Sensatez colectiva

Dicen que varias cabezas piensan mejor que una. Pero nadie advierte que la suma de muchas no siempre
Javier Martínez Staines*

¿Cuándo fue la última vez que te topaste con alguien en verdad sensato? No sería nada raro que la respuesta se complicara a grado tal que las ocasiones se pudieran contar con los dedos de una mano.

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La sensatez, entendida como sinónimo de sentido común (ese que la sabiduría popular, con mucha sabiduría, ha declarado como el menos común de los sentidos), es una muy lamentable omisión en las cualidades de la colectividad humana. ¿Exageración? Asómate a tu empresa y mira para todos lados: arriba, abajo, a un lado, al otro. ¿Encontraste mucha gente sensata?

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Antes de ingresar vía fast track al imperio de los malos entendidos, valga hacer una aclaración: este juicio se aleja de tintes autobiográficos y cualquier parecido con personajes de la vida real es pura coincidencia. Al punto: nuestros negocios y nuestra vida marcharían con mayor alegría si no tuviésemos que invertir tanto tiempo en escarbar con insistencia en la mente de algunos para extraer un poquito de lógica.

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Quizás a ti también te enseñaron de pequeño que varias cabezas piensan mejor que una, pero a lo mejor tampoco te advirtieron que la suma de un montón no siempre implica adición de cerebros. De ahí que no deba sorprender que las maratónicas juntas de trabajo rara vez terminen en obras de arte de la planeación estratégica y, en consecuencia, del camino a seguir en una organización, un gabinete o un país. Quién sabe qué nos pasa a los seres humanos que, al reunirnos con otros, se ofusca la razón y afloran nuestros demonios. Y una vez echados a andar los diablos de la insensatez, sólo quedan dos caminos: si el sentido del humor fácil es tu fiel acompañante, habrás pasado algunas horas de sana distracción; si no tienes tiempo para eso, habrás tirado una incontable cantidad de minutos a la basura.

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Acaso es demasiado utópico esperar que todos seamos sensatos. Probablemente nos aburriríamos. No tendríamos lapsus linguae literarios ni simpáticas discusiones telefónicas de presidentes grabadas. No habría calles que cambian de nombre después de cada esquina ni números saltados en las casas. No pretenderíamos segundos y terceros pisos en vías rápidas. No escucharíamos homilías con orientación electoral en los púlpitos. No pagaríamos gasolinas tan caras en un país inundado de petróleo. No tendríamos puestos ambulantes ni payasitos en las esquinas. No temeríamos a los policías ni a los judiciales. No veríamos tantas horas la televisión. Vaya: no viviríamos, entonces, en el país de la insensatez colectiva.

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* El autor es director editorial de Grupo Expansión y se le complica mucho ser sensato todo el tiempo. Retroalimentación: jstaines@expansion.com.mx.

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