Una visita al médico. El estrés y otro

¿Vacaciones? ¿Y eso cómo se come?
Max Clip

Van a decir que exagero, pero la verdad es que estoy hecho una piltrafa. Desde anteayer amanecí con la cadera como descuadrada, sobre mis espaldas tengo la sensación constante del peso de una losa (que por alguna razón imagino similar a la del legendario Pípila), y en la mañana me comenzó a dar un intenso dolor en la base de la nuca, que se agudiza cuando muevo la cabeza. Para colmo, se me ha empeorado un catarro crónico, que creo es producto del enrarecido medio ambiente de esta ciudad.

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Hoy decidí por fin ir al médico. El tipo gastó más tiempo preguntándome por mi trabajo, mis preocupaciones cotidianas y hasta mis angustias metafísicas, que lo que tardó en examinar las partes de mi cuerpo de donde provienen los dolores. Con rostro severo, escuchó pacientemente los argumentos con los que justifiqué mi tendencia a llevar una vida enfocada casi exclusivamente en el trabajo. Luego de repetidos embates, al término de la entrevista acabé por admitir que quizá me inquietaban en exceso los problemas de la oficina y poco faltó para que, víctima de la terrible tortícolis, me le hincara, suplicándole: "¡Ayúdeme, doctor!"

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Buena persona mi médico, aunque algo elemental, la verdad. Me dijo lo que ya sabía: "Anda usted muy tenso, señor Clip. Le voy a mandar unos analgésicos. Pero lo que le recomiendo es guardar reposo, distraerse un poco. ¿Por qué no se toma unos días libres?"

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De inmediato le contesté que eso era imposible: el reporte semestral de resultados, la sesión del consejo de gastos internos, el comité de finanzas y el superpeso me lo impiden. "Hágame caso –me respondió, extendiéndome la receta– y ya verá que se mejora; de lo contrario, en tres días va a estar igual o peor. Olvídese de su trabajo y váyase unos días de vacaciones." Le di la mano cortésmente y me retiré, no sin antes pagarle a su secretaria los honorarios de la "consulta". ¿Vacaciones? ¿Y eso cómo se come?

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Sin embargo, otros compañeros me han comprobado el diagnóstico del galeno e insisten que mis males son producto del estrés, neologismo que literalmente significa "tensión excesiva", pero que en el habla cotidiana identifica una situación que nos coloca al borde de la enfermedad. Lo curioso es que me lo dijeron con el mismo rostro severo del médico, y no sé por qué me parece que me están echando una indirecta.

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No me voy a hacer el desentendido ni voy a ser hipócrita: reconozco que tengo, en efecto, una clara tendencia a refugiarme en mi chamba, pues desde hace tiempo mi vida personal me parece lo más aburrido del planeta. Pero todo indica que para no enfermarse hay que evitar ese gastado vicio del trabajo y tratar de reservar un poco de tiempo para uno mismo.

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El problema es cómo comunicárselo a nuestro superior… sin que nos gane la risa, claro. "Jefe, con la novedad de que, según mi doctor, estoy bien estresado y necesito un par de semanas libres, de preferencia en la playa, porque si no me voy a enfermar de veras. ¿Será posible que la empresa me consiga una tarifa de descuento con alguno de nuestros clientes? Mis ahorros creo que apenas me alcanzan para llegar a Cuautla. Ah, y le advierto: nada de emergencias ni llamadas al celular, porque con el exceso de tensión puedo recaer y mi convalecencia se va a alargar aún más."

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No, creo que esa no será la mejor manera de plantearlo. Habrá que fingir en su presencia un súbito ataque de gastritis, de esos que te dejan paralizado, cual estatua de marfil; o quizá sobornar a mi médico para que me prepare unos exámenes falsos en los que asegure que, si no dejo de trabajar de inmediato, pasaré a mejor vida.

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Claro que, si se la creen, cabe la posibilidad de que me carguen con más trabajo –no vaya siendo que me les pele dejando tantos pendientes– o que de plano me liquiden –así se ahorrarían los gastos de la funeraria–. Mejor lo dejo para la semana que entra y ya no me preocupo más; no vaya siendo que termine estresado.

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