Vamos a la playa...

Don´t worry, be happy. Ése fue el mensaje de la última Convención Nacional Bancaria, desarrollad
Joaquín Fernández Núñez

Damas y caballeros, buenos días. Muchas gracias por invitarme a Cancún. Por una presentación de 20 minutos, voy a poder practicar un poco de golf y nadar....” El inicio de la conferencia de Richard Roll, profesor de la Facultad de Administración Anderson de la Universidad de California en Los Angeles (UCLA), no pudo ser más elocuente y explícito: ¿quién no aceptaría unos instantes de seriedad a cambio de dos días de relajante playita?

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Esta fue la tónica que predominó los pasados 7 y 8 de marzo en Cancún entre los participantes de la 60 Convención Nacional Bancaria. Detrás de las sonrisas, las palabras amables y las fotos oficiales de camaradería beata, los banqueros del país parecían estar más ansiosos por empuñar sus raquetas de tenis que por discutir arduos temas financieros.

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“Es natural que sea así: ya pasó lo peor y hay que demostrarlo”, comentó un directivo. A diferencia del año anterior, en el que los efectos del derrumbe económico aún no habían mostrado todas sus consecuencias, en esta ocasión los congregados pudieron darse el lujo de ofrecer un semblante relajado y un jubiloso mensaje de aparente tranquilidad. “Ya la libramos”, traslucían muchos apretones de manos y abrazos entre banqueros rivales. La imagen era semejante a la de unos damnificados que, tras sufrir un desastre de proporciones mayúsculas, se muestran los unos a los otros sus mansiones prácticamente reconstruidas gracias, en parte, a la onerosa ayuda del gobierno. La banca mexicana parece haber asimilado con toda naturalidad los efectos devastadores de su peculiar -Gilberto.

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Quizá sea por solidaridad con las “catástrofes naturales” que a los banqueros les encanta reunirse en Cancún, elegido por tercera vez consecutiva el lugar de encuentro para la Convención. La zona hotelera, con sus turistas de piel camaronícola y sus mensajes constantes de diversión inconsecuente, es seguramente el lugar menos representativo de la actual situación económica mexicana. Allí, donde el mar es del azul más perfecto y todo se cotiza en dólares, no se ven pobres o vendedores ambulantes por las calles y difícilmente existe la posibilidad de toparse con deudores molestos.

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Los escasos morosos reivindicativos que trataron de fastidiar la reunión vieron frustradas sus intenciones por la “sorpresiva” anulación de la convención paralela que pretendían realizar a escasos metros del emplazamiento oficial. Ni siquiera pudieron protestar ante el Centro de Convenciones, transformado en -bunker inviolable gracias a la permanente custodia del ejército mexicano.

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Nada podía perturbar la calma chicha que reinaba en el interior del recinto, amueblada intermitentemente por conferencias calificadas de “tenues”, según la opinión benévola de un gran número de asistentes. El colmo correspondió quizá a la intervención del mencionado Roll, quien impartió una plática sobre la utilización de los derivados más adecuada para estudiantes del primer semestre de universidad que para la sapiente crema y nata financiera del país. ¿O sería un malicioso recordatorio de los instrumentos que muchos banqueros se olvidaron de utilizar antes del marasmo económico?

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Los mensajes de austeridad del secretario Guillermo Ortiz Martínez, la ya habitual cátedra antiinflacionista de Miguel Mancera Aguayo y el discurso de concordia del presidente Ernesto Zedillo tampoco ayudaron a amenizar el desolado paisaje. El Centro de Convenciones de Cancún era más que nunca la antesala de la buscada imagen ideal de reconciliación entre autoridades, empresarios, banqueros y sociedad.

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No es de extrañar que los muchos medios de comunicación que desplazaron su artillería pesada de cuatro o cinco reporteros al enclave caribeño se quedaran con las ganas de noticias jugosas. Había incluso quienes añoraban el dudoso -glamour de otras épocas, cuando todo el mundo estaba pendiente de la reunión por ser una de las contadas ocasiones en las que la opinión pública tenía el “privilegio” de conocer el monto de las reservas del Banco de México.

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Temas tan importantes para la agenda financiera de 1997 como la legislación sobre el lavado de dinero, la aplicación de los nuevos criterios contables, la suspensión de las garantías gubernamentales a ciertos depósitos o la venta de los activos bancarios fueron abordados de soslayo, sin posibilidad de cuestionamiento y menos aún de discusión. Ni siquiera Héctor Larios Santillán, presidente del Consejo Coordinador Empresarial, osó canalizar las críticas de los empresarios que representa acerca de la reticencia para otorgar créditos por parte de la banca de primer piso.

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Lo único importante era no estropear el ambiente de fraternidad de escaparate: el presidente saliente de la Asociación de Banqueros de México, José Madariaga Lomelín, fue despedido a golpe de efusivos “Pepes” mientras el entrante, Antonio del Valle, era recibido con los cariñosos “Toños” de rigor. Y eso a pesar de que, en los pasillos, los diálogos entre los banqueros distaban mucho del discurso oficial:
-–¿Y Madariaga a qué se va a dedicar ahora?
-–Pues a su grupo financiero.
-–Pero si ya no es suyo.
-–Bueno, pues a los caballos, que es lo que le gusta...

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Ésta no era una ocasión para los cuestionamientos, las caras largas o los problemas. Puesto que 1997 se perfila como el año en el que la banca vuelve a moverse sin respiración artificial, ¿para qué recordar malos momentos? Es mejor sonreír en la foto mientras, en la retaguardia, cada institución afila sus cuchillos de cara a la verdadera batalla comercial, prevista para 1998, el año de la “completa” recuperación económica del país.

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“Creo que lo mejor de la reunión –comentó un directivo– fue el partido de tenis que le gané a... (un ejecutivo de una entidad rival)”. Y es que, para los banqueros, Cancún bien vale una relajada Convención.

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