Uniones de crédito. Destino oscuro

A pesar de que cuentan con fortalezas específicas, éstas intermediarias aún no garantizan su perm

El gobierno perdió la brújula sobre las uniones de crédito. Con 63 años de existencia en México, no han logrado aún garantizar su permanencia en el sistema financiero nacional.

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Dos razones son las causas de lo anterior: una fuerte dependencia de la banca —comercial y de fomento—, que para colmo hoy vive su peor periodo, y una serie de restricciones legales  para asociarse con otras instituciones financieras que les permitan generar economías de escala, servicios y fondeo directo.

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De acuerdo con cifras de la Comisión  Nacional Bancaria y de Valores —su organismo supervisor—, actualmente operan en México unas 400 uniones de crédito autorizadas. Los tres giros fundamentales de sus operaciones son el agrícola, industrial y de servicios.

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Sin embargo, no deja de ser interesante el juicio que hacen peritos del sector, como Isabel Cruz, presidenta de la Asociación de Uniones de Crédito del Sector Social, quien asegura que “apenas unas 50 funcionan sin  problemas y tienen posibilidades de sobrevivir a la crisis y fortalecerse después de ella”.

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Sobre estas intermediarias se ha hablado mucho en los últimos meses. Por ejemplo, acerca de historias truculentas que involucran a personajes como Adriana Salinas de Gortari, hermana del ex presidente, quien utilizó a la Unión de Crédito del Valle de México (Unicreva) para atender intereses personales. Un banco pequeño manejado a comodidad. En este escándalo se involucró también a comunicadores como Jacobo Zabludowsky y Pedro Ferriz de Con.

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Actualmente, Unicreva se encuentra en proceso judicial; se le revocó la autorización para operar y será liquidada posteriormente, luego de detectarse pérdidas totales por $3,000 millones de pesos.

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Una historia más: el Banco Interestatal, del empresario sinaloense Gaspar Espinosa  —que surgió  a  partir  de una  unión  de  crédito  exitosa—,  hoy se encuentra intervenido.

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Y hay muchas otras, sin reflectores, pero que no por estar cobijadas en las sombras son menos conflictivas.

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Sin orden ni precauciones
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Cruz asegura que el crecimiento débil y desordenado de las uniones de crédito durante los últimos cuatro años —cuando se triplicaron— se debió, sin duda, a la participación de Nacional Financiera (entonces dirigida por Oscar Espinosa Villarreal), que promovió la multiplicación de estos intermediarios sin orden ni precauciones.

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“A la mayoría de las uniones de crédito nos tomó años obtener la autorización y luego crecer y fortalecernos; de pronto comenzaron a surgir una infinidad, con un capital social de $10, $20, $50, $150 y, el colmo, de incluso $1,200 millones de pesos. Sencillamente no era posible”, comenta la especialista.

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¿Y cuál fue el resultado?

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Poco optimista, Jorge Nicolín, vicepresidente de Supervisión Especializada de la Comisión Nacional Bancaria y de Valores (CNBV) prevé que 60% de las uniones que existen en México tendrán que fusionarse o, de plano, liquidarse en los próximos dos años, ante el peligro de que se les revoque la autorización para operar. ¿La razón? No cuentan con capitalización suficiente y la cartera vencida registrada es cada vez más alta, aun cuando son instituciones que no fueron diseñadas para tolerar créditos vencidos.

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De acuerdo con estimaciones del propio sector, las uniones de crédito registran una cartera vencida promedio de 26%, más alta aún que la de la banca comercial, pero sin ninguno de los programas de apoyo gubernamental que han recibido los banqueros para resolver este problema.

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La CNBV afirma ahora que el problema de fondo de estas instituciones fue la mala política de otorgamiento de crédito y la falta de profesionalismo para operarla. No obstante, la Asociación Mexicana de Uniones de Crédito del Sector Social ofrece una visión totalmente distinta: “Actualmente existen dos grupos claramente diferenciados dentro de estas uniones —señala Nicolín—. El que aglutina al conjunto de instituciones que proliferaron al amparo de los dispendios de Nacional Financiera entre 1991 y 1994 y que sobreviven arriesgando a todo el sistema financiero; y el equipo que reúne a todos los unionistas “viejos”, aquellos que han operado por más de seis décadas, que no crecieron aceleradamente, pero sí con solidez, aunque hoy se enfrentan a los estragos de la crisis en todos los sectores productivos”.

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Y también están sus fortalezas
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Entender la coyuntura que viven las uniones de crédito exige remontarse a su creación y objetivos primarios. Como instituciones, fueron concebidas en el México de 1932 para facilitar el acceso al crédito a grupos organizados y, sobre todo, especializados en una sola actividad productiva.

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Aunque no existe una versión confirmada sobre la creación de las uniones, la mayoría de los viejos unionistas coincide en que durante la década de los 20, el entonces gobernador de Tabasco, Tomás Garrido Canabal trajo a México la experiencia exitosa de las cooperativas de ahorro y crédito que había observado en Europa, Canadá y Estados Unidos.

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Es prácticamente desconocido hasta ahora en qué derivaron esas sociedades locales tabasqueñas y cómo pasó a ser un proyecto del gobierno nacional, reglamentado en la Ley General de Instituciones de Crédito, originando un instrumento financiero de carácter popular.

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Sin embargo, la estructura funcional básica de las uniones de crédito mexicanas corresponde a la tendencia de los sistemas cooperativos de ahorro y crédito desarrollados en Europa y Norteamérica. El  problema que arrastran desde su origen es haberlas concebido como instituciones auxiliares de crédito, esto es, como “ayudantes de la banca”, sin autonomía ni alcances propios.

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Si uno pregunta en la CNBV cuáles son los problemas que las aquejan, responderán que son la elevada dependencia financiera de fondos de fomento, la existencia de muchas uniones con escaso capital, concentración de beneficios en algunos socios y escasa tecnología.

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Por su parte, la propia Nacional Financiera opina que tienen mala imagen porque muchos de sus representantes han carecido de preparación financiera.

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En su defensa, la Asociación Mexicana de Uniones de Crédito del Sector Social asegura que existen seis fortalezas específicas que vale la pena evaluar para un intermediario que atiende a segmentos que los bancos olvidan:

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  • Conocimiento del cliente;
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  • Cercanía geográfica e identificación de grupo;
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  • Estructuras operativas regionales, pequeñas y flexibles;
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  • Capacidad de respuesta casi inmediata;
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  • Especialización en el tipo de crédito;
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  • Diversificación de riesgo.
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Según estas características, podría pensarse que dichas instituciones han sido instrumentadas para otorgar facilidades al cliente, en un entorno cada vez más moderno. Pero, aun si así fuera, la moneda que definirá el futuro de las uniones de crédito está en el aire.

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