Terror en EU, impactos para México

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Alfonso Zárate*

El "martes negro" en Nueva York y Washington quebró de manera abrupta, repentina, viejas certezas de los estadounidenses, los enfrentó a su fragilidad. Pero, al mismo tiempo, agudizó las contradicciones.

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Las heridas –físicas, económicas, morales– infligidas a los Estados Unidos, han traído al escenario viejas, simplistas, infundadas certezas ("la lucha del bien contra el mal"), pero, además, han exacerbado el nacionalismo belicista y han llevado a redefinir las prioridades de su política exterior.

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De repente, los ataques le entregan al presidente George W. Bush el liderazgo que le habían regateado las urnas y favorecen la consolidación de los halcones de la Guerra del Golfo: la fracción dura, conservadora, unilateralista de la administración actual. Nadie en los otros poderes se atreve hoy a escamotear su apoyo al Presidente texano.

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Los nuevos rasgos que perfilan al gobierno estadounidense –los mismos de antes, pero acentuados– su hipersensibilidad, su tendencia a sobrereaccionar, su condición de "policía planetario", lo llevan a exigir urbi et orbi definiciones a partir de un dictado: el que no está conmigo, está contra mí.

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La traducción inequívoca para México –así pareció leerlo el canciller Jorge Castañeda– es la profundización de la subordinación, hacerla integral e integradora, plegarse sin reservas y sin rubor a los intereses de la potencia: "Estados Unidos obviamente va a buscar represalias; tienen toda la razón y todo el derecho de hacerlo en cuanto ellos hayan detectado a los autores de este atentado deplorable."

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Las palabras de Castañeda –matizadas poco después por el secretario de Gobernación, Santiago Creel y corregidas, finalmente, por la Presidencia de la República– parecieron una "carta blanca" para la venganza, pero implicaban mucho más: el abandono a una de las tradiciones más dignas del Estado mexicano y el desapego a los principios de la política exterior de la nación consignados en la Constitución General de la República.

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Para un país como México, condenado a la vecindad con la nación más poderosa del mundo, defender sus intereses y soberanía le exige a su diplomacia inteligencia, sensibilidad y astucia, evitando malquistarse con su vecino.

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Castañeda parece experimentar gozoso el despliegue de su petulancia; pero esto resulta pecata minuta ante los riesgos que entrañan la falta de oficio diplomático y, sobre todo, el soslayo del marco constitucional que regula el ejercicio de la política exterior mexicana. Su estilo personal ha acentuado las tensiones entre la Cancillería y el Senado de la República. Pero, más allá, ha subrayado las diferencias crecientes entre Relaciones Exteriores y Gobernación.

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Los logros en la relación México-Estados Unidos que parecieron alcanzarse durante los primeros meses del nuevo gobierno (entre otros factores, por la buena "química" entre dos presidentes sorprendentemente similares) y que encontró su clímax durante la primera visita de Estado de Fox a Estados Unidos (alfombra roja, recepción en el Congreso, fuegos pirotécnicos), se desvanecieron con el atentado terrorista.

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La "luna de miel" que nació en el rancho San Cristóbal –oscurecida entonces por los bombardeos aliados sobre Irak– quedó atrás. La definición de México como prioridad de la política estadounidense duró muy poco.

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En el arranque de la administración Fox la diplomacia mexicana supo leer el momento político: entendió que la lógica de los estrategas de Bush, con miras a la reelección en el año 2004, generaba condiciones propicias para una "amnistía" de indocumentados mexicanos que, se supuso, podría mover un caudal de votos demócratas hacia los republicanos. En pocos meses los avances de la Secretaría de Relaciones Exteriores en materia migratoria parecían sorprendentes: había logrado un cambio de 180 grados en la visión del Congreso de los Estados Unidos y la Casa Blanca; avanzaba su propuesta para tener una migración "ordenada y legal".

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Hoy, el desplazamiento del tema México en la "nueva agenda de la Unión Americana" afectará duramente a la política migratoria.

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Una frontera "caliente"

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Los Estados Unidos necesitan un adversario. Con fina ironía, quien fuera el último ministro de Relaciones Exteriores de la URSS, Eduard Shevardnaze, advirtió hace algunos años en una entrevista al semanario Time: "Le vamos a hacer algo terrible a Estados Unidos, lo vamos a privar de su enemigo." Poco después, el bloque soviético se derrumbó, pero los americanos encontraron muy pronto al nuevo ene- migo: el narcotráfico.

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El argumento del trasiego "hormiga" de droga desde México justificó el endurecimiento de los controles en su frontera sur. Hoy, la sensación de fragilidad que dejaron los actos terroristas, la paranoia y la preocupación por la porosidad de sus fronteras, llevará a robustecer la presencia policiaca en la zona limítrofe: a dotar de mayores recursos a la patrulla fronteriza y otras autoridades para imponer una política más rígida e intolerante.

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El petróleo en la mira

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La agresión del "martes negro" también derivará en una presión más fuerte sobre nuestro petróleo; después de todo, Estados Unidos tiene en su frontera sur una fuente segura. En uno de los debates entre candidatos presidenciales, Bush dejó otra de sus perlas: "Abordé esto [el tema energético] recientemente con Vicente Fox... Hablé sobre cómo hacer más expedita la exploración del gas natural en México y transportarlo a Estados Unidos para poder reducir nuestra dependencia sobre fuentes extranjeras de petróleo crudo."

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Últimas palabras

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El reordenamiento de las prioridades para Estados Unidos ofrecerá una salida "digna" a ambas partes (Estados Unidos y México) para diferir un eventual acuerdo migratorio. Fox y Castañeda tendrán también una buena explicación del fracaso. Hoy, quizás, a lo más que se podrá aspirar es a un acuerdo de trabajadores temporales.

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Pero varias lecciones quedan: hay que avanzar en la institucionalización de la política, no es prudente depender tanto de arrebatos personales. Es preciso evitar el riesgo de la megalomanía: asumirse como un actor responsable en la región; pero no marearse con la posibilidad de ser, a cualquier costo, una pieza clave –¿manipulable?– en el tablero de la globalización.

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La posición geoestratégica de México todavía puede contribuir a forjar los instrumentos necesarios para la nueva convivencia internacional y además, en el mismo viaje, ampliar los márgenes de maniobra para fortalecer los intereses nacionales.

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El ataque terrorista a los símbolos del poder financiero y militar de Estados Unidos inaugura, dramáticamente, el siglo XXI. No será con respuestas de otros siglos, de otras guerras, de otros imperios e integrismos opuestos, como podrán reestablecerse los equilibrios perdidos y las seguridades extraviadas.

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