Un caso perdido

Hemos llegado justo a esa época del año en que no me aguanto ni a mí mismo.
Max Clip

Ustedes dirán que soy un caso perdido, un impío, amarguetas, un (no) muy típico Scrooge del Altiplano. Y sí, lo acepto, fíjense que tienen razón. Pero es que la Navidad, con su retahíla de buenos deseos, forzadas convivencias, depresiones escondidas y sonrisas tipo promocional del Canal de las Estrellas, me regresa a mi adolescencia y, claro, me pone de malas. Y como seguramente ya lo notaron, hemos llegado justo a esa época del año en que no me aguanto ni a mí mismo. Y encima de todo, mi jefe me obliga a ir a la fiesta de fin de año de la empresa.

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Si no fuera porque me pone tan mal, sinceramente debería darme risa ese desfile de lugares comunes que, año con año, se repite bajo la forma “fiesta de Navidad”. Es (por decir lo menos) verdaderamente ridículo: de pronto, todos somos hermanos, cantamos al unísono viejas canciones, nos damos abrazos y regalos (y realmente nos emociona), como si nuestros desacuerdos de los últimos 12 meses desaparecieran por arte de magia y hasta nos hubiéramos saludado por la mañana todos los días. No creo que ni siquiera la creencia en Santa Clós y los Reyes de mi sobrino, con tres años cumplidos, sea tan fuerte.

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Decir que para mí la Navidad y el Año Nuevo son la etapa del año más falsamente feliz es, como dirían los estadounidenses, un understatement (y aunque hay maneras más castizas de decirlo, voy a ahorrarme los detalles). Sin embargo, con la democrática tolerancia que me caracteriza, no niego que aún exista gente de buena voluntad a la que esta época le entusiasma genuinamente. Cantan villancicos, se entretienen con juegos de “amigo secreto”, organizan la coperacha para comprar el árbol de la oficina (¡pobres reservas forestales nuestras!) y son los que se quedan hasta tarde e incluso van un sábado a poner los adornos en cada uno de los pisos. Vaya, incluso se visten con alguna prenda roja o verde, tienen sus mascadas o corbatas con muñecos de nieve, duendes, renos y otros ejemplares de la fauna navideña europea (que yo sepa, los renos viven en Europa, o más cerquita en Canadá, y en México nieva muy rara vez). A mí, estos detalles me recuerdan el comportamiento de varias de mis compañeras de clase durante la secundaria, pero no me hagan caso.

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Del otro lado están los paganos, que festejan cada fin de año cual ciudadano de Roma durante las Saturnales. No cantan villancicos ni pierden el tiempo decorando árboles, pero a fin de cuentas son, como dicen, “el alma de la fiesta” y se compran colecciones de música para bailar y son los que organizan “expediciones punitivas” a los antros de moda. Un caso paradigmático es “el nuevo”, que desde principios de mes ya estaba organizando la excursión al table-dance para “celebrar que ya es Navidad” (sic). Sobra decir que los de este tipo me recuerdan a mis compañeros de secundaria.

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El caso es que pertenezco a esa rara y selecta minoría que se atreve a confesar que “padece” las fiestas de Fin de Año. Sencillamente no les veo el caso: el cambio de un día a otro es producto de una convención más y, al contrario de lo que pasa entre los pueblos antiguos, nuestro calendario laico es lineal, continuo y abstracto. Me dicen que los aztecas, por ejemplo, guardaban cinco días sin nombre, que colocaban entre el paso de un año a otro. Pero el tiempo de ellos no es, obviamente, el nuestro. A ellos les emocionaba el sacrificio y el contacto con lo cósmico; a nosotros, la llegada del aguinaldo, la entrega del fondo de ahorro y las baratas de los grandes almacenes.

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Llega a tal grado mi rechazo, que a quien me felicita le respondo con un tajante “Feliz Navidad y todas esas nacadas”, frase que invariablemente provoca un incómodo silencio y una sonrisa congelada por la sorpresa –además de que me ha valido alguna tímida reprimenda de mi jefe, quien en el fondo se resigna a mi mal humor y hasta disfruta mis arranques de cólera–.

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Este año he decidido que ya basta de tanta melcocha y tantas verdades a medias. Nada de decir cosas como: “Que la pases muy bien en compañía de los tuyos y que el año que viene esté lleno de prosperidad”. No, eso no sirve y no se lo traga ni un niño de ajú.

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