Tolerante y tolerados

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Ricardo Medina Macías

Se diría que los mexicanos tenemos una profunda vocación de tolerancia. Toleramos hasta lo intolerable. Con estoicismo, toleramos cada seis años, o antes si ocurre algo importante (como dicen los noticieros), que nos receten una crisis económica; toleramos tasas impositivas del primer mundo con servicios públicos del tercero; toleramos que una ley se aplique con amplia discrecionalidad según el humor o los intereses del encargado de hacerla valer y cumplir; toleramos que los recursos públicos se utilicen para hacer campañas políticas; -toleramos que haya quien hace como que trabaja y haya quien hace como que paga al perezoso por trabajar; toleramos dosis regulares de mentiras en los medios; toleramos que nos vendan como información lo que es propaganda o reclamo publicitario; toleramos a la economía informal como mal menor; toleramos la sobrepoblación burocrática pensando que ello nos libera del estallido social; toleramos que los funcionarios públicos cobren por ejercer la demagogia.

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Y todavía así hay quien dice que los mexicanos somos intolerantes. Lo que pasa es que la tolerancia es una palabra polivalente. En cierto contexto, el correcto, significa respeto hacia las opiniones y actitudes de los demás así repugnen a las nuestras. Pero en otro contexto, el vigente en México, significa consentir un amplio margen de disimulo.

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En los horarios somos partidarios acérrimos de la tolerancia. Desde la más tierna infancia se nos inculca el hermoso concepto del margen de tolerancia: la clase empieza a las siete de la mañana, pero hay un margen de tolerancia de 10 minutos que, con gran liberalidad, extendemos hasta 20 ó 30. Más tarde, en la vida adulta, hacemos todo un negocio de la tolerancia. Financieramente, por ejemplo, hay empresas cuyos márgenes de utilidad se fundan no en la eficiencia sino en la tolerancia con que sus proveedores tienen que aceptar que se pospongan sus pagos. Los deudores se organizan en grandes movimientos a favor de la tolerancia (para ellos, claro está) y el tolerante gobierno los rescata a ellos y a los bancos ineficientes.

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Todo esto, además, tiene un formidable efecto pedagógico. Supongamos, por decir una -barbaridad, que a los morosos se les perdona el 30% de su pago de intereses (total, los contribuyentes son los que pagan) y, entonces, aprendida la lección de la tolerancia, los deudores reclaman el perdón total: ¿por qué no el 100% de una vez?

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El banquero que se lanzó, salivando como perro de Pavlov, sobre el -negociazo del crédito al consumo (dados sus altos márgenes de utilidad), que planeó mal sus operaciones por ambicioso, también es tolerado. Aquí nadie quiebra ni sufre las consecuencias de sus actos, mientas sepa jugar el juego del disimulo... perdón, quise decir de la tolerancia.

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En México “hacerla en la vida” significa lograr, por nacimiento, astucia o fortuna, caer en el lado correcto y ventajoso de la cancha: el de los tolerados. Y si alguien tiene la osadía de reclamarnos el cumplimiento cabal de nuestras responsabilidades, invocamos de inmediato la tolerancia.

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El sistema político mexicano pareciera establecerse sobre esa paradoja de la tolerancia. Nació en 1929 con clara convicción de “partido único” y, por tanto, de intolerancia, de rechazo a lo ajeno por ser ajeno. Pero se mantiene vigente gracias a la discrecional y hábil dispensa de tolerancias selectivas; esa es la supuesta filantropía del ogro: “Tú no me exijas y yo no te exijo, para que vea el mundo nuestra mexicanísima tolerancia”; “yo te robo aquí, pero tú haces como que no te das cuenta, y, a cambio, te dejo robar allá”.

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¿Que los índices de criminalidad aumentan escandalosamente? Hay que ser tolerantes, es consecuencia de la crisis. ¿Que cada día anónimos ciudadanos son vejados por los guardianes de la ley? Es mejor que los pillos estén uniformados para poder reconocerlos. Ah, ¡pero eso sí!, que no vayan a descalabrar los granaderos a unos manifestantes porque entonces sí es grave el asunto y hay que cesar al jefe de los policías.

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¿Que el señor Rubén Figueroa Alcocer, ex gobernador de Guerrero, violó los derechos humanos? Pues sí, pero no lo hizo “sistemáticamente” (legisladores priístas -dixit) y por lo tanto hay que ser tolerantes.

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Aunque haya quien menosprecie el razonamiento anterior, en el fondo se trata de un gran hallazgo que define el carácter del ogro filantrópico: abusa, pero no sistemáticamente; viola, pero no sistemáticamente: miente, pero no sistemáticamente.

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Aquí o allá, como florecitas silvestres, hay brotes de buen comportamiento en el ogro que lo hacen tolerable.

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El autor es periodista y director editorial del diario El Economista.

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