Un paraíso improductivo

Mientras la historia pese más que el porvenir, no habrá manera de crear una cultura que permita de
Javier Martínez Staines*

Dicen que los mexicanos somos improductivos. La verdad es que sí lo somos (y para quienes ya lo están pensando, valga decir que no es sinónimo de flojos). Las cifras de nuestra economía lo hacen evidente. ¿Acaso alguien esperaría otra cosa en un país donde la gente lee medio libro al año, pero mira cuatro horas diarias de televisión en promedio?

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Es triste. Alguna vez escuché un formidable discurso de Mario Vargas Llosa. Fue en el Foro Económico Mundial de Davos, en el año 2001. Habló de cómo los latinoamericanos hacemos escarnio de culturas como la suiza, tan fanática de la precisión, la puntualidad y, sí, del bienestar social. De cómo de este lado del mundo, en cambio, tenemos una fijación enfermiza en inventar la realidad. Y contó la historia de un pequeño pueblo brasileño que se opuso rotundamente al sistema métrico decimal, casi por el puro placer de combatir a lo que fuese. Latinoamérica, dijo, privilegia siempre al pasado sobre el futuro.

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Esto viene a cuento porque el círculo vicioso de la improductividad mexicana tiene muchas de sus raíces en ese contexto cultural: la historia pesa más que el porvenir. Así no hay manera de crear una cultura productiva que permita desarrollar cadenas de riqueza y prosperidad. Pero no es posible en un país donde el éxito se mira con eterna suspicacia; la escuela primaria se cambia por pelotas en los semáforos; donde un primitivo partido político cree que la gente no tiene memoria y elabora cínicas campañas propagandísticas, en las que se privilegia la economía informal, porque crear una empresa formal es una complicadísima carrera de obstáculos burocráticos; una nación en la cual la corrupción es cáncer masivo, la impunidad es pan cotidiano y se culpa de todo al Tratado de Libre Comercio y a Estados Unidos; donde los ciudadanos son culpables hasta que se demuestre lo contrario; un territorio en el que no nos podemos poner de acuerdo para construir un aeropuerto; donde el campo se abandonó a su propia suerte con limosnas gubernamentales; un sitio en el cual el salario mínimo no cubre las más básicas necesidades; donde no logramos crear suficientes empleos para los egresados universitarios; que no avanza un paso para realizar las reformas estructurales que requiere la economía; un país en el que la industria petrolera fue secuestrada por el Estado en beneficio de una pandilla sindical. En fin…

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México es un paraíso improductivo. ¿Alguien lo duda todavía?

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*El autor es director editorial de Grupo Expansión y vive todos los días en este paraíso improductivo llamado México.  Retroalimentación a: jstaines@expansion.com.mx.
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