Un proceso amañado. El intercambio

Quien da no espera recibir
Max Clip

Les cambio un pisapapeles de diseño deportivo (de hecho, se trata del emblema de cierto automóvil de origen germano, forjado en acero) por un sencillo abrecartas; vaya, incluso se los cambio por un cutter. ¿No les interesa? ¿Qué tal una agenda en “curpiel” marrón por una caja de lápices? Lo habrán adivinado, con la Navidad llegaron los regalos y las cortesías; mi lugar de trabajo se ha convertido en un auténtica tienda de suministros para oficina.

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Tengo de todo; o mejor dicho, tengo mucho de muy pocas cosas: docena y media de plumas (la mitad de ellas sin tinta); cuatro agendas de 2001 y una de 2000 (un artículo de colección, sin duda); tres cajas para guardar clips de metal (yo las llamo “asilos para parientes”), un marco para fotos; tres calculadoras de bolsillo; cinco encendedores desechables; una taza para café; dos botellas de vino y una de tequila (no están a la venta); dos tapetes para el ratón de la PC y el pisapapeles que les describí.

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Me sorprende la creatividad de la gente, especialmente la de los gerentes de compras. Supongo que hace muchos años, cuando el comercio organizado aún no expropiaba la temporada navideña para su provecho exclusivo, enviarle “un detalle” a los clientes, a los socios y a los compañeros, era eso: un detalle. Ahora es un desfile de las vanidades y un monumento a la ineficacia. Tres décadas atrás, dar una agenda a fin de año tenía sentido; hoy, es el lugar común del lugar común. Por extensión, puede ser la prueba palmaria de que se carece de imaginación y de agresividad para hacer negocios.

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No sé, pero me parece que la principal causa de que los obsequios de fin de año resulten, casi siempre, tan insulsos, se encuentra en el hecho mismo de darlos. Por su naturaleza, un regalo debe ser una expresión individual; cuando se realizan por encargo y se reparten a través de un servicio de mensajeros, el presente pierde todo su chiste y se convierte en un artefacto inútil, no solicitado, que se parece sospechosamente a las personas que llegan a una fiesta sin haber sido invitadas.

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Pero si casi todos los obsequios que nos llegan a fin de año terminan en el bote de la basura, el destino de los que conseguimos por intercambios no es muy diferente. En primer lugar, ¿a quién se le habrá ocurrido esta idea –digna de las más cursis quinceañeras– de hacer intercambios de regalos en una oficina? En la mía, para la sorpresa general, la propuesta vino de “el nuevo” y fue vigorosamente apoyada por mi jefe y la secretaria. Como todo el proceso se realizó a mis espaldas (fue una mañana en la que me encontraba fuera de la oficina), nunca pude pedir que no contaran conmigo ni saber si el sorteo estuvo amañado.

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El caso es que me tocó Luisito, el mismo que religiosamente gasta las tres terceras partes de sus quincenas en ciertos antros que tienen la costumbre de incendiarse. No me puedo quejar. Luego de estudiar cuidadosamente el perfil y las costumbres del sujeto, no tuve dudas. La elección fue fácil: con buscarle el más reciente mega-mix de cumbias, música grupera y guapachosas cumplía de sobra con la encomienda.

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Como verán, a pesar de que se trataba de un “compromiso” y de que no involucraba razones sentimentales, es posible quedar bien, siempre y cuando se lleve a cabo como algo personal. Pero, aunque se puede ser efectivo, aquí también se traiciona el espíritu de la temporada, pues quien da no espera recibir. Yo, la verdad, hubiese preferido que no me regalasen nada.

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¿Que qué me tocó? En el cuestionado sorteo le salí a la secre, quien me regaló una corbata, misma que en la etiqueta dice estar hecha 100% de seda italiana, aunque al tacto tiene la textura de una lija del cinco. Para colmo, es de un color indefinido, que va del púrpura al café tabaco. “Tornasolada”, le llaman; chafa, me digo yo. Y no me quejo, qué tipo de corbata se puede esperar con un límite de $250 pesos. Eso sí, la corbata no la vendo; si por lo menos no la uso en la oficina un par de veces, la secre se va a sentir conmigo. 

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