Salinas y la picaresca nacional

Basta leer con cuidado y se pueden detectar dónde están los malos de la película, según Salinas.
Ricardo Medina Macías

En los últimos días he recibido múltiples llamados “patrióticos”, en el correo electrónico la mayoría, exhortándome a no comprar el gigantesco libro en el que Carlos Salinas emprende su alegato y apología.

- Los llamados argumentan que no comprando el libro evitaré que se enriquezca más “el villano de Agualeguas”. No me parece un argumento inteligente. En primer lugar, quien se lleva la tajada del león en la venta de libros es el distribuidor, hasta 40% sobre el precio de venta. Calculo que en México quien más se beneficiará por la venta del libro será Carlos, sí, pero el que se apellida Slim.

- En segundo lugar, me molesta que me digan qué debo y qué no debo leer. Respeto lo suficiente mi inteligencia para confiar en que no caeré embaucado por la prosa maligna de Salinas, ni creeré sus presuntas perfidias sólo por estar escritas en letra de imprenta.

- En tercer lugar, no entiendo por qué personas que jamás se han preocupado de mis lecturas, ni mucho menos de mis finanzas personales y a las cuales ni siquiera conozco, se interesen de pronto tan encarecidamente por mi salud intelectual y financiera y me exhorten a sumarme a la cruzada contra el villano.

- En cuarto lugar, me intriga por qué muchos sesudos comentaristas de la vida nacional se han vuelto de pronto tan perezosos y, cual escolares enojados con la tarea, lamentan que el libro tenga, ¡imagínense!, más de 1 300 páginas y anuncian que jamás las leerán.

- Y en quinto lugar, después de haber leído desordenadamente varios de los capítulos, sospecho que los promotores de este boicot al libro podrían ser algunos de los personajes que salen muy mal parados en el alegato.

- Algunos quedan como incompetentes. Otros como pillos. El de más allá como acomplejado lleno de rencores y otros como traidores detestables.

- Basta leer con cuidado para detectar dónde están los malos de la película. No es sólo el presidente  Zedillo, ¡por favor! Son muchos más personajes de la picaresca nacional.

- Vamos a dejarlo así para no agriar la lectura: si yo fuese Guillermo Ortiz, actual gobernador del Banco de México, jamás recomendaría el libro y argumentaría que su precio promueve la inflación. Si yo fuese Luis Téllez, actual secretario de Energía, gestionaría que todos los ejemplares se trituraran para generar, mediante su quema, energía calórica. Si fuese Carlos Salomón Cámara, exdirector de Comunicación Social de la Presidencia y por unos días más director de la Lotería, prohibiría su lectura amenazando con penas terribles, jamás ganar ni siquiera reintegro por ejemplo, a quienes desafiaran la prohibición.

- Nótese que la mayoría de esos personajes fueron colaboradores bastante cercanos de Salinas de Gortari. Todos pertenecen al mismo partido político  al que pertenece (¿aún?) Salinas de Gortari. ¡Ah, la familia!

- Cuando Salinas, en términos un tanto pedantes, habla de la inducción de un ánimo de linchamiento social en su contra, promovida desde la Presidencia, créame que es muy convincente. Sobre todo si uno ha estado cerca de los medios y ha experimentado los mil y un mecanismos del aparato de persuasión de “la familia revolucionaria”.

- Es la filtración interesada a la que, incauto o no, el periodista presta oídos. Es la llamada telefónica (“¡mi hermano, ahí te encargo la nota!”), es la recomendación descarada (“pregunta esto, pero como si fuese cosa tuya”) o, en otros casos, es el cese más o menos fulminante para quien se salió del redil.

- Salinas debe saber algo del asunto (que no finja ahora ser una inocente paloma en esas lides de la “inducción” a medios y comunicadores) y en los últimos años ha sufrido en carne propia la eficacia del aparato que otrora manejó con destreza.

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- Salinas le llama a cierta fauna política de la familia revolucionaria la “Nomenklatura” con respetuosa mayúscula. Lástima que no siempre ofrezca más nombres y señas, pero sí deja muchas pistas.

- Por cierto, que Vicente Fox vaya tomando nota porque como decían los clásicos: “Con esos bueyes hay que arar.”

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