Vuelve a escena

El ex presidente Carlos Salinas de Gortari cierra la trilogía de su ‘legado’ con el libro Democracia Republicana. Propone que los ciudadanos tomen el poder.
carlos salinas de gortari  (Foto: Diego Treviño)
Nadia Sanders

Saluda, abraza, sonríe, da pie a la charla informal. La entrevista con Expansión y CNN en Español es en la biblioteca de su propia casa, al sur de la Ciudad de México. Al fondo, una bandera de México. El pretexto para salir abiertamente a los medios por primera vez en 16 años fue la publicación de Democracia Republicana. Ni Estado ni mercado: una alternativa ciudadana, un libro que cierra junto a México: un paso difícil a la modernidad (2000) y La década perdida. 1995-2006 (2008), una trilogía que su autor describe como “un intenso ejercicio de rendición de cuentas”.

Es justamente la reivindicación de su legado lo que ocupa al ex presidente desde su regreso a México en 2000. Durante sus años de gobierno disfrutó de cifras de aprobación jamás rebasadas por sus sucesores, pese a que llegó al poder entre acusaciones de fraude electoral. En breve vio cómo las cifras se revirtieron para convertirlo en ‘enemigo público número uno’.

El levantamiento en Chiapas del Ejército Zapatista; los asesinatos del candidato Luis Donaldo Colosio y del presidente del Partido Revolucionario Institucional (PRI), José Francisco Ruiz Massieu, la devastadora crisis económica que se declaró pocas semanas después de su salida del gobierno y el encarcelamiento de su hermano Raúl Salinas, acusado de vínculos con el narcotráfico (de los que fue declarado inocente), contribuyeron a la ‘demonización’ de Carlos Salinas de Gortari. Máscaras grotescas con su imagen inundaron los semáforos durante años.

Tras una década y media de bajo y nulo crecimiento económico en nuestro país, Salinas insiste en recordar sus logros: no se olvide, dice en las más de 2,500 páginas de su trilogía, que lanzó y firmó el Tratado de Libre Comercio (TLC) con Estados Unidos, reprivatizó la banca, impulsó a México al centro de la atención mundial que hoy disfrutan China o Brasil, hizo independiente al Banco de México (Banxico), creó el Instituto Federal Electoral (IFE)… de paso, despotrica a diestra y siniestra, en capítulos completos o en profusas notas a pie de página, contra sus bestias negras: su sucesor, Ernesto Zedillo, algunos políticos, intelectuales y periodistas, y casi a todo al que atribuya a las lagunas que dejó su gobierno el estancamiento que vive México y la persistencia de algunos males como la pobreza, la educación deficiente, los monopolios privados o la inseguridad pública.

Entre mercado y Estado, dice Salinas de Gortari, entre neoliberalismo (los gobiernos que lo sucedieron) y neopopulismo (el gobierno de la Ciudad de México), propone la ‘democracia republicana’, donde los ciudadanos organizados tomen un papel activo para atender los retos de la violencia del crimen organizado, las amenazas sobre la soberanía frente a “la nueva Roma” (EU), la especulación financiera o la irrelevancia en la globalización. El misterio por revelar, sin duda, está en los cómos.

Casi sin querer, provoca con sus declaraciones por quién las pronuncia. Ahora se le critica por promover algo que durante su mandato (dicen) no hizo. De cualquier manera, Carlos Salinas de Gortari se sometió a nuestras preguntas.

Su libro nos lleva a reflexionar mucho en el rol de los ciudadanos. ¿Se trata de que los gobernantes hagan mejor su trabajo?
Esa es exactamente la tesis de la democracia republicana, que tiene como propósito convocar a los ciudadanos a que ellos construyan una alternativa diferente. Una alternativa progresista, porque hemos vivido un golpe de péndulo donde se dijo que “el mercado es la solución” y, tras la crisis financiera de 2008 que vino, se empezó a decir: “hay que nacionalizar para salvar el mercado”; el péndulo hacia el Estado. Y eso ya lo hemos vivido y padecido en México. Por eso esta alternativa insiste: ‘ni estado ni mercado; una opción ciudadana’.

Usted hizo reformas económicas muy relevantes: vendió empresas públicas, privatizó la banca (nacionalizada en 1982), y reformó el ejido. ¿Cómo evalúa usted estas reformas a 16 años de su gobierno?
Las privatizaciones fueron decisiones que se tomaron por un sentido pragmático. Privatizamos por subasta pública, ninguna empresa se asignó, y todos los recursos que obtuvimos se canalizaron a pagar deuda interna. Porque así teníamos, con ingresos de una sola vez, ahorros permanentes y pudimos aumentar el gasto social sin déficit fiscal.

Respecto a la reforma en el campo, el artículo 27 de la Constitución Mexicana durante años obligó al Estado a entregar tierras, como un acto de justicia. Funcionó muy bien cuando en México había 30 millones de habitantes. Durante mi gobierno eran ya 90 millones de mexicanos; ya no había tierras por repartir. Modificamos la Constitución, le entregamos a los campesinos la tierra en propiedad. Más mexicanos obtuvieron tierras que durante todo el periodo de la Reforma Agraria y, por primera vez, las mujeres pasaron a ser las que tuvieron las tierras en sus manos. Más de un millón de mujeres son hoy cabeza de familia y propietarias de la tierra.

¿Qué cambiaría usted de su gobierno?
(Risas). La lista es tan larga que no creo que nos alcanzara esta entrevista. Nos faltó dar más pasos en institucionalizar algunas reformas. Claro, algunas fueron muy importantes para el fortalecimiento institucional, como darle autonomía al banco central, la creación del IFE, de los tribunales electorales y también de los tribunales agrarios. Pero tuvimos un programa social que resultó muy exitoso, el programa nacional de Solidaridad.

¿Es un éxito el TLC?
El TLC siempre se planteó como un instrumento. Un instrumento para la competitividad y un instrumento para institucionalizar las relaciones con nuestro poderoso vecino del norte: ‘La nueva Roma’, Estados Unidos. Y esto es precisamente lo que permitió el TLC, una relación ordenada. Ha tenido resultados medibles, por ejemplo, nos hemos convertido en uno de los principales productores de automóviles, de aparatos de televisión, y hemos, literalmente, invadido con productos agropecuarios a EU. Y, lo más importante, los salarios de los trabajadores en la industria de exportación están casi 50% arriba de los salarios del resto de la población.

El tratado es perfectible como toda obra humana, y sobre todo con el paso del tiempo. Pero los resultados nos muestran que ese instrumento sí permitió dar pasos adelante, no suficientes sin lugar a dudas, en la modernización de México.

¿Es posible en el actual escenario político sacar adelante reformas como la energética y la laboral?
Me parece que en la administración actual y la legislatura en vigor se han dado reformas importantes en materia energética, seguridad, del Estado. Hay que darles tiempo para que muestren sus resultados en la vida cotidiana.

A mí me tocó actuar en  un contexto diferente. Inició mi gobierno en 1988 y al año siguiente cayó el muro de Berlín, terminó la Guerra Fría; en Chile eligieron a un presidente por la vía democrática y EU invadió Panamá. Esa nueva realidad internacional me obligó a reducir la deuda externa con el Plan Brady, negociar el TLC hacia el Norte y también hacia el Sur, y las reformas internas en materia político-electoral, en materia de eficiencia económica, en la cuestión social, en el terreno educativo.

En mi gobierno teníamos mayoría en el Congreso. En la primera mitad, sólo una diferencia de cinco votos para ser mayoría. A partir de la gran elección de 1991, el PRI tuvo mayoría suficiente para las reformas constitucionales con sus propios votos, y no lo hicimos así. Siempre privilegiamos la negociación, el diálogo, la construcción de consensos. Siempre se requirió del voto del Partido Acción Nacional (PAN), muchas las votó el Partido de la Revolución Democrática (PRD) y el resto de los partidos.

En este ambiente de violencia, ¿considera que la estrategia ha sido la adecuada?
En materia de combate al narcotráfico he dicho que el presidente Calderón ha sido muy valiente en enfrentarlo en su propio terreno para terminar con este flagelo que sigue lastimando a los mexicanos.

¿Hay alguien que tenga su programa de democracia republicana para gobernar este país?
(Risas.) Falta mucho tiempo para la elección presidencial de 2012. Más que estar ocupado con la próxima elección, me interesa la siguiente generación, para que podamos los propios ciudadanos construir, con la participación organizada, una alternativa progresista.

Por otro lado, entre los varios actores que tienen interés en participar, y que lo empiezan a expresar, casi todos han tenido o tienen experiencia de gobierno; ya gobernaron o están gobernando. En consecuencia, en 2012, una vez que se decanten las opciones, los ciudadanos van a poder evaluar a aquellos que aspiran a la presidencia, no sólo por sus propuestas, sino por lo que ya hicieron. Me parece que eso va a ser muy sano y muy bueno para el avance democrático en México. Un avance democrático que queremos que no se agote en las urnas. Una democracia que sea republicana.

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