Transgénicos. Un biomilagro a prueba

El uso de la transferencia genética en la producción agrícola promete resultados asombrosos. Sin
Alejandra Xanic

Juan José Fernández cultiva algodón transgénico en Coahuila desde hace tres años, y es uno de los más entusiastas promotores de la autorización de esta tecnología en México para su uso extensivo en el campo. Su familia, como tantos productores del norte del país, abandonó el cultivo tradicional de esta semilla en 1991, por primera vez en tres generaciones. Sus costos de producción habían registrado fuertes alzas por el uso cada vez mayor de químicos para combatir a las plagas. Decenas de avionetas zumbaban en el aire durante julio y agosto en La Laguna; rociaban entre 16 y 22 veces los campos de algodón cada temporada.

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En los últimos tres años, el cielo estuvo casi despejado. Fernández y otros productores de Coahuila, Sinaloa, Tamaulipas y Sonora, decidieron utilizar una semilla de algodón a partir de un organismo genéticamente modificado (OGM), que contiene un gen que la hace resistente a los dos tipos de gusano que acababan con sus cosechas. Con su cultivo en estos plantíos de algodón el número de aplicaciones de plaguicidas bajó de 16 a uno, hubo menos jornaleros intoxicados, la cosecha fue 10% superior y los costos de producción, 40% menores.

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“Ya vieron el éxito que tuve y ahora todos lo quieren sembrar. Si no es con transgénicos, este cultivo se va a morir”, cree Fernández. Los productores de la zona tocan hoy con insistencia  las puertas del gobierno de Coahuila, para pedir que se autorice el uso extensivo de este algodón, deseo que comparten con las empresas multinacionales de semillas y muchos científicos.

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Aunque aquél productor ya sembró todas sus tierras con la semilla OGM, e igual sucede con 40% de la superficie algodonera en México, todavía se hace en calidad de “prueba piloto semi-comercial”, bajo la vigilancia de la Secretaría de Agricultura, Ganadería y Desarrollo Rural (Sagar). Puede vender su producción, pero tiene prohibido distribuir o dar otro uso a las semillas que no sea el propio cultivo. Fuera de estas pruebas de algodón, la única con un esquema similar es una de soya, en 8,000 hectáreas de Sonora; los demás experimentos con transgénicos los realizan empresas o centros de investigación en invernaderos o pequeñas extensiones cubiertas, bajo la condición de destruir plantas y cosechas al final.

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Industriales de la harina de maíz y del aceite, productores de espárrago de Irapuato, de hortalizas en Baja California y Jalisco, y de maíz, papa, fresa y agave en diversas regiones del país buscan informarse sobre las variedades OGM y muchos ya piden su liberación. Pero el gobierno federal y el Congreso no han definido aún su posición sobre el uso libre de semillas genéticamente modificadas, ni sobre la importación y consumo de productos transgénicos.

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Los legisladores postergaron la aprobación de la Ley de Bioseguridad debido a que no tenían información suficiente para hacerlo. Por ello, la atención de empresas e investigadores del mundo están puestos aquí. A ojos de analistas, un sector grande del gobierno favorece su uso en la producción, y buena parte de la comunidad científica también.

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Las cinco multinacionales involucradas en la producción de semillas OGM (Aventis, DuPont, Seminis, Novartis y Monsanto) han tomado la delantera y apresuran dinero y esfuerzo para lograr luz verde a su tecnología en el país.

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La oposición de los ecologistas es todavía incipiente en México. Uno de los temores asociados al uso de transgénicos es que se desconoce si puede provocar efectos perjudiciales en los ecosistemas y en la diversidad biológica, que en el país es de las más variadas del mundo. Según los ecologistas, su uso supondría el riesgo de perder esta diversidad. Las grandes firmas semilleras dicen que no hay pruebas de ello.

Argumentos para la venta -

En 1984, el mexicano Luis Herrera Estrella fue quien dio el primer paso hacia esta tecnología: la transferencia de genes de un ser vivo a otro. Ahora es investigador del Centro de Investigaciones y Estudios Avanzados (Cinvestav) y del Instituto Politécnico Nacional (IPN), y uno de los principales promotores de su uso.

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Estados Unidos es el mayor productor de semillas y de cultivos transgénicos en el mundo. Sin embargo, Seminis, del regiomontano Alfonso Romo, es la empresa que controla 25% del mercado mundial de semillas para frutas y hortalizas, y una de las cinco multinacionales productoras de OGM.

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Mario Rodríguez Montero, director de Relaciones Institucionales de Pulsar Internacional (controladora de Seminis), asegura que el uso de esta tecnología reduciría las mermas en la producción, que hoy son de entre 10 y 40%, y podría ampliar la vida poscosecha de los productos y así evitar la pérdida de 30% que se produce en la distribución y venta. “Es la visión estratégica que le faltaba al país”, opina.

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“Si desarrollamos un tomate o un aguacate que soporte 60 días de transporte intermodal, voy a poder desplazar ese tomate de Morelos a París; habrá beneficio para el productor y para el consumidor. Esta es una visión de lo que puede ser para México.” Permitiría al país convertirse en una potencia exportadora de frutas y verduras; le ayudaría a resolver problemas de nutrición, bajaría el uso de químicos en el campo y hasta desalentaría la emigración, defiende Rodríguez. Los transgénicos harían posible rescatar tierras hoy inservibles, con semillas de plantas resistentes, por ejemplo, al aluminio, a la salinidad o a la falta de agua.

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El presidente de la Asociación Nacional de Semilleros (ANS), Rodolfo Gómez Luengo, dice que por el momento lo que ofrecen a los productores son “garantías de que su semilla pueda alcanzar el techo de rendimiento. Pero vienen otras cosas: semillas que brindarán un mejor contenido de aceite y un alto valor energético”.

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Entre 1988 y 1999 se realizaron en México 170 pruebas con semillas OGM. Monsanto y Pioneer fueron las empresas que más experimentos hicieron, según la Sagar, principalmente con variedades de granos útiles para la agricultura de Estados Unidos.

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En los laboratorios del Cinvestav, en Irapuato, desarrollan variedades transgénicas de fresa, tabaco, orquídeas, papaya y tomate, y tienen lista para su uso una variedad de papa alfa resistente a plagas. En un centro de investigación de Seminis, en Tapachula, Chiapas, otros científicos diseñan  una papaya modificada con un gen que retarda su maduración. Han hecho pruebas en otras partes del país con calabacita, melón, tomate, plátano y piña. Uno de los planes de Alfonso Romo es crear lechugas que no marchiten y hortalizas con vitaminas y tratamientos para contribuir a prevenir el cáncer.

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Promesas de mayor rendimiento, mejores productos y mayores ventas que,  según los productores de semillas y los científicos que las promueven, en algún momento serían extensivos también al pequeño productor. “La ventaja de esta tecnología es que está metida en la semilla. Para un productor pequeño, que no tiene dinero para comprar insumos, tener una planta que resista a ciertas plagas sería un beneficio enorme, si encontramos los mecanismos para hacérsela llegar”, dice Herrera.

Los matices -

Aunque comienzan a escucharse voces de ecologistas y consumidores que rechazan la producción de transgénicos en México, en el gobierno federal pocos parecen oponerse. Hasta hoy, sus organismos asesores que han tenido que resolver sobre los experimentos y la autorización de estos productos, han sido dominados por los expertos en ingeniería genética. “No hay ecólogos, antropólogos, gente de otras disciplinas”, critica Alejandro Calvillo, presidente de Greenpeace México.

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Según Amada Velez, ex coordinadora del Comité Nacional de Bioseguridad Agrícola –la entidad responsable de revisar las solicitudes de pruebas con organismos OGM–, hay cierto consenso sobre la utilidad que tendría el uso de estas técnicas. “Las empresas dicen que con esto van a acabar con el hambre del mundo, yo no lo veo así. Nosotros la tomamos como una herramienta más para mejorar la productividad agrícola y el control de plagas.” Velez cree que el interés principal de las empresas no es producir variedades importantes para el país, sino convertir a México en su semillero. “En Estados Unidos y Canadá tienen un solo ciclo agrícola, aquí tenemos dos. Eso les permitiría acortar a la mitad el tiempo de desarrollo y prueba de nuevas semillas transgénicas.”

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La Secretaría de Comercio ha defendido el uso de la tecnología de semillas OGM en los foros internacionales; la de Agricultura se expresa interesada, pero con reservas; la de Medio Ambiente no ha fijado una posición y la Secretaría de Salud es acaso la que pone más reparos.

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El año pasado, y por orden presidencial, se constituyó un nuevo cuerpo de científicos (Comisión Intersecretarial de Biodiversidad y Organismos Genéticamente Modificados) para retomar las distintas voces, asesorar y definir la política del gobierno federal en la materia. Lo encabeza Víctor Manuel Villalobos, quien diseñó por encargo de la Food and Agriculture Organization (FAO) el plan estratégico para el uso de los organismos OGM en la agricultura de Chile.

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 “México es el país más rico en biodiversidad –señala–, y para la biotecnología la materia prima son los genes y esos están aquí. Debemos tener una estrategia, no negar los beneficios, pero ser muy cautelosos con los potenciales riesgos.”

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La primer decisión tomada es para el maíz, al menos por ahora. No se realizarán más experimentos hasta que haya capacidad científica para prever si su uso implica riesgos a la diversidad, ya que México es centro de origen para esta planta. “No libero el maíz porque no sé qué va a pasar”, dice Villalobos.

Los riesgos -

En México existen sólo 200 especialistas en esta materia (el mismo número que desarrolla una sola semilla OGM en la multinacional Monsanto), pero hay todavía menos árbitros y contrapesos, observa la investigadora Rosa Luz González, quien estudia el caso del algodón en el norte del país. En los foros organizados por el Congreso y el Conacyt son pocas las voces que se han manifestado en contra.

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Una de las  disidentes más notorias es Greenpeace, que se pronuncia por una total prohibición del cultivo y el consumo de transgénicos. “No debían venderse nunca; tendrán un impacto en la salud y en los ecosistemas; lo veremos con el tiempo, como sucede ahora con los plaguicidas”, sostiene Liza Covantes, responsable de ingeniería genética de Greenpeace en México. Esta organización ha detenido embarques de maíz transgénico importado de Estados Unidos, y recientemente realizó protesta contra Gerber y Nestlé, por su presunta utilización de ingredientes OGM en los productos que venden aquí. “Los transgénicos ponen en riesgo la diversidad”, enfatiza Covantes. Uno de los temores es que el polen de los plantíos transgénicos se esparza, fertilice plantas silvestres y les herede su modificación genética. “No sabemos qué pasará si una planta de frijol criollo hereda esas propiedades; si de pronto es resistente a un insecto, y qué resistencias generarán los insectos que viven de ella; qué pasará en toda la cadena alimenticia.”

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Hay otro argumento más: “Es tan caro desarrollar una semilla transgénica, que a los industriales no les conviene desarrollar el frijol o el maíz que consumimos en México”, dice Ariel Álvarez,  investigador del Cinvestav. “Si la industria quiere meterse a México, será a costa de reducir las variedades, hasta tener monocultivos o tres tipos de frijol, y eso traería una pérdida cultural y ecológica.”

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El consumo de productos transgénicos comenzó recientemente, y hasta hoy no hay constancia científica de que estos alimentos hayan causado algún efecto negativo en la salud, mientras que su efecto en el medio ambiente también es desconocido. “No se ha asociado ninguna enfermedad y ninguna muerte al consumo de estos productos”, asegura Villalobos.

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Las reacciones de consumidores en todo el mundo han sido enérgicas. La Unión Europea prohibió la importación de soya y de maíz OGM y varios países de ese continente y de Asia rechazan productos elaborados con estos ingredientes. En 1999 los productores de maíz y soya OGM de Estados Unidos y Brasil tuvieron dificultad para vender sus cosechas.

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“Nosotros apostamos a que esta polémica es una nube de polvo, porque la tecnología llegó para quedarse”, dice confiado Mario Rodríguez.

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No obstante, las acciones de los consumidores les impactó. La mexicana Seminis detuvo su plan original de inundar el mercado internacional con variedades transgénicas de semillas y productos. Maseca, que el año pasado se mostró interesada en desarrollar una variedad de maíz con más alto valor nutricional, se desdijo a principios de este año.

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“Yo creo que están disimulando el tamaño real de su apuesta, porque la gente está preocupada”, dice Robert McKinnon, analista financiero de Credit Swiss First Boston. “En mi opinión, (Seminis) no quiere ser visto como una empresa productora de semillas genéticamente modificadas.”

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Según Rodríguez, sólo 3% de la producción mundial de Seminis es de semillas OGM. “Pero nosotros estamos apostando a que sí se autorice. En la visión de mediano y largo plazo, sí le estamos apostando 100%.”

El futuro -

El proceso electoral ha puesto una pausa en la discusión sobre esta tecnología. El Congreso dejó sin dictaminar una serie de iniciativas de ley sobre bioseguridad. El gobierno federal no hizo ningún pronunciamiento acerca del uso de esta tecnología, lo que, al parecer, corresponderá decidir a la siguiente administración. “En el gobierno no hay una idea estratégica y de metas de largo plazo; los empresarios tienen esto muy claro”, afirma Álvarez, del Cinvestav.

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Las cinco multinacionales crearon este año AgroBio México, una asociación civil que busca interesar a industriales y a productores, e influir en el diseño de las leyes y reglamentos sobre el tema. Pretenden presentar a los candidatos a la Presidencia una propuesta para el uso estratégico de esta tecnología. “Antes de que entre una nueva administración tenemos que hacer una propuesta estratégica para este sector”, confía Rodríguez, de Pulsar y presidente de la asociación. “Tenemos pocos meses. Sabemos de los plazos para la desregulación en dos tratados, con Estados Unidos y con la Unión Europea. Sabemos de los productos y los productores que serían beneficiados.”

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Villalobos asegura que la comisión creada por el gobierno para definir qué hacer con los transgénicos, escuchará todas las voces. “No es la actitud de esta comisión ir justificando la liberación de transgénicos en México, sino responder a la sociedad sobre los riesgos y los beneficios; yo quiero saber qué comen mis hijos y cuáles son los riesgos en su dieta. Estructuras como ésta deben responder a esta preocupación.”

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