Tijuana. ¿Hasta dónde?

La maquila provocó una enorme expansión, pero el desarrollo económico de la ciudad no parece prep
Alejandra Xanic

La ciudad crece dos hectáreas por día y 2,000 pobladores por semana, que escalan los cerros y se establecen en casuchas de triplay y de cartón. Y aún con tal cantidad de mano de obra inmigrante, el hambre de la industria no se puede saciar. La empresa Rectificadores Internacionales envía camiones a Oaxaca en busca de personal. La compañía Avery Dennison manda, ocasionalmente, camionetas a zurcar las polvosas calles de la ciudad, ofreciendo contratación.

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Otras firmas dan miles de pesos como comisión a quien recomiende un empleado que dure al menos un mes. Pagan boletos de avión para traer familias enteras de algún trabajador; interceptan a los recién llegados a la central camionera; todo por tener obreros.

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Sony necesita 100 nuevos empleados cada mes, para sustituir a los que abandonan su trabajo. Sanyo, cuya plantilla es de 5,500 trabajadores, tiene una rotación de personal de 20% mensual.

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Les ofrecen duchas individuales con agua caliente para que tengan un baño como el que no se dan en casa; guarderías, transporte, fiestas de Navidad y concurso de belleza, bonos de trabajo por permanecer uno, tres, seis meses en el empleo.

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En Tijuana la gente se puede dar el lujo de renunciar hoy y recontratarse en otro lugar por la tarde. Esto que suena a ficción, y que alegra las cuentas económicas de Baja California, no retrata la calidad de los empleos y, en una visión global y prospectiva, tiene preocupado a más de uno.

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La ciudad crece en 65,000 personas al año, ya dobló su población en 18 años, y si no se cuidan, podría duplicarla de nuevo en una década más. Hoy alberga 1’212,232 habitantes.

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La ciudad tiende a conurbarse con Tecate hacia el Este, con Rosarito y Ensenada hacia el Sur y con San Diego al Norte. La maquila no es el único factor, pero sí es un aliciente importante del crecimiento.

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Según investigadores, aunque la mayoría llega a Tijuana para cruzar la frontera, muchos viajan justo para contratarse en esta ciudad.

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En la población se han establecido más de una de cada cinco de las maquiladoras llegadas al país: 794 de un total nacional de 3,628; en promedio, se instalaron 50 nuevas cada año. Y el municipio no puede acoplarse al paso.

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De 234,000 viviendas, sólo dos tercios cuentan con drenaje y más de 60,000 no disponen de agua potable. 60% son casas hechas con madera y 40% de las calles no tienen pavimentación.

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La ciudad comienza a gritar que tiene un límite. Cordilleras, laderas y cañadas sienten el peso de nuevas viviendas y la falta de agua.

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Carlos Graizbord, desde hace dos años encargado del nuevo Instituto Municipal de Planeación, encontró reservas territoriales donde cabrían, de acuerdo con sus cálculos, dos millones de habitantes más.

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Sin embargo, Tijuana no tiene capacidad para tratar sus aguas residuales, ni para controlar que los residuos peligrosos de la industria sean adecuadamente manejados y dispuestos.

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“Este crecimiento no se puede sostener”, dice Tito Alegría, urbanista del Colegio de la Frontera Norte (Colef).  La tasa de crecimiento natural de Tijuana es similar a la del resto de México, cercana a 1.7%. Pero la inmigración hace que crezca tres tantos más, un promedio de 5.8% anual.

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El gobierno estatal calcula que de cada 100 migrantes que llegan con la intención de cruzar la frontera, 39.3 se quedan a trabajar.

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Y es que en Tijuana no trabaja el que no quiere, dice la gente. A pesar de su crecimiento en población, mantiene uno de los niveles de desempleo más bajos en el país (1.1%) y es uno de los lugares con más población económicamente activa (55%).

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Tan sólo entre enero y septiembre de 2000 fueron inscritos 40,400 trabajadores en el Seguro Social, la mayoría como obreros de la industria maquiladora, y falta contar aquellos que se instalaron en la economía informal.

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Pero la abundancia en empleos no va de la mano con una mejor calidad de vida. Según un estudio reciente de la Universidad Iberoamericana, en esta ciudad alguna vez armónica, 46% de la población vive en condiciones de pobreza.

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Por eso, desde hace un par de años, universidades, centros de investigación, organismos empresariales y gobierno comenzaron a repensar a Tijuana. Ahora, en la vorágine, buscan retomar el timonel.

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Quieren una ciudad con mejores salarios, alta tecnología, personal más capacitado y una activación de la industria nacional como proveedora de la maquiladora. Quieren una ciudad con más ramas económicas que desarrollar.

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No porque tengan una mala opinión de la maquila. Lo que sucede es que, con excepción de ese sector, las demás ramas de la economía tuvieron un crecimiento moderado. Contrario a lo que sucede en el centro del país, pocas voces hablan con acidez de este modo de producción o de lo que trajo.

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Enrique Mier y Terán recuerda los tiempos en que llovieron reclamaciones. Por ahí de los años 70, cuando comenzaron las críticas a la maquila, decidió dar un golpe de impacto. Hombre risueño, primer maquilador en México, orquestó un sábado que todas las maquiladoras de la ciudad pagaran a sus proveedores, empleados y obreros en inusuales billetes de dos dólares, y dejó correr anuncios en la prensa: “Si recibes un billete de dos dólares, sabes que es dinero producido por la maquila.”

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El lado gris

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Tal parece que las críticas son al modelo general en el que se le insertó; muchos empleos, bajos sueldos, y una apertura pobre a la proveeduría y el valor agregado nacionales.

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Este año se producirán cerca de 28 millones de televisores y monitores en Tijuana, más que en ninguna otra parte del mundo. La ciudad fabrica tres de cada cinco marcos que cuelgan en las paredes de Estados Unidos y 60% de los minirefrigeradores en ese país, son hechos aquí.

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Sin embargo, el contenido de insumos mexicanos en los productos representa sólo 1.6%, en promedio. Peor aún: la industria electrónica, la más importante establecida en la ciudad, representa únicamente 0.001%, dato proporcionado por Luis Berlanga-Albrecth, de la Universidad de Tsukuba, en Japón.

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“Las compañías a veces vienen con todo, se traen sus técnicos, proveedores, alfombras, mobiliario, papelería y hasta el conmutador”, dice Carlos Bustamante, a quien corresponde atraer inversiones para la ciudad, desde Desarrollo Económico de Tijuana, AC (Deitac).

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En Tijuana ya está establecido hasta el tercer anillo de proveedores de la industria maquiladora, y la mayoría son firmas extranjeras. Una empresa de capital asiático fabrica el vidrio para las pantallas de televisión; otra, coreana, lo convierte en pantalla y la vende al fabricante que ensambla los televisores.

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Sin embargo, son pocos los mexicanos que han entrado a proveer más allá de artículos de limpieza, alimentos y bebidas, aunque no es despreciable esta actividad no cuantificada.

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Pedro Zaragoza, de 30 años, es uno de los pocos que lograron incrustarse en la proveeduría de partes. Él abrió Magnéticos Norteamericanos, en 1994, para surtir a la industria electrónica; ya tiene 400 empleados y espera ingresos por $1.5 millones de dólares este año. En 1998 se calculó que la industria electrónica utilizó insumos importados por $5,000 millones de dólares.

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Si Tijuana no ha aprovechado la situación, sí lo hizo San Diego. No hay datos recientes del todo confiables, pero en 1991 el importe de la relación comercial representó 15% de su producto interno regional, según Paul Ganster, investigador de la Universidad de California en San Diego (UCSC). Las maquiladoras contratan ahí desde servicios de traducción y software, hasta la fabricación de partes.

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Tampoco los sueldos son algo de lo que Tijuana pueda presumir. De acuerdo con Benedicto Ruiz, investigador de la Universidad Iberoamericana del Noroeste, casi 50% de los trabajadores perciben entre uno y tres salarios mínimos. “La situación de pobreza se refleja en los grandes indicadores.”

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Según sus hallazgos, 46% de la población vive en pobreza. Adquieren ropa usada, hacen 80% de sus compras en mercados sobre ruedas y gastan la mayor parte de su ingreso en alimento y transporte. Ruiz dice que la economía informal pasó a ser, hace poco, una mejor opción de empleo que la maquila.

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Nuevos escenarios

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Los distintos sectores económicos de la región acordaron hace un par de años nuevos derroteros. Uno de ellos, atraer inversiones de alto valor agregado, y no ya a los demandantes de mano de obra intensiva.

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No obstante, Tijuana tiene una inercia propia y cada mes abren nuevas empresas, con sus naves instaladas en las colonias –y no en parques industriales como antes-, en busca de una fuente segura de personal.

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De acuerdo con Juan Antonio Martínez, secretario de Desarrollo Económico de Baja California, hay un cambio gradual. Llegan empresas con inversiones más fuertes, dispuestos a comprar terrenos y a anclarse en la ciudad.

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“Si antes invertían entre $1,000 y $2,000 dólares por empleo, ahí está Thompson en Mexicali que aplicó $300,000 por empleo generado. Quiere decir mayor inversión de capital, y mano de obra más calificada.”

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Este es un renglón que le preocupa atender: formar técnicos, obreros calificados y universitarios, en número suficiente como los demanda la industria. En Tijuana hay 10 universidades, pero sólo 4.6% de la matrícula estatal de alumnos termina los estudios profesionales y 7% la preparatoria, de acuerdo con el documento del Plan Estratégico de Desarrollo.

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Tijuana tiene otra oportunidad. En enero del año 2001 cambiará el entorno fiscal de las maquiladoras, y tendrán que pagar impuestos por todo aquel insumo que compren a países no miembros del Tratado de Libre Comercio de Norte América. “Tal vez es demasiado tarde, pero es una posibilidad para crear proveedores locales”, dice Mier y Terán.

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Para eso promovió la formación del Fondo Tijuana, que con $12 millones de dólares, aportación de inversionistas de la región, del Banco Interamericano de Desarrollo y Nacional Financiera, servirá como capital de riesgo para impulsar emprendedores. El fondo apoyará con 35% de la inversión a empresas con hasta 100 trabajadores y ventas menores de $3 millones de dólares al año.

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“Tal vez ayudaremos a unas 35 empresas. Queremos el contagio. Queremos ayudar a aquel que ya trabajó siete años en la maquila, que ya vio qué necesitan, cuál es el componente caro”, dice Mier y Terán.

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Según el Plan Estratégico de Desarrollo de Tijuana, se buscará que el capital mexicano apueste también por la maquila y monte empresas proveedoras de los grandes sectores industriales de San Diego, de electrónica, telecomunicaciones, software y artículos deportivos.

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Sin embargo, lo que distingue como freno para sostener los contratos justo-a-tiempo es la falta de infraestructura carretera, ferroviaria y portuaria. Según los empresarios, dependen de la de Estados Unidos (la mercancía que importan o exportan de Asia entra por Los Ángeles, no por Ensenada; el sistema carretero del vecino del norte resulta más conveniente que el mexicano, para algunos destinos).

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De hecho, desde hace tiempo plantean como proyectos fundamentales la modernización del puerto de Ensenada, el sistema carretero y la instalación de una terminal transfronteriza del aeropuerto de Tijuana.

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“Si antes la clave era ‘location, location, location’ (ubicación), ahora es ‘speed, speed, speed (rapidez)”, asegura Mier y Terán. Tijuana tuvo la primer ventaja; falta construir la segunda.

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Otras pistas

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El gobierno de la ciudad y del estado se concentran en consolidar los grupos de electrónica y muebles, y a emular a los conglomerados industriales que dominan la economía de San Diego, para proveerlos.

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También espera apostar huevos en otras canastas distintas a la maquila: en el sector turístico, de servicios y comercial. Sacar jugo a su vecindad con San Diego, ciudad y condado con una economía 20 veces mayor que la tijuanense.

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Quiere recuperar su estatus como zona fronteriza, volverse centro turístico y convertirse en una región de servicios médicos especializados, sobre todo para los estadounidenses mayores de edad.

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Los planificadores no esperan que Tijuana siga creciendo al ritmo que ahora. Llegará el día en que sean otras zonas las que atraigan esa mano de obra, cree Martínez. Oaxaca, por ejemplo, capta ahora a la maquiladora textil que por años tocó la puerta de Baja California.

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Además, habrá dos problemas que Tijuana  enfrentará: la falta de agua y de espacio para la población. De acuerdo con Kathryn Kopinak, investigadora de la Universidad del Oeste de Ontario, la ciudad depende 55.9% de otras regiones para tener agua: la mitad que utiliza viene de la cuenca del río Colorado.

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Según la investigadora, los costos por traer agua impactan a la industria maquiladora; la empresa Samsung Display Devices paga 20 veces más en Tijuana por este concepto de lo que pagaría en Corea, lo que dificulta su competitividad.

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Los planes son construir un acueducto binacional, que arrastre agua del río Colorado para ambas ciudades, San Diego y Tijuana. Sin embargo, se habla también de desalinizar agua del mar y, sobre todo, de tratar las aguas sucias que hoy se descargan al drenaje.

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Hay otros problemas que vienen emparejados con el crecimiento y que no aparecen en los planes y diagnósticos.

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El próximo año la industria maquiladora dejará de estar obligada a exportar los residuos peligrosos que genera, y no existe la infraestructura suficiente en el país para manejarlos adecuadamente.

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Entre 1990 y 1995 aumentó de 5 a 15% la población consumidora de drogas, Tijuana se alistó como la consumidora número uno de heroína en el país, y se intensificó la violencia entre las organizaciones criminales, aunque presumen que la criminalidad sigue siendo menor que la de San Diego.

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“La violencia está muy focalizada, es entre traficantes, y no afecta al resto de la ciudad”, dice el secretario Juan Antonio Martínez. Pero de acuerdo con José Jorge Ruiz, director del Consejo de Desarrollo Económico de Tijuana, empresas como Samsung han decidido proteger a sus ejecutivos, y los transporta en camiones a la planta y de regreso a San Diego, escoltados por policías.

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“La violencia es un factor, pero no es importante. Hay muchos otros que toma en cuenta un empresario para invertir”, dice Bustamante, del Deitac.

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“Estos datos deben ser analizados e incorporarse al modelo de desarrollo”, considera Jorge Santibáñez, director del Colef.

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