Síndrome de Reconocimientitis Aguda

¿De veras trabajamos con el deseo oculto de obtener reconocimiento público? Ooops: la respuesta es
Javier Martínez Staines

“Vivo para obtener reconocimiento de los demás. Si no me llega, me sumerjo en la más profunda depresión”. Así, de tajo, un buen amigo me hizo esa observación hace unos días, con una tristeza de esas que a veces cuelgan descaradamente del rostro. Él lleva varios años trabajando para la misma empresa y, en todos los eventos sociales que coincidimos, invierte bastante tiempo en ufanarse de sus hazañas corporativas con quien se encuentre por ahí.

- Pero más allá de hablar de sí mismo con tal generosidad, subyace ese deseo oculto que todos tenemos de obtener reconocimiento público. No me refiero a las famosas “palmadas en la espalda” que muchos manualitos de recursos humanos proponen, sino a la necesidad de ser vistos por el resto del mundo como héroes capaces de realizar verdaderas proezas. Nos gusta que nos miren con esa mezcla de afecto-admiración-respeto (si se suma algo de envidia, mejor aún), combustible eficaz para alimentar a nuestro ego y permitirnos caminar por los pasillos de la oficina trepados en una nubecilla. Mientras más auténticas percibimos las alabanzas, más nos inflamos. A fin de cuentas, Hollywood nos enseña con persistencia que el heroísmo es la aspiración suprema del ser humano. No bastan el dinero en los bolsillos y un tramo de fama: queremos toda la gloria, deseamos subir –de preferencia solos- al podio del primer lugar y firmar autógrafos a diestra y siniestra.

- El problema es cuando el reconocimiento no llega. Básicamente, esto es lo que ocurre con más frecuencia. Todos esos Aquiles, Ayax y Héctores, que trasnochan para sacar los proyectos y desfilan por los headquarters con los rostros demacrados y las miradas orgullosas, se quedan vestidos y alborotados cuando el jefe, que ese día estaba de mal humor, los mira con desdén y les dice que esperaba algo mejor. Vaya frustración. O bien, quizá el jefe, que estaba de buenas, alcanza a proferir un “es justo lo que esperaba de ustedes”, lo cual dista mucho de la adicción de los héroes a los aplausos bajo los reflectores. Es el típico caso de expectativas encontradas.

- Si algún lector ha sentido el demonio de la depresión después de no ser tratado con honores por el gran esfuerzo depositado en algún proyecto, vale la pena que sepa que sufre del Síndrome de Reconocimientitis Aguda. Aquel amigo que llegó tan frustrado conmigo ya la lleva de gane, porque está consciente de su problema (aunque la conciencia no es suficiente para dejar de sentirse triste). La verdad es que no es para sentirse tan mal: casi todos los soldados de los ejércitos corporativos sufrimos ese padecimiento, en mayor o menor medida. Lo importante es controlarlo, no permitir que devore las entrañas e impedir que agarre a palos a nuestra autoestima. No debería ser tan difícil: basta con recordar que trabajamos por un objetivo personal de trascendencia, antes que para recibir el beneplácito constante de un jefe que, nos guste o no, también anhela el mismo reconocimiento público. Humano, demasiado humano.

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*El autor es director editorial de Grupo Editorial Expansión y padece del Síndrome de Reconocimientitis Aguda, por lo que está en la búsqueda de su autoestima.
Comentarios: jstaines@expansion.com.mx.

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