Vía crucis bancario

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Héctor Zagal

Quise cambiar mi cuenta bancaria de sucursal. Acudí a una oficina para hacer el trámite, pero me topé con que me faltaban algunos papeles. Al día siguiente volví a intentarlo, pero me pidieron nuevos requisitos. Cuando regresé con los documentos, ya sin sorpresa, me solicitaron otro papelito. Me sentí en una oficina de gobierno circa de los años 60.

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Me consta que los manuales del banco mencionan una y otra vez la importancia del servicio al cliente, pues hace tiempo, participé en su elaboración. Estaba furioso. Se me antojó llamarle al director y decirle que sus ejecutivos de cuenta me habían hecho perder tres horas de mi vida (o lo que es peor, de honorarios). Al final me contuve. Preferí guardarme el favor para cuando el banco decida embargarme por retrasarme un día en mis pagos.

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¡Qué malos son los bancos en México! La visión del banco que cuida el dinero y se lo presta a personas trabajadoras e inteligentes es idílica. Por que de pronto te cobran muchísimo por cuidarte el dinero, las comisiones por consulta de saldos y emisión de cheques asustan a cualquiera. Incluso Guillermo Ortiz lo ha declarado en varias ocasiones.

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Las elevadas comisiones acaban con los rendimientos de muchas inversiones e impiden la entrada al sistema bancario de los ahorradores más humildes. A éstos les quedan pocas opciones: el agiotaje, los montes de piedad y las cajas de ahorro. Esta última opción es muy interesante y ha tenido un gran éxito en países como España.

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México privilegia a la banca en detrimento de las cajas populares. En otras palabras, protegemos a los ricos. Si un banco o una caja quiebra, los ahorradores cuentan con un fondo de protección que se forma con aportaciones de las instituciones respectivas. Pero hay una pequeña diferencia. Si el fondo de protección del banco no alcanza para proteger a los ahorradores, se cuenta con el apoyo del presupuesto de egresos de la federación (Art. 47, Ley de Protección al Ahorro Bancario). En cambio, a los ahorradores populares la ley les promete “pagar hasta donde alcancen los recursos del fondo” (Art. 109, fracción I, Ley de Ahorro y Crédito Popular).

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 Esta asimetría tiene, ciertamente, una justificación: el IPAB previene el riesgo sistémico. La quiebra de un banco podría provocar un nefasto efecto dominó sobre todo el país. Después de todo, la banca capta cerca de 170,000 millones de pesos y las entidades de ahorro popular sólo 22,000 millones de pesos.

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Al margen de estos motivos para proteger el ahorro bancario, los principales beneficiados de la solidez del sistema son sus clientes. Si de proteger el ahorro se trata, no costaría muy caro proteger cabalmente al sistema de ahorro popular. Para colmo, ‘nuestra’ banca no se distingue por facilitar el crédito a la pequeña empresa y a personas con iniciativas. Como dice un amigo, sólo te prestan dinero si puedes demostrar que no lo necesitas.

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Con la colaboración de Pablo Riveroll
Comentarios a:
hzagal@yahoo.com.mx

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