Una cascarita

Ninguno sabíamos la que nos esperaba.
Max Clip

Le llaman "pena ajena", pero estas dos pequeñas palabras no logran explicar de dónde viene esa vergüenza, hacia quién realmente la sentimos o por qué nos embarga. Hoy por la mañana, luego de abandonar mi automóvil en el estacionamiento de la empresa, comencé a sentirla.

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Mientras me encaminaba hacia la puerta del edificio, podía imaginar el encuentro con don Pepe, el velador del edificio; pero tampoco logré determinar qué reacción tendría ante él, cómo saludarlo, qué palabras serían las adecuadas.

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Creo que esta historia comenzó hace un par de meses, una tarde en que varios compañeros de la oficina salimos en grupo para ir a ver cierto partido de futbol. A la salida, nos encontramos con don Pepe, quien para más señas le va a las Chivas del Guadalajara, odia al América y siempre ve con sospecha a los extranjeros.

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El velador nos miró con sus ojos negros, brillantes, y nos preguntó si íbamos al estadio. Le dijimos que no, que veríamos el partido por televisión en un restaurante cercano a las oficinas. Varios sentimos, claramente, que habría deseado unirse al plan, pero sabíamos que sus obligaciones se lo impedían. Nos deseó suerte y lo miramos caminando de regreso al edificio, con la cabeza baja.

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Quizá por ello –y por cierto remordimiento que al día siguiente nos dio–, varios propusimos modificar el plan para el partido de ayer de la Selección Nacional, esto es: verlo en la oficina e invitarlo a que nos acompañara. No sabíamos la que nos esperaba.

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Quiero recordar que para la mayoría de nosotros don Pepe nos parecía, hasta ayer, un hombre tranquilo, de caminar pausado, buena gente, "buena onda"... Si alguien le pregunta qué novedades hay o cómo está, invariablemente contesta lo mismo: "Nada, aquí dándole a la chamba, qué otra, ¿verdad?" Y es tan persistente su respuesta, que cuando cualquiera lo menciona en alguna conversación, siempre alguien suelta el atajo de frases que son su firma personal: "Nada, aquí dándole a la chamba, qué otra, ¿verdad?"

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Todo un personaje, el buen don Pepe. Pero en su interior se esconde un monstruo de proporciones casi mitológicas, como lo habríamos de confirmar el día del partido.

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Para empezar, necesito recordar que el estado de cosas ya estaba tirante. La economía arañando los límites de la recesión, el fantasma de los recortes de personal paseándose por las instalaciones de la compañía, la nueva prospectiva de resultados para el segundo semestre retrasada y, encima, la Selección jugándose la clasificación al Mundial. Todos estábamos tensos y a don Pepe se le ocurre llegar con dos botellas de cerveza de las conocidas como tamaño caguama. Lo miramos como quien ve al Diablo, mientras recordábamos el código de conducta corporativo, que desaprueba la "ingestión de bebidas alcohólicas" en las instalaciones de la empresa. "¿Cómo van?", fue su comentario a nuestra sorpresa. Era claro que nuestro invitado no había recibido copia del reglamento.

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Lo que vino después se mezcla con el desarrollo del encuentro. Don Pepe coreó a grito pelado todos los goles; golpeó la mesa de juntas hasta rajar el vidrio, para expresar su frustración porque los nuestros fallaban claras oportunidades de gol; pateó furiosamente su silla en cada foul que le cometían a Cuauhtémoc Blanco; abusó verbalmente del árbitro (y de su mamá, claro), y al finalizar el partido, olvidó su caminar pausado para correr por las oficinas, gritando: "¡Ganamos, ganamos! ¡Mé-xi-co, Mé-xi-co!"

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En efecto: el combinado nacional, para fortuna nuestra, le ganó a los trinitarios; no me puedo imaginar qué habría pasado si se les ocurre perder. Gran fanático del futbol, el buen don Pepe, quien se despidió como si nada, nos dio la gracias y todavía se atrevió a recordarnos que por favor lo volviéramos a convidar para el siguiente partido.

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Mientras espero el ascensor y don Pepe contesta a mi saludo con su típico "Nada, aquí dándole a la chamba, qué otra, ¿verdad?", me digo que nunca dejará de asombrarme la compleja naturaleza humana.

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