Una disección de la crisis

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Alejandro Castillo

Desde que a principios de julio de 1997 el gobierno de Tailandia decidió devaluar su moneda, el baht, se inició un periodo de constantes turbulencias financieras, altibajos en las, bolsas de valores y fuerte incertidumbre acerca del comportamiento de las diferentes economías. A la decisión de Tailandia le siguió en unos cuantos días la caída de las monedas de Malasia, Indonesia y Corea; posteriormente, en octubre de ese año el dólar de Hong Kong fue sometido a intensas presiones especulativas y la situación no ha quedado ahí.

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A cada momento de relativa estabilidad ha seguido un periodo de fuerte agitación; ésta, en lugar de disminuir en el transcurso de 1998, ha estado en constante aumento.

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Uno a uno se han encadenado diferentes factores que, en lugar de proporcionar elementos para una nueva etapa de estabilidad, sientan las bases para nuevos desequilibrios.

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LA REALIDAD GENERADORA DE FETICHES
Aunque la denominación que se ha dado a cada una de las fases de inquietud económica que se han vivido en los últimos meses sugiere que corresponden a fenómenos diferentes, lo cierto es que el coletazo del dragón asiático, el abrazo del oso ruso y la samba brasileña son fenómenos que obedecen a factores semejantes y están relacionados entre sí.

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Incluso, la crisis que estalló en México a finales de 1994 si bien se pudo aislar por la capacidad de actuación que en ese momento tenía el Fondo Monetario Internacional (FMI) y el auge que todavía reportaba la economía de Estados Unidos fue, en cierto modo, un anuncio de lo que estaba por venir.

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Por otra parte, la globalización no es ajena a la situación actual.

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La interrelación que existe ahora entre las naciones es consecuencia y causa del creciente desfase entre el acelerado impulso que se ha dado a los sistemas financieros, la aplicación generalizada de nuevas tecnologías y las particularidades de cada nación –implícitamente, la forma en que distribuyen el ingreso nacional–. De hecho, la crisis ha estallado, en diferentes momentos y en distinto orden, en el plano financiero, el productivo y el social.

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En buena medida, eso fue lo que advertía en diciembre de 1996 un reportaje publicado por Business Week. Este destacaba la importancia de reconocer algunos de los puntos vulnerables que en ese entonces ya manifestaban las economías del Sudeste asiático: sobrecapacidad en manufacturas automotrices, semiconductores, electrónica de consumo y química; debilidad en sus mercados de capitales; costos de producción al alza; infraestructura pobre; baja capacitación y una extendida corrupción.

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Aunque el reportaje mencionado no preveía la posibilidad de una crisis como la que estalló a mediados de 1997, demuestra que sí eran previsibles las turbulencias que ha registrado la economía internacional en los últimos dos años.

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UNA CRISIS EN VARIOS PLANOS
Sin duda, la globalización avanza más rápido en el aspecto financiero, ya que la desregulación, el diseño de instrumentos que permiten inversiones sobre inversiones y el uso de nuevas tecnologías de comunicación han generado una enorme masa de recursos disponibles instantáneamente, tanto para inversión productiva como especulativa. Sin embargo, todo indica que la vulnerabilidad de las economías se presenta primero en el plano productivo: inicialmente pierden competitividad en lo internacional, eso les impide recuperar sus inversiones productivas y después se vuelven presa fácil de los especuladores.

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El proceso, sin embargo, no es lineal. En realidad, el proceso de ajuste de los tipos de cambio con relación al dólar comenzó mucho antes de la crisis asiática. Desde 1995, las naciones que operan con relativa autonomía, como Japón y los miembros de la Comunidad Europea, observaron una progresiva devaluación de sus divisas. En el caso de Japón, por ejemplo, pasó de 100 yenes por dólar en promedio anual durante 1994, a 103 en 1995, 116 en 1996 y 130 durante 1997. Sin duda, además de su capacidad tecnológica, el comportamiento de la paridad también fue un factor que permitió a esas naciones mantener una balanza comercial favorable.

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Sin embargo, no todos los países estuvieron en posibilidades de llevar a cabo ese proceso. Siguiendo las directrices del FMI y a semejanza de lo que hizo México en la primera mitad de la década –pero con más éxito, ya que lo extendieron hasta 1997–, Tailandia, Malasia, Corea e Indonesia mantuvieron su estabilidad cambiaria con respecto al dólar, aunque progresivamente perdieron capacidad competitiva, en particular en relación con Japón.

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Si bien está comprobado que desde finales de los 80 los dragones, como se les denominó, lograron importantes avances en su productividad, poco a poco resintieron dificultades para colocar sus productos informáticos, automotrices y de bienes de capital, ramas en las que, por cierto, habían realizado fuertes inversiones. Por ejemplo, entre 1995 y 1997 la industria de semiconductores resintió una grave crisis, que se reflejó en un desplome de precios y en menores exportaciones para algunos de esos países.

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Por supuesto, los capitales que habían llegado a esas economías atraídos por los premios ofrecidos y la estabilidad que habían logrado, al detectar el riesgo de que no se recuperaran las inversiones, emigraron y provocaron la devaluación.

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Con la menor disponibilidad de capitales, se vieron obligados a ajustar sus tipos de cambio y a tomar medidas para recuperar el control de sus variables económicas; sin duda, una de las medicinas que más les dolió aplicar fue la de contraer sus mercados y aceptar una reducción en el poder adquisitivo de su población, el cual habían elevado sensiblemente en los años previos. Como ésta era una de las regiones más dinámicas del mundo, al reducir su demanda de bienes intermedios y materias primas se provocó una situación de sobreoferta mundial en esas ramas.

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Por supuesto, la generación de excedentes no es resultado sólo de la disminución de la demanda. Considerando la velocidad con que aumentan las inversiones y los volúmenes de producción en las diferentes ramas, tarde o temprano se iba a presentar un exceso de producción. Por cierto, los aumentos en la inversión productiva, sobre todo en los países emergentes, no son un equívoco de algún dictador corrupto como Suharto, sino que es resultado de los esfuerzos que realizan los inversionistas para elevar sus utilidades en un momento en que los capitales financieros logran un aumento explosivo; además, en la otra cara, son una demanda de los países urgidos por atender las necesidades de su población.

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Aparte de lo que sucedió en el caso de los semiconductores, ya se advierten señales preocupantes en la industria automotriz internacional y en la de equipo electrónico; pero donde se observa con más claridad la existencia de sobrecapacidad es en la producción de las materias primas.

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Por ejemplo, en el caso del petróleo, en los años recientes los países productores llevaron a cabo un acelerado proceso de apertura a la inversión privada, impulsados por el FMI. Gracias a ello, las grandes compañías petroleras aumentaron su campo de acción e inversión, por lo que la capacidad de producción mundial creció considerablemente y rebasó a la demanda. Si al exceso de capacidad se agrega que los países asiáticos redujeron sus consumos, entonces queda delineado el escenario en el que los precios han bajado 40% en relación con las cotizaciones promedio de 1997. Pero además, como las inversiones fueron realizadas con capital privado que buscará recuperarlas lo más rápido posible, no será fácil alcanzar un acuerdo para reducir la extracción y exportación de crudo, p lo que se estima que los precios seguirán bajos durante varios años.

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Lo que sucede con el petróleo e parecido a lo que enfrentan las industrias del cobre, el acero, el aluminio y, en general, todas las que pasaron por procesos semejantes.

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Como se ve, en una economía globalizada, lo que puede ser un proceso de ajuste regional puede dar lugar a una espiral negativa: las economías del sudeste asiático al mismo tiempo que cayeron en crisis, disminuyeron su demanda de productos del exterior, lo que e su vez incrementa los excedentes internacionales que ya existían, y pone en posición vulnerable a los segmentos productivos de otros países, y así sucesivamente.

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Así es como el proceso desemboca en la crisis rusa. A pesar de su enorme disponibilidad de materia primas y fuerza de trabajo calificada, su baja productividad e incapacidad para vincularse eficazmente a los circuitos mercantiles, puso a Rusia en desventaja para enfrentar la caída en los precios de metales y los energéticos. En un mercado en el que la cotización de esos productos se encuentra a la baja, se prevé que la salvación para la economía del gigante euroasiático no podrá sustentarse en la apuesta que hacen los organismos financieros multilaterales, basada en nuevos recortes al gasto y más privatizaciones precisamente de esos sectores productores de materias primas. Sin una economía dinámica, difícilmente se podrá reconstruir el sector manufacturero que podría fortalecer los ingresos públicos, generar empleos y reducir la vulnerabilidad de ese país, que hoy por hoy representa un foco de enorme riesgo social.

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En el caso de Brasil la situación es un poco diferente, ya que su mercado interno es más dinámico y su capacidad productiva no depende sólo de las materias primas. Sin embargo, a medida que perdió capacidad para generar superávit con el exterior y en tanto ha mantenido la estabilidad cambiaria, ha utilizado ahorro externo para impulsar una demanda interna superior a la que es capaz de soportar. Incluso, se puede decir que no todas sus ramas productivas cuentan con plantas con capacidad global y competitivas internacionalmente; muchos de sus sectores productivos están muy rezagados y con más necesidades de las que puede atender. Por eso, el gigante de Sudamérica también puede ser un sujeto de la especulación. Como consecuencia de ello, sólo en las últimas manas sus reservas internacionales pasaron de $75,000 millones de dólares a $51,000 millones; si siguieran a ese ritmo difícilmente podrían mantener la paridad del real.

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Además, en la enumeración de focos de riesgo también se debe agregar a China, que si bien tiene un compromiso para evitar la evaluación y no provocar más desestabilización, también es cierto que ha estado perdiendo competitividad y tarde o temprano eso podría repercutir en su capacidad para mantener la paridad.

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¿Y LO FINANCIERO?
Al poner énfasis en el aspecto de la producción y el intercambio de bienes no se ha querido restar importancia a lo que sucede en la esfera financiera. Por supuesto que los flujos de capital financiero especulativo han sido determinantes en la conformación de la situación actual. Su acceso a los mercados de países en desarrollo, en paralelo con los capitales productivos, ha contribuido a la sobrevaluación de sus monedas, propiciando una estabilidad ficticia y niveles de consumo que exceden la capacidad de estas economías.

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A eso se agrega su enorme movilidad, que en cualquier momento puede generar una situación de crisis en las economías que los reciben. Como se ha observado en las semanas recientes, la sola amenaza de que se retiren obliga a las autoridades monetarias a elevar las tasas de interés a niveles extraordinarios, lo que daña sensiblemente las condiciones de la operación económica interna.

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Ahora lo que se ve es una situación relativamente inédita. Hasta hace algunos años, incluso en 1994 y 1995, los recursos disponibles en los mercados internacionales eran de gran magnitud y el interés de estos por invertir en los mercados emergentes era tal que los gabinetes económicos de los distintos países podían, con cierta certidumbre, elevar las tasas para ordenar los mercados ante una distorsión coyuntural. Sin embargo, como se advirtió en su momento en este espacio, a raíz de la crisis que comenzó en Asia eso ya no será fácil.

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Hoy se podría decir que para recuperar la estabilidad los países de América, incluido México, tienen pocas herramientas disponibles; sólo un suceso extraordinario que permitiera reordenar los mercados les daría oportunidad de seguir como hasta ahora, con la administración de la inflación. Sólo que eso es poco probable.

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Incluso, medidas que podrían considerarse favorables, como la reducción de tasas por parte de la Reserva Federal de Estados Unidos (Fed.), por lo pronto ayudarían a mantener el crecimiento del consumo en ese país y el ambiente de bonanza, sin embargo, eso mismo aceleraría el deterioro de la balanza comercial, lo que tarde o temprano obligaría a incrementar las tasas nuevamente o provocaría un ajuste de la paridad, que seguramente dañaría el expediente de baja inflación que ha mantenido Estados Unidos en los años recientes.

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En buena parte, la situación por la que atraviesa la economía mundial tiene una de sus causas más importantes en la relativa sobrevaluación que presenta el dólar; ésta no se justifica por su capacidad competitiva, sino por la forma en que opera el actual patrón monetario internacional. Esta situación podría modificarse rápidamente si llegara a consolidarse el euro, la moneda única europea que comenzará a circular el 1 de enero de 1999. Incluso, podría comenzar a perder valor frente al yen, que difícilmente pudiera caer más.

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Ante esa probabilidad, pudiera darse el caso de que la Fed. decidiera aumentar las tasas de interés, lo que afectaría al sistema monetario internacional.

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LO SOCIAL
Sin duda, entre las razones que contribuyeron a crear la situación actual, se debe contar la necesidad que tienen los países de atender sus necesidades sociales. Más inversiones y mercados más amplios generan más y mejores empleos. Esa, que debería ser una consecuencia positiva de la globalización, tampoco ha proporcionado los frutos deseados.

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La abierta competencia con regiones que todavía mantienen un bajo nivel de vida y la generalización de las aplicaciones tecnológicas han provocado una reducción del empleo y de los índices de bienestar incluso en los países europeos. Eso ha propiciado una desaceleración en el crecimiento y la calidad de los mercados.

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A eso se agrega que a los países emergentes se les impone la obligación de mantenerse dentro de estrictos parámetros de estabilidad y responsabilidad financiera que limitan su capacidad de actuar y mitigar el desarrollo de enormes diferencias de ingresos. Por ejemplo, en Rusia, al lado de la élite de nuevos propietarios, miles de trabajadores mineros no reciben sus salarios y enfrentan la perspectiva de ser desplazados por el uso de maquinaria.

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La mezcla produce un proceso en el que algunas de las ramas productivas de los países emergentes se integran competitivamente a la economía global, pero al mismo tiempo se presenta un desplazamiento de actividades rezagadas, lo que provoca desempleo, marginación y reducción de la capacidad de consumo de los mercados.

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Por supuesto, estos países apuestan a que la llegada de más capitales y el mantenimiento de la estabilidad podrá resolver esos problemas, pero cada vez llegan menos capitales e incluso, se crea el riesgo de que los pocos avances que se habían logrado en términos de bienestar de algunos grupos se pierdan rápidamente, al tiempo que segmentos minoritarios recogen enormes ganancias especulativas.

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LAS PERSPECTIVAS
Sin duda hace falta que se adopten medidas para regular los flujos de capitales. No es posible que se siga permitiendo que los recursos foráneos continúen provocando situaciones de sobrevaluación que propician el consumo excesivo, el endeudamiento con el exterior, la desintegración de las cadenas productivas nacionales y la dependencia de insumos del exterior. Es indispensable encontrar la forma de ordenar la inserción de los países a la economía global, que si bien en teoría ofrece importantes ventajas, en la práctica han sido mayores los daños que ha provocado.

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Como consecuencia de las turbulencias recientes, ha crecido el debate acerca de la posibilidad de regular los flujos de capitales, lo que restaría vulnerabilidad a los países y les permitiría aplicar estrategias de largo plazo, basadas en las necesidades de su propia población. Por ejemplo, Joseph Stiglitz, jefe economista y vicepresidente del Banco Mundial reconoció en marzo de este año que además de la información y sistemas financieros sanos, se podría pensar en la posibilidad de que los países emergentes regulen los flujos de capital. A su vez, el gobierno de Malasia ya estableció controles y el de Hong Kong fijó condiciones que deben respetar esos recursos.

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Es de suponer que un acuerdo internacional en ese sentido deberá contemplar la regulación tanto para el ingreso como para la salida de capitales. Ambas operaciones deberán responder a las necesidades de los países. Sólo de esa manera podrán ampliar su base productiva, generar empleos y mejorar la distribución del ingreso, factor indispensable para darle continuidad al desarrollo del capital; los márgenes de utilidad bajarán, pero serán más consistentes.

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No obstante, fuera de la dotación de mayores créditos y recursos de emergencia, los organismos como el FMI y el mismo gobierno de Estados Unidos no disponen y no están dispuestos a aceptar herramientas diferentes a las que han provocado las crisis intermitentes de los años recientes.

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Para los países emergentes esa fórmula no encierra novedades. Si alguno decidiera romper con esos esquemas sería presa de la especulación y se saldría de los circuitos comerciales. Pero aceptar las condiciones que le impone esa fórmula tampoco es muy atractivo, ya que significa mantener a sus respectivas economías en constante contracción, para no recibir el castigo de los mercados. Y mientras tanto los rezagos totales crecen.

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