Un nuevo régimen nos domina

Primero teocracia, después aristocracia y monarquía, luego democracia. Hoy... ceocracia.
Ricardo Perret

Durante una clase de políticas públicas, después de explicar los diferentes regímenes de gobierno a los que los habitantes del planeta nos hemos sometido, uno de mis alumnos preguntó: “¿Cuál es el régimen actual que gobierna en el mundo?” Analicé su inquietud por un momento, hice un par de enlaces de ideas y respondí: ceocracia.

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¿Por qué? La respuesta que ofrecí tomó como base el sufijo cracia, que proviene del griego kratos (fuerza o poder). Y dicho término, combinado con el griego aristos (los mejores), define un gobierno administrado por los más aptos, capaces o educados. Tal fue el caso de las aristocracias militares de medio y lejano oriente o de las monárquicas europeas. De la misma manera teocracia, del griego teos, describe un gobierno administrado por la divinidad: faraones, zares, emperadores orientales y tlatoanis indígenas son los ejemplos más claros. Y, finalmente, también partió de la palabra democracia, expresión que proviene de demos: gobierno popular o manejado por los ciudadanos, toda una bandera utópica de los partidos políticos durante la segunda mitad del siglo XX.

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Así surgió ceocracia, una expresión que conceptualiza, desde mi punto de vista, el sistema de gobierno que impera en la actualidad. Se origina de las siglas en inglés  de Chief Executive Officer (CEO) acompañadas del sufijo kratos. Un CEO es la persona con la mayor responsabilidad dentro de una empresa. Coordina al equipo ejecutivo, define y comunica la visión empresarial, diseña la estructura corporativa, marca los objetivos a lograr y, por supuesto, evalúa el desempeño global de una organización (por lo regular multinacional).

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Pero visualicemos mejor el mundo ceocrático en el que vivimos: Exxon Mobil tiene ingresos cercanos a $210,000 millones de dólares anualmente; Wal-Mart a $193,000; General Motors a $185,000; Ford a $180,000; y Daimler-Chrysler a $150,000 millones de dólares. En promedio, estas cinco compañías, consideradas por la revista Fortune en el año 2001 como las que tienen mayores ventas en el mundo, reciben entradas por $184,000 millones de dólares anuales. Esta cantidad resulta superior a la producción de 32 países africanos juntos. Mayor a lo que producen individualmente Chile, Finlandia, Israel, Hungría, República Checa o Dinamarca anualmente; y mucho más a lo que en su conjunto producen Ecuador, República Dominicana, El Salvador, Guatemala y Honduras; o bien, el equivalente a 28.3% del producto interno bruto (PIB) de México.

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Un mundo raro
Algunos datos más: Wal-Mart tiene ingresos por ventas mundiales superiores a lo que producen, conjuntamente, los estados mexicanos de Coahuila, Nuevo León, Tamaulipas, Sonora, Chihuahua y Baja California. También equivalen a 1.15 veces lo que México exportó a todo el mundo en 2001 y a 1.3 veces la deuda externa de nuestro país. En tanto, las ventas de Exxon Mobil cuadruplican las de Pemex, la firma más importante del país.

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Y más aún, la tendencia de crecimiento de ventas de estas cinco empresas supera por varios puntos porcentuales el crecimiento de la producción anual de los países más dinámicos del orbe, por lo que el poder de los CEOs se incrementa anualmente. Por ejemplo, nuestra economía tuvo un promedio de crecimiento de 3.5% en la década 1990-2000; la media en las economías de América Latina fue 3% en el mismo periodo y China, la nación más activa de la última década, avanzó anualmente 9%. En paralelo, las ventas de Wal-Mart se incrementaron un término medio de 17.1% en igual periodo y las de Exxon Mobil 11%.

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En cuanto a recursos humanos, Ford, la segunda empresa automotriz más grande del mundo, tiene en su nómina a 350,000 empleados, un número superior al personal de cuatro de los conglomerados más grandes de México: Pemex, Cemex, Telmex y Alfa. Entonces, con base en lo anterior, ¿cuánto poder tienen los CEOs de las cinco multinacionales más exitosas? Definitivamente tienen más fuerza que la ostentada por faraones, reyes, emperadores, dictadores y presidentes. Sus organizaciones mueven masas de personal y su ámbito de acción, gracias a la globalización, se extiende por todo el planeta.

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Y es que sus holdings mantienen operaciones a lo largo y ancho de la Tierra, según las condiciones competitivas de cada región. De hecho, alguna de las firmas antes mencionadas podría representar la crisis de países enteros, el despido de cientos de miles de trabajadores y el colapso de bolsas de valores de naciones pequeñas y/o medianas. Por consecuencia, tales condiciones, como ya lo hemos visto en algunos gobiernos, significarían posiblemente la debacle de un presidente. Sin embargo, desde una perspectiva positiva, la decisión de uno de estos CEOs podría reflejarse en el crecimiento del producto interno bruto de un país, la desaparición del desempleo o la entrada de divisas cuantiosas por aumento en exportaciones.

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¿Quién manda?
Vale mencionar que, en las últimas dos décadas, con el fenómeno mundial de la privatización de las paraestatales, los gobiernos se retiraron casi totalmente de los negocios y cedieron poder, control y, en opinión de algunos, soberanía a las multinacionales (en muchos casos las únicas con los recursos para adquirir las compañías vendidas por los Estados). Este proceso fue fundamental en la transición a un régimen ceocrático. En otras palabras, somos testigos de la importancia que los gobiernos asignan a la inversión de estas grandes multinacionales: los presidentes viajan y se reúnen con los CEOs en cenas privadas, les ofrecen terrenos, exenciones de impuestos, protección contra sindicatos, infraestructura especializada y capacitación de la mano de obra, entre otros beneficios.

Los “favores” que obtienen estas gigantescas empresas, del tamaño de países enteros, son mucho mayores, por obvias razones, que los que reciben miles de pequeñas y medianas empresas (PYMEs) que son originarias del país y que están en busca de recursos (aun las organizaciones nacionales relativamente grandes no obtienen los mismos beneficios). Pero resulta más delicado aún que, con todos estos incentivos para la inversión extranjera directa, las globales no terminan por convencerse de las bondades de una nación. Es decir, no construyen naves industriales (menos oficinas), no compran maquinaria y equipo y contratan al personal por periodos cortos u honorarios. Estas corporaciones lo rentan todo a través del famoso leasing, de tal manera que, en el momento en que el gobierno deja de cumplirles sus caprichos o estalla la crisis, simplemente cierran sus portafolios, apagan sus computadoras y abandonan el país.

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De ahí que estos monarcas de la industria, finanzas y comercio globales tengan una gran responsabilidad: los CEOs pueden ser los grandes dictadores y malvados todopoderosos del siglo XXI o los generosos salvadores de nuestro mundo. También tienen el potencial para ser los temibles napoleones o genghis kans que conquisten y devasten países. En contraste, tienen pasta para ser los gandhis que, con su influencia, en este caso económica, cambien el curso de la humanidad. Más que los gobernantes oficiales, los Chief Executive Officer son los que tienen el poder y fuerza (kratos), sumados al soberbio cabildeo político, para mover los hilos del planeta.

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Por ejemplo, ¿qué pasaría ahora si en lugar de pedir 0.7% del PIB a los países más desarrollados se hubiese solicitado a las 100 multinacionales más grandes la misma proporción de sus ventas anuales en el Foro para el Financiamiento del Desarrollo llevado a cabo en Monterrey? ¿Si se les pidiera que comercializaran sus productos o servicios 50% por debajo de su precio base a las naciones pobres y, para compensar, aumentarlos 5% en los países ricos? En aquellos días de la cumbre mexicana, Jeffrey Sachs, catedrático estadounidense, dijo en su conferencia que “los consorcios necesitan jugar un papel más importante en el desarrollo global y así ayudar a resolver los problemas de la gente más pobre del mundo”.

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El caso de Enron demostró recientemente cómo la irresponsabilidad social empresarial y la ambición desmedida de los altos directivos, de una de las compañías de la unión americana más poderosas y aclamadas de la década pasada, “pueden llevar a la ruina, en cuestión de días, a cientos de accionistas y miles de empleados que habían confiado el ahorro de sus vidas a una administración corporativa”, agregó.

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A pesar de todo, la ceocracia es, hoy en día, un hecho irreversible. De ahí que nuestros gobiernos tengan que aprender a negociar con los administradores de las multinacionales (ceócratas), pero no rebajarse a cumplir sus caprichos. Los hombres de Estado deben lograr acuerdos ganar-ganar y obtener para su gente los mayores beneficios, sobre todo, para la más humilde. Urge un compromiso de ambas partes (sector público y privado) con el fin de reducir los graves problemas de nutrición, salud, empleo y desarrollo mundiales.

El autor tiene maestría en políticas públicas por la Carnegie Mellon University y es miembro de Jóvenes Empresarios por México (JEMAC).
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