Una historia que se teje con mezclilla

La compañía industrial de Parras ha enfrentado de todo: quiebras, crisis financieras, revoluciones
Arantzatzú Rizo

La vida en Parras, Coahuila, gira en torno a más de 100 millones de metros de mezclilla. Enclavada en el desierto de Paila y guarecida por una sierra centinela, esta ciudad de 55,000 habitantes huele a telas, husos, toneladas de hilo de algodón y miles de litros de colorante azul; la culpable: una empresa textilera llamada Parras.

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Entre el bulevar 16 de septiembre y la calle Ramos Arizpe se ubica La Estrella, parte esencial de lo que hoy es Compañía Industrial de Parras. Esta factoría no ha dejado de operar un solo día a lo largo de los más de 100 años de historia. “Durante todo ese tiempo la empresa ha atravesado por muchas situaciones y ha sido testigo de otras; la Revolución, por ejemplo. Aquellos sí eran verdaderos problemas, había guerra, matanzas... (pero) te acostumbras a trabajar en condiciones adversas y eso te da fuerza para ver hacia adelante”, expresa Rodolfo García Muriel, tataranieto del fundador y actual presidente del grupo.

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El origen
Parras fue, desde su fundación en el siglo XVI y hasta hace relativamente poco, una fuerte región vitivinícola. A ello debe su nombre. Su secular vocación agrícola no sólo se ponía de manifiesto en la producción de la vid, sino también en la del algodón y la nuez.

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Por mucho tiempo, el grueso de su actividad económica dependió de Casa Madero, una productora de vinos y brandis, fundada en 1597, pero gracias a un oasis existente en la región, el cultivo de algodón se extendió rápidamente, hasta el punto de volverse tan importante como el de la uva.

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La actividad textil comenzó en 1870, pero fue apenas en la víspera de 1900 cuando Evaristo Madero, abuelo de Francisco I. Madero, primer presidente del México posporfiriano, decidió fundar La Estrella, una fábrica de telas de algodón (caqui, gabardina y dril), aprovechando el potencial algodonero de esta región y la de La Laguna, y sentando así las bases de lo que en un futuro lejano sería la célebre firma textilera Parras.

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Don Evaristo encontró en la vecindad con Estados Unidos y en la crisis algodonera que azotó a los estados del sur en esos años convulsos tan extraordinariamente retratados por Mark Twain, una oportunidad para establecer relaciones comerciales con ese país y, por mucho tiempo, el negocio fue viento en popa. Pero llegó la Revolución y con ella el cierre, por cerca de tres años, de La Estrella. Cuando el presidente Madero fue asesinado en 1913, la tragedia entró en la familia.

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“Los Madero eran enemigos del gobierno de Victoriano Huerta, quien expropia la empresa y la deja morir”, relata García. En 1917, la familia recupera el negocio en virtual quiebra y lo vuelve a echar a andar. A tumbos transitó hasta los años 40, cuando otro Rodolfo García –bisnieto del fundador y padre del actual presidente– asumió la conducción del negocio con ideas y sistemas industriales más avanzados, incorporando el proceso de sanforizado para impedir que la ropa encogiera.

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Fue entonces cuando Parras (entonces La Estrella) comenzó a enfocarse en un solo negocio: la mezclilla; un revolucionario invento patentado en 1873 por el alemán nacionalizado estadounidense Levi Strauss, pero que el conservadurismo de la época había confinado a la marginalidad.

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Para entonces, las milicias y el floreciente sector obrero demandaban grandes cantidades de mezclilla, lo que desbrozó parte del camino. Sin embargo, la vida de la empresa continuó siendo difícil y se tornó aún más tortuosa durante los años 50 y 60, debido en parte a una mala administración y en parte a un mercado difícil. Los saldos amargos de la época de la Revolución volvieron como fantasmas por sus fueros.

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“La empresa estaba prácticamente quebrada y en aquel tiempo mi padre hizo una aportación de capital propio para salvarla”, recuerda el directivo.

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Su apuesta habría de dar sus frutos, gracias a la revolución de la moda y a la incorporación de la mezclilla en la confección de prendas destinadas a otros estratos que no eran ya sólo el de los obreros o los soldados, jóvenes, mujeres y hasta empresarios desataron a partir de los 70 una explosiva demanda del producto. Parras había recibido un salvavidas.

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Nueva cara
A partir de entonces la firma retomó la ruta del crecimiento. “Se contrató a más gente y entró un nuevo director, Francisco Rivero Schneider, quien llevó el nombre al extranjero al iniciar, en 1975, exportaciones a Europa y Sudamérica”, comenta García.

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Por esos años, recuerda el presidente del grupo, la empresa se vio en la necesidad de importar algodón. Pese a que por entonces la zona de La Laguna había sido considerada como productora natural de algodón, su calidad empezó a decaer arrastrando la producción a niveles poco significativos. Hoy la empresa compra a Estados Unidos casi 60% de esa fibra que emplea para sus productos.

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Parras produce mensualmente 100 millones de metros de mezclilla, suficientes para tender una alfombra desde Alaska hasta el sur de México o para confeccionar ocho millones de pantalones. Pero ninguna de esas dos tareas atrae al grupo. Por el momento, Parras sólo produce mezclilla y no manufactura ningún tipo de prenda, aunque no descarta hacerlo en el corto o mediano plazo.

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“Tal vez a partir del año entrante comencemos a confeccionar de forma más profesional pantalones; así nos lo han sugerido algunos clientes, sin embargo, aún estamos trabajando en crear algunas sinergias para ello”.

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El tránsito por la década de 1980 fue turbulento. En esos años México inició su apertura a la competencia internacional trayendo consigo ventajas, retos y peligros. Las empresas tuvieron que aumentar sus índices de productividad. “Comenzó la modernización, todo iba muy bien. Ya no queríamos un campeonato nacional, sino una liga internacional, pero llegó la crisis de 1994…” La pesadilla de todas las industrias.

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La devaluación que se desató a principios del actual sexenio fue el último golpe para Parras y no fue menos violento que los anteriores. “Arrancamos la crisis con muchas inversiones recién hechas y deudas por cerca de $80 millones de dólares; éramos líquidos, pero después del boom de años previos, la empresa tenía un gran apalancamiento”, explica García.

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La estrategia establecida al despuntar los años 90 fue de crecimiento. En estos años, Parras ha adquirido una empresa en Puebla, que hoy opera de forma independiente, establecido una asociación con una empresa norteamericana llamada Cone Mills (la número uno en el mundo de la mezclilla) y comprado una planta en Torreón. “Finalmente hemos cumplido la estrategia y ahora la idea en los siguientes años es consolidar”, concluye el presidente.

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Compañía Industrial de Parras opera cuatro plantas, dos instaladas en el municipio del mismo nombre, y las de Torreón y Puebla. En conjunto producen mensualmente 10.3 millones de metros, de los cuales 73% se exporta a Estados Unidos; el resto se envía a países Europeos o se queda en el mercado nacional. Su capacidad instalada, juzga el directivo, “es suficiente para cubrir la demanda anual, pero probablemente en tres o cuatro años necesitemos ampliar la capacidad en 20%”.

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La firma, aún mexicana, es el cuarto productor de mezclilla en el orbe, y disfruta de 8% del mercado mundial y 28% del nacional. Las ventas foráneas se efectúan mediante exportaciones directas e indirectas. Explica García: “Los pedidos se realizan a través de nuestros distribuidores instalados en Estados Unidos, Alemania, Holanda, España, Francia, Inglaterra, Chile y Guatemala, quienes requisan los pedidos hacia las plantas en México”, mientras que el abastecimiento se hace sobre todo vía exportaciones directas, que son programables hasta a seis meses.

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“Las exportaciones indirectas son más desordenadas”, confiesa.

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“En la exportación directa, la tela se va fuera del país, mientras que en la indirecta el trato se hace con un confeccionador en México, quien después de hacer los pantalones exportará el producto terminado”.

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Cuando se trata de un cliente local, las sucursales de Torreón, Aguascalientes, Irapuato, Puebla y Monterrey hacen sus pedidos a la compañía, y el pago es efectuado de manera directa por el cliente, sin la intermediación del distribuidor o la sucursal, asegura el presidente de Parras.

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Pese a que se trata de una sola firma, las cuatro fábricas producen diferentes tipos de mezclilla, según la demanda. Las variaciones dependen del peso de la tela, el teñido, la trama, su elasticidad y la mezcla de hilos (pueden ir entretejidas con licra o rayón), “todas de calidad”, y “a las pruebas me remito”, presume García.

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Cuestión de tamaño
Compañía Industrial de Parras es responsable de que Parras de la Fuente, el municipio donde está su sede, cambiara su vocación.

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Para Rolando Marcos Ramones, su presidente municipal, Parras pasó de ser 100% vitivinícola a ser una ciudad industrial gracias a la firma mezclillera. “Más de 75% de la población del municipio depende de una u otra manera de Parras y es que aunque la empresa da trabajo a 3,500 personas, la derrama familiar, así como algunos talleres de pantalones, dependen de esta firma.”

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En la zona existen, en efecto, alrededor de medio centenar de talleres familiares conformados, principalmente por ex trabajadores de Parras –pensionados o jubilados– que fabrican pantalones de mezclilla para venderlos en el mercado nacional.

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Guillermo Rodríguez es uno de ellos. “Trabajé en La Estrella cerca de 30 años, me jubilé y ahora tengo mi propio taller. Me acuerdo que cuando trabajé atendía una de las máquinas de telares y hacíamos mantas, franelas, hasta que la producción de mezclilla superó, por mucho, a otros productos más livianos.”

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El impacto de esta empresa se ha extendido más allá de la cabecera municipal, hacia las comunidades ejidales cercanas, desde donde muchos parten todos los días a trabajar en las dos únicas plantas textiles del lugar puesto que Parras no tiene competencia local.

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Existen, en cambio, algunos cuantos emprendedores que, como dice Doña Goyita, van “con el siglo”. Esta mujer lleva más de 65 dedicada a fabricar las célebres Glorias y otros dulces de leche y nuez que han dado fama a la región.

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Los nogales que se extienden por toda esa zona han proporcionado la materia prima para que doña Gregoria Zamora viuda de Flores persista en su negocio, que hoy comparte con sus hijos y sus nietos como sus principales socios.

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Ahora el municipio está reenfocando sus planes hacia la promoción del turismo en esta ciudad que fue recientemente declarada patrimonio de la nación. Pero entre tanto, Parras seguirá haciendo mezclilla.

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