instalación. Según la CFE, después de las plantas hidroeléctricas, tiene el menor gasto de combustible y produce electricidad al más bajo costo –considerando solamente los gastos en combustible, mantenimiento y operación, pero no la amortización de la inversión en la obra–.

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“Los costos de Laguna Verde nunca fueron públicos. En 1987 se dijo que se llevaban $7,000 millones de dólares; es evidente que fue una mala inversión y que propició buena parte del incremento de la deuda externa”, discute Calvillo.

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“Cuánto costó, creo que nadie lo sabe: fue muchísimo más de lo programado, el doble o el triple, y no sólo Laguna Verde, sino todas las plantas del mundo”, admite Elías Ayub.

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Desde que entró en operación la segunda unidad, en 1995, “ha habido escarceos, pláticas, intentos de hacer algo” para revivir el proyecto nuclear, comenta Eibenschutz. “El problema es que el costo de capital es muy elevado.”

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En los años 80 se planteó la posibilidad de instalar ocho reactores más en los terrenos de la CFE en LV. “Nosotros tenemos preparado un proyecto, y si nos dijeran ‘comienzan la próxima  semana’ estaríamos listos –asegura Medina, el gerente de la planta nuclear–; tenemos las especificaciones y el análisis socioeconómico para una planta de 1,300 megawatts; una unidad del doble del tamaño de la unidad 1, con la misma tecnología de reactor, pero más moderna.”

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Pero pocos creen que la idea tenga apoyo. Según Nadal, la afirmación de Medina no tiene sustento, porque “ningún jerarca de la CFE es pro nuclear ni va a apoyar proyectos” de esa naturaleza.

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En retirada
El aislamiento es el único problema de LV, asegura Hiriart, asesor de la CFE. “Laguna Verde es una planta muy segura, los ingenieros más preparados están ahí, pero ven que no hay ningún plan de futuro”. Si ahora la producción de la central es mínima, conforme crezca la oferta disminuirá aún más su participación porcentual en el total del país, y también la atención que reciba de la CFE, temen observadores.

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Los ingenieros de LV no tienen otra opción de empleo desde hace dos decenios, y tienen pocas posibilidades de desarrollo profesional. “Claro que causa cierta frustración porque nos imaginamos que habría muchas plantas donde trabajar –reconoce Barrera–. Como nuclear tengo dos opciones: o me voy, o me aguanto.” Su hijo habría querido seguir sus pasos, pero abandonó el intento y ahora se especializa en las plantas de ciclo combinado, que están de moda.

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La falta de estímulos al personal, la marginación en la CFE, el envejecimiento de la plantilla de técnicos y la falta de proveedores de esta tecnología es algo que reconocen como un problema. La edad promedio de los empleados es de 42 años; la mayoría tiene entre 15 y 20 años de antigüedad en el trabajo.

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“Hay un problema de mercado también –advierte Vélez, otro de los decanos–. Al caer el mercado (mundial de energía nuclear) los fabricantes ya no han querido producir piezas importantes para la seguridad. ¿Cómo lo han superado en Laguna Verde? Mejorando las piezas comerciales. Es un problema la falta de proyección de qué vamos a hacer en el futuro.”

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Eso no sucede solamente en México. En una reunión internacional de seguridad nuclear, Medina escuchó hablar de la experiencia en otros países, donde el proyecto nuclear se ha hecho cada vez más pequeño. “Lo que se determinó ahí es estimular a los gobiernos para que no pierdan la atención; si ya no la van a usar, que la reduzcan ordenadamente, y no que la abandonen”.

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En el mundo hay 437 plantas en operación, que generan 17% de la electricidad. La mayoría está en Lituania, Francia y en países de Asia. Estados Unidos tiene 100 y no ha construido ninguna más después del accidente en Three Mile Island. Italia paró totalmente su proyecto nuclear, con tres plantas, y España también. En Latinoamérica, Brasil y Argentina enfrentan una situación similar.

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Gas natural: nuevo protagonista
Según Ayub, los que continúan construyendo plantas son aquellos países que no tienen petróleo. “Francia depende 80% de la energía nuclear y Japón también, y su idea es seguir. Sin embargo, ahora la expansión de la mayoría de los sistemas eléctricos del mundo se hace con base en plantas de gas. Nadie tiene un plan de expansión con nucleoeléctricas, porque no compiten”. Según el funcionario, sólo el gasto de inversión en una planta nuclear es de $1 millón de dólares para generar un megawatt, mientras que en una de ciclo combinado el costo es de la mitad.

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“Muchos han estado en espera de nuevas plantas nucleares, más económicas, pero no se ha dado. Los grandes fabricantes tampoco han invertido mucho en desarrollar esa tecnología”, señala.

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En su plan para los siguientes 15 años, la CFE pretende que 60% del crecimiento de generación eléctrica sea con tecnología basada en gas natural. En 10 años, con este combustible se abastecerá entre 20 y 25% de la demanda eléctrica del país; 30% vendrá de hidroeléctricas, entre 8 y 10% de carbón, 3% de la planta nuclear, y el resto de termoeléctricas, estima su director.

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 “El único camino no es sólo aumentar el número de plantas, sino el ahorro de energía y los superconductores (que permitirían eliminar la pérdida de 15%, que sucede en la transmisión y distribución de la electricidad). También las tecnologías alternativas tendrán su momento. En 20 años se van a poder hacer muchas más cosas”.

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Quedan esperanzas
¿El futuro…?, ¿cuál futuro?, dicen funcionarios, técnicos y planificadores de la CFE  y de la Compañía de Luz y Fuerza del Centro. Sin embargo, los promotores de la generación nucleoeléctrica están seguros de que la opción de gas perderá su atractivo; que con avances en el confinamiento de desechos la energía nuclear volverá a ganar adeptos.

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“La nueva tecnología de ciclos combinados es muy barata con los precios actuales del gas, y eso ha hecho que todo mundo se haya ido con esa tecnología –reconoce Hiriart–. Las reservas en el mundo son enormes, pero en general son reservas que cuesta mucho explotar. En México no estamos seguros de tener suficiente gas para sostener un programa para muchos años. Nosotros importamos gas de Estados Unidos, que lo importa de Canadá y hasta de Argelia. La ventaja económica del combustible se va a ir perdiendo gradualmente (…) Si se encarece el gas, que además contamina y contribuye al efecto invernadero, eso puede hacer que en un futuro todo mundo vuelva a lo nuclear.”

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Para Medina, el gerente de la planta, el futuro de la energía nuclear está ligado al desempeño de LV. “Los pesimistas dicen que la energía nuclear no tuvo, no tiene y no tendrá futuro; yo soy de los optimistas que creen que tuvo, tiene y tendrá. El reto es mantener la opción abierta. Creo que volverá a México, pero en mucho depende de que Laguna Verde llegue a la excelencia. Estoy convencido de que lo podemos lograr.”

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En opinión de Greenpeace, si en eso se sienta el proyecto, “es seguro que será cancelado”. Sigue siendo un grupo muy anquilosado en México el que apoya lo nuclear, se quedaron en el sueño. Yo no le doy más de cinco años a Laguna Verde, y espero que sea porque cierre y no porque haya un accidente. O se para o va a ocurrir algo”, augura Calvillo, quien recientemente publicó un informe  confidencial –respaldado por los expertos consultados por Greenpeace– y asegura que su lectura revela graves deficiencias en la seguridad de la planta.

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Elías Ayub descarta las presiones de los ecologistas: “Nosotros tenemos en el plan de largo plazo que Laguna Verde siga operando”. No obstante, la planta no se enmarca en el desarrollo de una política energética nuclear hacia el futuro. Sólo espera que expire su vida útil en 20 años más.

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En el último piso del bunker que protege al reactor 1 hay una alberca. Cuatro de los 10 metros de profundidad están ocupados por los bastidores con el uranio que en 10 años desgastó el reactor. De ellos se desprende una luminosidad que colora al agua de azul profundo, y no de verde esperanza.

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