Sucesión adelantada

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Alfonso Zárate*

Vicente Fox, el hombre que “derrotó al PRI”, está fatigado. Quizás eso explique que a tres años de la elección presidencial haya dado la voz de arranque a la carrera sucesoria. Cuesta abajo, en las últimas semanas y meses, el optimismo del mandatario ha recibido golpes severos. La visión crítica de la prensa extranjera, que hasta hace poco lo elogiaba; los cuestionamientos al desempeño gubernamental de importantes líderes empresariales y los resultados de las elecciones del 6 de julio han sido tal vez los más duros.

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En Los usos del poder –una obra que publiqué hace casi 10 años–, propuse imaginar la experiencia del poder casi absoluto que vive a lo largo del sexenio el Presidente de la república, como una vivencia de tal intensidad que lo embriagaba: “Cuando el ejercicio del poder ha sido gozoso, cuando se incide en lo que ocurre desde la opulencia –física, psicológica, política–, la cercanía del relevo debe sufrirse con una viveza equiparable a aquella con la que un hombre que se creía en la plenitud de sus facultades recibe el diagnóstico de que padece una enfermedad terminal.” Sin embargo, en ese libro observaba la excepción a la regla: “Para quien ha soportado el ejercicio del poder como una carga que lastima, el reemplazo puede ser esperado con ansia.”

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Este parece ser el caso de Vicente Fox: de distintas maneras ha expresado que la experiencia de gobernar le empieza a resultar una carga insoportable. Ya hizo lo que tenía que hacer: sacar al PRI de Los Pinos; ahora anhela su regreso al edén, el rancho de San Cristóbal.

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El gobierno busca explicar su fracaso por el pobre desempeño de la economía estadounidense, pero es evidente que lo que lo ha llevado a navegar sin brújula es la ausencia de una estrategia global. Si aquél factor fuera decisivo, ¿cómo explicar las tasas de crecimiento de 8% anual en la economía china?

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Para colmo, en el equipo presidencial prevalece la medianía. Hoy está prácticamente desmantelada la oficina de los supergerentes y los cambios en el gabinete legal –decisión de los renunciantes, no de quien los nombró–, no han servido para fortalecer el liderazgo del mandatario. Uno a uno, desde Rafael Rangel Sostman hasta Leticia Navarro, han ido deslindándose de un equipo que no ha sabido trabajar como tal. ¿Alguien recuerda que alguna vez se le llamó el gabinetazo?

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Arrancan… La lucha sucesoria está ya en curso, pero la caballada está flaca.

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* El autor es director de Grupo Consultor Interdisciplinario.

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