Salvemos al capitalismo

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El libre mercado tiene como principal enemigo a sus mayores fundamentalistas: los empresarios ineficaces. Así lo confirman Raghuram G. Rajan y Luigi Zingales, autores del libro Saving Capitalism From The Capitalists (Crown Business, 2003), quienes cuestionan hasta la médula el papel de las grandes corporaciones (más preocupadas por sus relaciones políticas que por la eficiencia interna), que a fin de cuentas son quienes se han vuelto el mayor factor de distorsión en el proceso de creación de riqueza.

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Contra la tradicional (y errónea, dicen los autores) visión de culpar a los mercados financieros de todas las calamidades económicas, se suma también Peter Coy –editor de Economía  en el semanario BusinessWeek– quien recientemente escribió que “el libre mercado es fácil de admirar, pero difícil de amar”, al recordar que, cuando una Bolsa de Valores se va en picada, una compañía altamente empleadora quiebra o un pequeño país en vías de desarrollo ve cómo vuelan los capitales financieros hacia otro destino, el culpable siempre es el mismo: el libre mercado.

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La realidad es que la libertad económica no es la causal de distorsiones severas. Los grandes titanes de la industria tienen mucho más que ver. Más aún que los propios mercados financieros, que de varias maneras estimulan constantemente las mejores prácticas de negocios: cuando éstos funcionan bien, son antídotos contra la esclerosis que sufre el establishment corporativo mundial; incrementan la creatividad, la movilidad y las oportunidades. Las elites, dicen Rajan y Zingales, son quienes restringen el acceso a los capitales y limitan el desarrollo económico de los individuos.

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Este voto de confianza a los mercados financieros (y de abierta desconfianza al modus operandi del pequeño núcleo que sólo vela por sus propios intereses) no puede consolidarse, y arrojar los beneficios que trae consigo, si no se plantean reformas como las que sugieren los profesores de la Universidad de Chicago:

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  • Pulverizar megaconsorcios cuyo poder económico les otorga demasiada influencia política.
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  • Fiscalizar la propiedad, no el ingreso.
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  • Legislar una mayor rendición de cuentas del management a los accionistas minoritarios.
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  • Aplicar impuestos a las herencias para quebrar dinastías familiares.
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  • Proteger a la gente mediante seguros, sin politizar los alivios a los desastres.
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  • Habilitar a los trabajadores para apoyar cambios a través de educación vitalicia.
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  • Permitir el libre flujo mundial de capitales.
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  • Promover el libre comercio pleno de bienes y servicios.

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Si dejamos atrás tantas marañas intelectuales y logramos asomarnos de otro modo a este tema, entenderemos la inmensa capacidad de crear riqueza que ofrece este sistema económico. Como dice Zingales: “¡El capitalismo necesita un corazón, por su propio bien!” Visto así, no hay mayor necesidad de inventar otros adjetivos.

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–Los editores

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