Un extranjero en Chiapas (II)

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Ricardo Medina

Nuestro extranjero, Graham Greene, descubre en Chiapas un arraigado anhelo separatista, al menos en algunas personas. Al conversar con su anfitriona en Yajalón, Greene oye por primera vez hablar de este sueño separatista como de una opción liberadora. “Le pregunté si aquí en Chiapas no había esperanzas de cambio (…) y le oí mencionar por primera vez el sueño bastante imposible que alienta a tanta gente en Chiapas: la esperanza de un levantamiento que separaría los estados de Chiapas, Tabasco, Yucatán y Quintana Roo del resto de México, y de una alianza con Guatemala, país católico. Todos los proyectos contra el gobierno de México se confunden de algún modo con este sueño, hasta el punto de que esta dama hablaba como si Cedillo lo apoyara, y mencionaba a un general católico, Pineda, de quien oiría hablar más aún en Las Casas. Dijo que de noche introducían armas alemanas por la frontera de Guatemala, y que un aviador alemán las escondía en las montañas.”

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En Las Casas, Greene obtiene mayor información sobre el casi mítico general Pineda. Ante unos panfletos rojos que pasaban de mano en mano, firmados por líderes sindicales del gobierno, en los que se advertía que Pineda se encaminaba allí, Greene recuerda: “El general católico que, según me habían dicho en Yajalón, proyectaba una separación de México. Esto, por supuesto, era un rumor…”

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“Había sido elegido presidente municipal de Las Casas, y bajo su administración había logrado hacer algunas cosas –irrigación, obras sanitarias–, pero hacía un mes o dos habían venido los pistoleros de Tuxtla, lo habían echado de la presidencia con la pistola en la espalda, y habían instalado en su lugar a un amigo del gobernador de Chiapas. Pineda se había dirigido a la Ciudad de México y había obtenido un ‘amparo’, que le permitía volver a ocupar la presidencia y hacía una quincena había anunciado a sus amigos que estaba dispuesto a volver. Lo esperaban en cualquier momento; los pistoleros lo acechaban.”

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“Por supuesto, no llegó, ni esa ni ninguna otra noche. Lo único que ocurrió es que la atmósfera de hostilidad se espesó, y se dirigió contra mí. Un grupo de borrachos pasó y volvió a pasar, burlándose de mí; cada uno tenía su revólver debajo del chaleco, de modo que lo único que podía hacer era quedarme sentado. Expiaba así los antiguos errores de los pioneros del petróleo, la fatigosa rectitud legal del gobierno inglés…” que reclamaba la expropiación decretada por Lázaro Cárdenas.

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Inevitable pausa para reflexionar: es 1938, el enemigo del “progreso del pueblo” no es un encapuchado, no. Se trata de un presunto general católico, que se opuso a Carranza, pero no se levantó en armas, sino que ganó unas elecciones municipales. Algo hizo en el puesto y no es recordado como un ladrón de las arcas públicas. Fue despojado con violencia de la presidencia municipal por parte de pistoleros enviados por el gobernador. Es tan ingenuo, el tal Pineda, como para recurrir a la ley frente a la fuerza de “la revolución” y obtiene un amparo, pero su candor no es tanto como para cumplir la promesa de regresar, cuando lo esperan no sólo sus simpatizantes, sino los pistoleros de Tuxtla y la propaganda de los sindicatos oficiales que combina el “nacionalismo revolucionario” con la xenofobia. Sin duda, eran otros tiempos.

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(Paréntesis para dar un salto hasta 1998: En la pantalla de la televisión aparece un nutrido grupo de “observadores extranjeros”, italianos, recién desempacados del avión. Irán a Chiapas. Portan un delantal con letras negras: “Todos somos indios de el (sic) mundo”. Sin advertirlo, la leyenda propagandística destruye, en buena lógica, cualquier indigenismo. Hay indios en Wall Street, en Los Pinos, tan indios los priístas, como los panistas y hasta los perredistas. El problema es saber cuáles son los indios “buenos” y cuáles son los “malos”…; Nacho, un reportero que cubrió el levantamiento zapatista en enero de 1994, lo reconoce: “Pero si ese cuate es un mercenario que estuvo en Nicaragua y que en los primeros días del levantamiento se ofreció para combatir en el EZLN”. ¿De veras, Nacho?).

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