Shell México. Aprender a vivir sin petr

La negativa a privatizar Pemex no ata las manos del gigante europeo. Los tratados comerciales estimu
Roberto Campa Zúñiga

Cuando Shell llegó a México, la industria petrolera de este país llevaba más de un decenio en manos del Estado, y así se ha mantenido. Pero el gigante petrolero de capital anglo-holandés vino armado con la paciencia necesaria para esperar el momento en que el gobierno mexicano admita que empresas privadas participen en la exploración y extracción de hidrocarburos, si algún día lo hace.

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Aunque Shell no pierde el tiempo. Menos ahora, cuando México parece adquirir un nuevo valor en el mapa productivo mundial. Mientras aguarda, ha incursionado en áreas periféricas como distribución y transporte de gas natural, elaboración de lubricantes y otros derivados del petróleo, así como en la generación de energía eléctrica. Sus operaciones en el país, la mayor parte coordinadas desde Estados Unidos por Shell Oil  Company, recibieron un importante impulso en 1997, año en el que las autoridades mexicanas abrieron a la inversión privada nacional y extranjera algunas áreas del sector energético.

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Shell México, su filial local, sólo cubre una parte de los negocios estadounidense de Grupo Royal Dutch/Shell (GRDS), gigante mundial con presencia en 135 países y conformado por Royal Dutch Petroleum Company, ubicada en Holanda, y The Shell Transport and Trading Company, con sede en Inglaterra. Las ganancias del grupo en el primer trimestre de este año alcanzaron los $3,100 millones de dólares, el doble de las registradas en el mismo periodo de 1999, favorecidas por la recuperación de los precios del crudo y el programa de ajuste aplicado a partir de 1998.

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Fuerte competidor en la industria petrolera  mundial, GRDS trasladó desde hace un tiempo parte de sus negocios a los derivados del petróleo. Los cinco campos de actividad en torno a los cuales ordena sus subsidiarias son: exploración y producción de petróleo y gas, fabricación de fibras, polímeros y aditivos a base de petroquímicos, producción de gas natural y generación y transporte de electricidad, producción de combustibles y derivados y generación de energía renovable –solar, biomasa, eólica–.

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“Por el momento tenemos inversiones modestas en México, dirigidas básicamente a gas natural, lubricantes, petroquímica y energía –dice Scott Roberts, director general de Shell México–. Tenemos que competir en las áreas de inversión en las que actúa Shell en otros países y que son cada vez más fuertes.” Las inversiones de la firma en el país pasaron en los últimos tres años de $10 millones a $1,400 millones de dólares, esencialmente dirigidas a tres proyectos para la generación de electricidad así como a uno de gas natural, y otro para producir polipropileno, una novedosa resina de aplicaciones múltiples. Este aumento ocurre en un periodo en el que el corporativo recorta sus inversiones alrededor del mundo, de $16,000 millones de dólares a $10,000 millones, en el marco de una drástica reestructura de su portafolio de negocios.

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Como sucede con las compañías multinacionales ávidas de nuevos mercados, para Shell no ha pasado desapercibida la etapa de liberalización  en la que entró la economía mexicana en los 90. “México tiene más oportunidades de crecimiento en vista de que ha firmado más tratados de libre comercio que otros países de América Latina –explica Roberts–. También da más facilidades de inversión al capital extranjero y ha llevado a cabo recientemente la apertura de sectores antes exclusivos del Estado.”

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Evidencia de esta revalorización del país es la resonancia causada aquí por los cambios en las prioridades mundiales de Shell. El grupo decidió recientemente alejarse de la producción de polímeros para privilegiar productos que considera más competitivos: en 1998 se anticipaba una reducción de 40% de sus activos petroquímicos en el bienio 1999-2000; en contraparte, anunció que buscaría crecer en otros negocios, como son la producción de solventes, químicos básicos, fenol y  testileno, refiere José María Vergara, gerente regional para América Latina de Shell Chemical-Solventes y director de Petroquímica de Shell México.

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Ese cambio de orientación tiene en el estado de Tamaulipas lo más parecido a un laboratorio. En días pasados la compañía informó sobre la venta de su planta dedicada desde 1997 a la producción de PET (tereftalato de polietileno) al grupo italiano Mossi & Ghisolfi, que opera a través de su empresa holding  M&G Finanziaria Industriale SAP, al tiempo que voceros de Shell México insistieron en que ahí se construirá una planta para producir el polímero  PTT (politrimetilen tereftalato), con el que se elaboran las fibras para la producción de alfombras, así como telas para prendas de vestir y vestiduras de autos, que será comercializado en América por la empresa mexicana KoSa. Esta sería la primera planta en el mundo en su tipo, según la compañía, con capacidad para producir 115,000 toneladas métricas anuales de Corterra, nombre comercial de la fibra.

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Vergara advierte que “el proyecto está en etapa de evaluación, (pues aún) se estudia la manera de financiar su construcción”. Entre los analistas, sin embargo, persiste la duda de que el proyecto “toque tierra” en suelo  mexicano: “Por los cambios en materia de estrategia regional que planea el grupo para continuar con su plan de ajuste de inversiones –dice Steven Pfeifer, de la correduría Merrill Lynch–, no es de extrañar que el proyecto se traslade a otro país.” No es sólo el hecho de dejar de producir un polímero para iniciar con otro; al ser el polímero PTT el resultado de un nuevo desarrollo tecnológico llevado a cabo por Shell, esta firma está dispuesta a licenciar la producción de las fibras a otras empresas.

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Al margen del nuevo proyecto, la infraestructura de Shell México en el área petroquímica está compuesta por la planta de polímeros en Altamira, la de lubricantes, en León, y una bodega en Xalostoc, Estado de México.

Generación de energía
Shell también lanza su apuesta al prometedor mercado de la generación de electricidad, otra de las actividades que históricamente se ha reservado el Estado mexicano. A través de InterGen, empresa creada a partes iguales con la firma Bechtel Enterprises en 1995, Shell opera dos plantas (Samalayuca II, en Chihuahua y Bajío, en Guanajuato), que funcionan a base de gas y diesel, por lo que se les conoce como de ciclo combinado, y un gasoducto de 700 kilómetros, de nombre Mayakán, que va de Tabasco a Yucatán. La inversión en estos proyectos fue de $1,354 millones de dólares: $450 millones de dólares en el Bajío, $266 millones en Mayakán y $638 millones en Samalayuca, explica Jorge Young, director general de InterGen México. -

Pero la suma que hace Shell no es aritmética. La apertura del sector energético la aprovecha mediante sus subsidiarias Coral Energy y Tejas Energy para incursionar en la distribución y transporte de gas natural y electricidad. La segunda de estas firmas obtuvo el permiso para el traslado de gas natural del estado de Querétaro a la industrial ciudad de Toluca, Estado de México, lo que requirió una inversión de $30 millones de dólares. La labor de Coral Energy, iniciada hace un año, es promover la comercialización de coberturas de precios a futuro de gas natural, área considerada entre las más avanzadas en los negocios del grupo europeo. Adicionalmente, Coral Energy opera plantas de generación eléctrica, con capacidad de entre tres y 50 megawatts (MW), para uso industrial. “Desde hace tres meses promovemos un servicio de electricidad, que llamamos de optimización, que comienza con una auditoría completa a una planta industrial para identificar sus necesidades en materia de electricidad –explica Víctor Quiroz, director general de Coral Energy–. El éxito del servicio es que si no se logra la optimización en el uso de la energía, entonces no hay ganancias para Shell.”

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El negocio puede resultar redondo: las subsidiarias de Shell ofrecen a sus clientes industriales proveerlos de gas natural, que tiene un precio menor a otros combustibles, y de energía eléctrica, que produce en plantas también alimentadas con gas natural.

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Conjuntamente, sus firmas Coral Energy e InterGen ofrecerán servicios a una gama más amplia de clientes. La primera atenderá a los que requieren de tres a 50 MW, e InterGen a los que tienen necesidades que superan los 150 MW. Pero, ¿dónde están los clientes? Se lo dirán un grupo especializado de empleados  que tiene la tarea de identificar regiones industriales  que puedan necesitar sus servicios.

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Un área de negocio en la que lleva más camino recorrido es la de lubricantes. De acuerdo con el plan de desarrollo definido hace algunos años y, tras una  inyección de recursos por $2 millones de dólares, su planta en León, Guanajuato, duplicó en 1999 los 15 millones de litros producidos en 1996. Pero como en el plan también se establece el propósito de alcanzar los 50 millones de litros, “pretendemos invertir $1.2 millones de dólares anuales”, afirma Octavio Herrera Torres, director de operaciones de la planta.

Barreras infranqueables
Shell también querría explorar en México la generación de electricidad con métodos distintos a los convencionales, como la biomasa, en los que, aseguran sus ejecutivos, la firma ha tenido éxito en países africanos. Pero hay un problema: dado que implica la combustión de madera, son necesarios cambios legales que permitan el desarrollo de una industria forestal que alimente de materia prima a sus plantas generadoras. -

Roberts señala: “Podemos hacer bosques aquí que convertirían a México en el gran exportador.” Pero para que fuera un negocio rentable, explica, se necesitarían terrenos de por lo menos 20,000 hectáreas, algo que en el país es muy difícil de lograr con las actuales leyes en materia de tenencia de la tierra. Además, los trámites para los permisos son complicados, sostienen  en el área de nuevos negocios de Shell México. “El negocio sería perfecto, pero México prefiere importar madera como fuente para producir papel”, lamenta Roberts.

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Y si para Shell generar electricidad a partir de la madera sería perfecto, explotar yacimientos petroleros en México sería fabuloso. Sólo que ahí los obstáculos parecen definitivamente infranqueables. Convertido en tema permanente de debate nacional, la privatización de la industria petrolera genera ideas encontradas aún entre los inversionistas. “No es la privatización lo importante; si quieren vender los activos de Pemex Petroquímica no nos importa –dice el director general–. Lo verdaderamente importante es tener un precio competitivo en la materia prima frente a otras alternativas que tenemos”.

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En su opinión las petroquímicas no se estarán aprovechando. Desde su punto de vista, ese desaprovechamiento no es debido al mercado (“que está creciendo rápido año con año”, al grado de haber generado en 1999 un balance negativo para el país por $4,000 millones de dólares), ni por falta de materias primas, pues todas se producen aquí. “Es, más bien, la falta de habilidad para competir contra países como Estados Unidos, que aún tiene con plantas viejas economías de escala mundialmente competitivas”.

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Roberts cuestiona: “¿Cómo van a financiarse los proyectos (en México)? ¿Quieren usar los recursos públicos o quieren que los privados lo hagan?”. Por lo que respecta a Shell, las inversiones en el país podrían ser mayores, asegura, pero no lo son debido a los impedimentos legales para participar en exploración, extracción y refinación de petróleo.

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De eliminarse esas barreras, insisten en Shell, México mejoraría su posición actual de quinto lugar en la captación de inversiones del grupo europeo en Latinoamérica, las cuales ascienden a $5,000 millones de dólares. Pese a lo atractivo que pueda parecer, hasta ahora ha sido un argumento poco flamable.

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