¡Vámonos respetando!

¿De dónde habrá salido el nombre de &#34orden y respeto&#34 para las tareas de gobierno que antes
Ricardo Medina Macías

Me imagino la escena: Vicente Fox, todavía presidente electo en ese entonces, y un selecto grupo de colaboradores contemplan extasiados un hermoso organigrama dibujado en un pizarrón. La consigna es darles nombres nuevos a cosas viejas no sólo para que parezcan nuevas, sino para que empiecen a serlo. (Ambición legítima, piénsese en que un señor Godínez sólo podrá ser galán de telenovela si se cambia el apellido).

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De pronto, Fox o alguien más pregunta señalando un espacio vacío y enmarcado, justo debajo del rectángulo superior que dice “Presidencia”: “¿Y a esto qué nombre le ponemos?, lo de seguridad ya está muy gastado”.

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Profundas reflexiones, ceños fruncidos. De repente, ¡Eureka!: “¡Ya está! –exclama un tercero o tercera, por aquello de que hoy la igualdad de género obliga a la redundancia gramatical–, ¿por qué no le llamamos gabinete de ‘orden y respeto’?” Y listo, tenemos un odre nuevo para un vino que, confiemos, también será nuevo.

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El caso es que, como diría un aspirante a clásico de tercera, el nombrecito me provoca emociones encontradas.

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Por una parte, celebro que se infunda respeto irrestricto a valores esenciales para la vida y la convivencia humanas: respeto a los derechos humanos, respeto a la libertad de creencias, a la libertad de cultos, a la libertad de expresión, a la diversidad cultural, a la crítica, al arte, a la vida privada y al sentido del humor.

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Pero, por otra, la pareja “orden y respeto” me evoca gazmoñerías que pretenden sacralizar lo profano o imponer reverencias a “santones” laicos. Por ejemplo, recuerdo a la señora Rosario Robles recriminándome acremente, hace tiempo, que en una entrevista por televisión fui, a su juicio, poco respetuoso con “el ingeniero” o pienso en algún censor priísta, de cuyo nombre prefiero olvidarme, conminándome a respetar, por sobre todas las cosas, “la figura presidencial”.

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Me imagino también en la escuela primaria el día de clausura de cursos durante la entrega de premios. El director anuncia: “Como todos los años, en esta ocasión la medalla de orden y respeto recae en Jaimito Basaguren”. Y ahí va el pesadísimo Basaguren (sargento Matute para los cuates), de uniforme de gala y pelo engominado, orondo, a recibir su medalla. Todo el mérito de Jaimito es haber sido siempre el primero, adulador, en ponerse de pie al entrar o salir el director al salón de clase y mantener en insoportable orden su papelera. Orden y respeto, pues.

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Pero está bien, porque últimamente como que ya no hay respeto. Esto pudo atestiguarlo el conductor de noticiarios de Televisa, Joaquín López Dóriga, la madrugada del 2 de diciembre cuando fue abordado, ante las cámaras, por un irrespetuoso pariente del clan “Trevi-Andrade” animado por efusiones alcohólicas de grueso calibre.

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Dos días después, la noche del lunes 4, López Dóriga proyectó de nuevo parte de la escena irreverente, pero tuvo poco respeto hacia su público porque omitió, en la reposición de la obra, el revire del diputado Eduardo Andrade, quien le recordó al conductor que en otras ocasiones han sido compañeros de embriaguez. Y también se omitió la rápida respuesta del conductor ante esas evocaciones comprometedoras: “Sí, pero nunca cuando estoy trabajando”. Como en las viejas series policiacas, cuando el gendarme es conminado a beber por algún maleante y responde con sequedad: “Ahorita no, porque estoy de servicio”.

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No cabe duda, se necesita de orden y respeto. “Orden y nos amanecemos y vámonos respetando, joven, que este es mi programa y además traes aliento alcohólico”.

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