Una nueva era

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Esther Arzate

Llegó el día de la real politik. Fox’s moment of truth, como escribió en su portada la revista Time. La política virtual cede paso al territorio inhóspito, de la realidad. Vicente Fox asume la presidencia con un mandato claro: dejar atrás los viejos usos y conducir una mutación profunda en los hábitos, las prácticas, las inercias y las instituciones de la política.

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No puede ir a contrapelo de las expectativas político-culturales que impulsaron el cambio en los últimos lustros: la aspiración a un régimen plenamente democrático y representativo; la ampliación de las libertades civiles y los derechos; el juego de pesos y contrapesos en el ejercicio de gobierno; la transparencia en la administración pública; la restauración del tejido social. Por eso las transformaciones en la cúpula del poder no pueden reducirse a simple mudanza de hombres y nombres.

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El primer presidente no priísta está obligado a garantizar certidumbre, confianza, estabilidad, pero lo hará sin los instrumentos, mecanismos y tradiciones del antiguo régimen. Llega a Los Pinos sin el peso muerto de una red de intereses, cuotas y complicidades, pero no dispondrá de los viejos dispositivos que activan la cadena de mando; no contará con la obsecuencia del priísmo incrustado en todos los rincones de la administración pública.

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Tal superposición y mezcla de elementos disímbolos da como resultado un complejo escenario que deberá enfrentar el nuevo gobierno con inteligencia política, búsqueda de acuerdos, negociación transparente y serenidad.

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En un clima social contagiado por la esperanza, cuando muchos piensan que la salida del PRI del poder anticipa un venturoso quiebre epocal, vale recordar que detrás de los malos saldos de los últimos 30  años del régimen que se va están la prevalencia entre los mexicanos de una cultura política cínica; la ausencia de contrapesos institucionales y sociales al poder público y la falta de instrumentos para la rendición de cuentas.

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Es cierto, el escenario es propicio, como raras veces, para un quiebre mayor. Pero las grandes transformaciones que el país reclama no pueden ya dejarse a la lucidez, la audacia o el voluntarismo de un solo hombre.

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Para participar en la construcción, colectiva por definición, de la democracia se requiere de la participación de los ciudadanos, interés por los asuntos públicos, vigilancia hacia el gobierno y sus funcionarios, de una cultura política que difunda y fomente la práctica de conductas democráticas y le otorgue pleno reconocimiento entre la sociedad. Sin la transición de nuestros usos políticos –ejercer a cabalidad la ciudadanía– la alternancia electoral no dará paso a la transición a la democracia.

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El autor es director general de Grupo Consultor Interdisciplinario, SC

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