Relevos del 98

En un contexto internacional de gran turbulencia financiera y de inquietud social interna, no será
Alejandro Castillo

Finalmente terminó la prolongada estancia de Miguel Mancera al frente del Banco de México (Banxico). Con su salida, se produjeron importantes cambios en los puestos desde los que se dirige la política económica del país. Quien era secretario de Hacienda, Guillermo Ortiz, fue designado gobernador de Banxico y su puesto en Hacienda fue ocupado por José Ángel Gurría, quien hasta entonces era el titular de la Secretaría de Relaciones Exteriores. Aunque no es posible afirmar que los recientes nombramientos implican una modificación de la política económica, cabe pensar que los nuevos funcionarios podrían tener otros objetivos, más allá de la obsesión antiinflacionaria que caracterizó a la administración de Mancera.

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Algunos analistas han querido atribuir a Mancera cualidades excepcionales como director del banco central, pero la historia demuestra que su gestión en realidad pasó con más pena que gloria. Aunque la autonomía de Banxico no se estableció sino hasta la última parte de su administración, desde que llegó a la dirección en 1982 Mancera actuó con un alto grado de independencia e, incluso, tuvo un papel predominante en la conducción de la política económica de los últimos tres sexenios.

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La etapa más frustrante de su mandato la vivió en 1994, al término de cinco años en que el país observó un alto grado de coherencia de objetivos entre el banco central y el gobierno salinista, así como una gran consistencia en la aplicación de las directrices económicas. Pero lejos de alcanzar la anhelada estabilidad, en diciembre el país se vio obligado a devaluar su moneda. El éxito que aparentemente había logrado en los primeros años de la década impidió al equipo económico reconocer que la disminución de precios alcanzada hasta 1994 no obedecía a la conformación de una estructura económica más productiva y competitiva.

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UN CAMBIO DE MATICES
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Cuando el actual gobernador de Banxico era titular de Hacienda, esa dependencia elaboró un diagnóstico en el que reconocía las deficiencias de la política de estabilización aplicada en el salinismo. Una consecuencia inevitable fue la decisión de redimensionar la economía de acuerdo con la capacidad de su estructura; el ajuste fue drástico. El diagnóstico de Hacienda reconoció implícitamente que la economía no debe operar más allá de su capacidad real.

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El desempeño de Ortiz ha contado con un entorno favorable. Muchos capitales han llegado a México, sobre todo en los últimos meses, no porque se cuente con una gran capacidad productiva, sino porque el grado de riesgo en otras economías, en particular las de Asia, ha crecido considerablemente.

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El problema reside en que no basta aceptar esa situación. La segunda parte del diagnóstico que hizo Hacienda reconocía la necesidad de ir más allá y dejó clara la urgencia de ampliar rápidamente la capacidad productiva del país. Por eso, una de las tareas que tiene hoy el equipo económico es la de descubrir cómo aprovechar las circunstancias internacionales para transformar a México en una economía competitiva, que dé empleo a su creciente fuerza laboral.

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A diferencia de Mancera, Ortiz tiene una concepción más objetiva de la realidad económica, y además va a tener mejores herramientas –la política cambiaria y la supervisión a la banca– en un momento en que el mundo enfrenta una situación muy difícil, propiciada en buena medida por el exceso de recursos financieros en los mercados.

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Por su parte, sería de esperar que el nuevo secretario de Hacienda, adopte un mayor compromiso con el país y despliegue la capacidad negociadora que se le atribuye.

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Falta ver cómo actúan estos dos funcionarios y si se da la coordinación entre Banxico, Hacienda y los sectores productivos del país en aspectos clave como la reforma fiscal y las políticas de estímulos. Mientras se confirman sus compromisos, está claro que si este equipo no adopta las decisiones adecuadas, en unos meses el país podría resentir el impacto de la competencia internacional que, se prevé, será sin tregua. Nuevamente sería el pagano de los excesos de otros.

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