Sólo para mujeres

Hombres, absténganse de leer a un traidor de la causa masculina.
Javier Martínez Staines*

No nos hagamos tontos: ellas siempre ganan. Aunque nos resulte difícil admitirlo, las mujeres son el verdadero género dominante. A veces esto es tan sutil que no logramos entender las mínimas reglas de ese juego que sólo ellas saben jugar con inverosímil precisión: el poder. Parece mentira que, después de tantas pruebas empíricas, los hombres nos consideremos aún seres más capacitados para la conducción política y económica de este país. De risa loca.

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Más que congraciarme con ellas, esto viene a cuento porque quiero sumarme a la queja que le escuché a Denise Dresser, la implacable analista política mexicoestadounidense, sobre dos recientes portadas del semanario Proceso, que, sin más, exponen la arrogancia, ingenuidad e ignorancia de la que a veces hace contundente gala el género masculino (esa revista la dirigen hombres, por si hay dudas). En la primera, hay una foto de Carlos Slim Helú y Andrés Manuel López Obrador, bajo el título de El poder. En la segunda, publicada una semana después, la imagen fue de Marta Sahagún, Elba Esther Gordillo y Rosario Robles, cabeceada como El argüende. Es decir, cuando los varones nos reunimos, hablamos del poder y de otras cosas importantes. Cuando ellas se juntan es para chismear. Una muestra más de la visión sexista tan típica de nosotros, los muy inseguros hombres mexicanos.

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Por supuesto, las mujeres no necesitan un defensor, ilustremente desconocido, que suele escribir disparates en una revista de negocios. Estas líneas no son un argumento de defensa de un género al cual no pertenezco, sino una humilde muestra de empatía. Dado que las circunstancias me han traído a trabajar en una empresa de actitud moderna, cuya población es predominantemente femenina, me siento con el derecho de discutir –¿habrá alguien que realmente pueda rebatirlo?– que las mujeres trabajan más y mejor que los hombres: son más comprometidas, más valientes y mucho más responsables. Si nosotros tuviésemos que laborar las dobles y triples jornadas que realiza gran parte de ellas, los hospitales psiquiátricos estarían sobresaturados.

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Lo sé, ya para este párrafo más de un colega, amigo y lector masculino debe estar mentándome la madre y tildándome de traidor. Pese a mi obvia incomprensión de la naturaleza femenina (a todos los hombres nos rebasa tal desmesura lacrimógena y tal frenesí compulsivo en un centro comercial), me confieso como un devoto admirador de la inteligencia emocional, ingrediente tan ausente en nuestro género. Quizá por esa razón me he empeñado tanto, en los últimos años, en cultivar mi lado femenino. Por desgracia, el apego a mi propia condición masculina me ha provocado incontables fracasos en esta compleja faena.

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Bajo el socorrido argumento de hormona mata neurona, los hombres miramos con incredulidad el creciente avance de la mujer en los campos político, económico, científico, artístico y corporativo. Como si la carta magna y las leyes empresariales nos dieran la prerrogativa de gobernar el país y manejar los negocios, nos refugiamos en los usos y costumbres nacionales, que no son otra cosa que un rancio y trasnochado machismo institucionalizado. ¡Misóginos de México: favor de acudir con su terapeuta más cercano, porque el mundo ya tiene un rato que cambió!

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* El autor es director editorial de Grupo Expansión e insiste en cultivar su dimensión femenina para tomar mejores decisiones. Comentarios:jstaines@expansion.com.mx.

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