Una organización de pensadores

Terminó la época del &#34sí señor&#34. Ahora, con un pensamiento más crítico, el trabajador de

Muchos autores han escrito –durante varios años y de muchas formas– acerca de lo improductivo de la mayoría de nuestras tareas cotidianas. Se ha hablado de lo importante contra lo urgente, de lo eficaz contra lo eficiente, de la misión contra la visión; sin embargo, parece que en el plano práctico poco hemos avanzado.

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Todos los días nos encontramos con nuevas y sorpresivas actividades que rompen o alteran el más perfecto de los planes y, al finalizar la jornada, salimos de nuestro trabajo agotados y frustrados por no haber avanzado en nuestros proyectos personales u organizacionales.

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Independiente de las numerosas causas que pudieron originar el resquebrajamiento de nuestros mejores planes, parece haber una constante alrededor de todo esto: la falta de una reflexión sistemática y disciplinada que nos permita darle sentido al quehacer cotidiano.

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Por reflexión nos referimos a ese proceso creativo mediante el cual pensamos críticamente acerca de nuestras experiencias y formulamos juicios sobre lo realizado y no realizado durante un día de trabajo.

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Cada tarea debería tener un sentido teleológico, un propósito explícito que nos condujera cada vez más a las metas que en algún momento nos propusimos.

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Si pudiéramos recordar cómo hemos logrado nuestros grandes propósitos, reconstruiríamos la fidelidad, la disciplina y la continua reflexión sobre lo deseado; evocaríamos que la reflexión siempre nos acompañó en el antes, durante y después de cada actividad realizada. Fue el faro que nos guió, paso a paso, en cada proyecto que emprendimos.

Pensadores y ejecutores
El mundo de las organizaciones es una tierra de acción. Las tareas profundamente reflexivas, generadoras de nuevos conceptos y teorías, parecen estar destinadas a cualquier lugar, menos al del trabajo.
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Tenemos la creencia de que hay poco que aprender de las miles de actividades y sucesos que se producen momento a momento y con los cuales nos enfrentamos día a día. Con estas creencias o suposiciones es muy común encontrar dos grupos de personas en las organizaciones: las que piensan y las que ejecutan.

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Llamamos pensadores a aquellos miembros de la comunidad que diariamente cuestionan sus tareas cotidianas y, con ello, mejoran sus procesos de toma de decisiones, incrementan su habilidad para detectar y resolver problemas y desarrollan continuamente su sentido de creatividad y de estética.

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Son capaces de pensar en los conceptos abstractos de una tarea pero también en los conceptos pragmáticos que se desprenden de este pensar; tienen un sentido del tiempo más allá del pasado y del presente, y proponen y ejecutan constantemente proyectos para construir futuros.

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Los ejecutores son aquellos miembros de la comunidad que durante mucho tiempo vienen desarrollando las mismas tareas sin un sentido claro de lo que hacen, de cómo lo hacen y de su valor dentro y fuera de la organización.

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Sus actividades están relacionadas con el corto plazo, piensan únicamente en aspectos concretos de su trabajo y carecen de proyectos personales dentro de la organización (normalmente se encuentran involucrados en proyectos de otros, siempre son parte de una cadena de órdenes). Consecuentemente, sus procesos de toma de decisiones y solución de problemas son limitados en alcance y oportunidad.

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El pensador cuestiona y aprende de su propio cuestionamiento; esta reflexión le permite crear nuevos conceptos, modelos o teorías sobre lo realizado. Cuestiona reglas, procedimientos, normas y estándares: aprenden pensando y haciendo. Los ejecutores recuerdan y respetan reglas, normas y procedimientos; su forma de aprender es haciendo;  su capacidad se mide con relación al respeto a estas reglas o procedimientos.

El origen de los ejecutores
Los ejecutores son una de las grandes y perniciosas herencias de la era industrial. La sociedad de las máquinas creó grandes masas de hombres dependientes, faltos de iniciativa y creatividad; siempre hubo algún hombre que tomó por ellos las decisiones más importantes. Los ejecutores se formaron en las escuelas, en las grandes oficinas gubernamentales, en las iglesias, en los sindicatos. -

El ejecutor aprendió rápidamente a delegar su responsabilidad de pensar en los “niveles superiores” de sus organizaciones; desafortunadamente, este comportamiento se volvió parte de su vida cotidiana: nunca aprendió a cuestionar y reflexionar sobre todos aquellos factores políticos, económicos, sociales y culturales que afectaron su quehacer cotidiano, y depositó dicha responsabilidad en los grandes medios de comunicación, en las autoridades, en los generadores de tecnología. Olvidó su capacidad de cuestionar y proponer; En el camino perdió valores, principios y visión; dejó de creer en sus propias ideas, de valorar sus propios recursos, de crear sus propios sistemas para sobrevivir y trascender. Al final le resultó más sencillo responsabilizar a otros que responsabilizarse a sí mismo.

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¿A dónde vamos?
La nueva sociedad de la información y del conocimiento exige grandes pensadores, individuos con nuevas perspectivas del tiempo y del espacio, gente con nuevas y profundas soluciones a nuestros complejos problemas sociales y económicos.

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El nuevo pensador no puede imaginarse trabajando solo, especializado y superficial. Este hombre –y esta mujer– va más allá de las reglas clásicas y de la reactividad, trabaja con grandes redes de conocimiento, actúa cotidianamente con grupos interdisciplinarios, la tecnología siempre lo acompaña y el sentido del todo lo desprende del bien común.

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La reflexión en la organizaciones se da a través de escribir, hablar, escuchar y leer acerca de las experiencias diarias del trabajo. El aprendizaje ocurre porque en estas experiencias se combinan teorías, prácticas reflexivas y acciones derivadas de todo lo anterior.

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La reflexión debería convertirse en la actividad más importante para cualquier individuo y para cualquier grupo dentro de una organización; las organizaciones deberían ser los centros más importantes de aprendizaje técnico y social.

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Nuestros problemas actuales son tan complejos que no es posible depender de pocos individuos “pensantes”, es necesario comenzar a retomar nuestras antiguas responsabilidades sociales y profesionales y convertirnos de ejecutores a pensadores; es esta conversión la que cambiará el sentido de nuestras abultadas agendas de trabajo y, con ello, nuestro sentido del tiempo.

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