¿Alguien sabe qué hacer?

Ni los absurdos neosocialistas ni los excesos neoliberales son las salidas económicas para dejar at
Cuauhtémoc Sánchez Osio*

En tiempos de abierta recesión como los que ahora vivimos, México corre el riesgo de caer en peligrosas tentaciones al tratar de escapar de sus dificultades.

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Una de ellas es la que presentan los neosocialistas, a veces también conocidos como keynesianos. Ellos piensan que el gobierno debe reactivar la economía, quitándole el dinero al pueblo y gastándolo en nombre del bienestar colectivo. Con ello –sostienen– no sólo se podrían crear empleos temporales, sino que se motivaría a los empresarios privados a invertir para satisfacer la mayor demanda. Por supuesto, si este pueblo no tiene dinero, tratarían de quitárselo a nuestros hijos, endeudándolos desde hoy con déficit fiscal.

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El gobierno no es mejor que los individuos libres para gastar su propio dinero. Sus decisiones casi siempre se ven contaminadas por toda clase de consideraciones políticas o electorales. Los beneficiarios del gasto, por lo general, terminan siendo unos cuantos políticos ambiciosos, "líderes" sociales charros y hombres de negocio oportunistas que, más que agregar valor, viven de las rentas que les da su contubernio con la autoridad.

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Está probado que tal opción es similar a una gran fiesta que se organiza para acabar con la depresión de una hija. Pasada la divertida juerga, lo único que queda es una buena cruda, un gran tiradero y una muchacha más deprimida aún. Los presidentes populistas de los 70 (Luis Echeverría y José López Portillo), nos comprobaron el fracaso de este esquema, al entregar un país en ruinas y una economía llena de vicios estructurales, que no hemos podido terminar de corregir. Optar por ese camino es brincar rápidamente hacia atrás. Quien olvida los errores de la historia está condenado a repetirlos.

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El gasto de gobierno, como instrumento de superación de problemas económicos, es un pésimo sustituto de los cambios de fondo que se tienen que realizar para incrementar la productividad en las fábricas, talleres y surcos del país, que es donde de veras se produce la riqueza.

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En el otro extremo de esta discusión se encuentran los no menos peligrosos macroeconomistas liberales. Gran parte de ellos parecen no haber leído el capítulo de "supuestos" en sus libros de texto y han decidido adoptar los modelos clásicos de mercado puro, como si estos esquemas no dependieran de determinadas condiciones para operar con éxito.

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Según ellos, las fuerzas libres de oferta y demanda todo ponen en su debido lugar, asegurando la asignación eficiente de los recursos. No hay que meter las manos. Sin duda, están más cerca de la razón que sus contrapartes keynesianos. Sin embargo, pecan de ingenuidad, que es tan destructiva como la sinrazón.

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En el país, algunos de los principales exponentes de esta escuela fueron capaces de aseverar que la mejor política industrial era no tener política industrial. Así, habría que dejar a los empresarios mexicanos rascándose con sus propias uñas frente a la acelerada apertura económica.

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La globalización no es mala; todo lo contrario. Sin embargo, dejar a los agentes económicos solos frente a la competencia internacional supone que, en ningún lugar del mundo, los gobiernos intervienen para proteger y apoyar a sus empresas en la lucha por conquistar mercados. Supone que todos compiten en igualdad de condiciones y que el total de los gobiernos del planeta actúan con la misma falta de estrategia industrial. Esto es completamente falso.

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Las naciones económicamente más exitosas tienen, desde hace años, una clara política de desarrollo industrial, que combina incentivos fiscales para la inversión, apoyo activo en la búsqueda de mercados, reducción de la planta burocrática, legislación laboral flexible, y financiamiento para capacitación, capital de trabajo y desarrollo tecnológico. Además garantizan a sus agentes productivos una infraestructura idónea con el fin de reducir sus costos, mantener su producción estable y facilitar la ágil comercialización de sus bienes y servicios.

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Los economistas liberales están en lo cierto al mantener una política macro de estabilidad. Hacen bien en no echar a andar la máquina de hacer dinero, que produce inflación y presiona el tipo de cambio. Actúan responsablemente al evitar déficits fiscales, que restan competitividad a las tasas de interés y desequilibran las cuentas externas. Pero hasta ahí llegan sus alcances y ese equilibrio no necesariamente implica bienestar económico. De hecho, en estricto sentido teórico, la economía más nivelada sería la detenida. Eso es un poco lo que hoy tenemos y ello no significa que el país esté exento de graves problemas.

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Así, ni los absurdos neosocialistas, ni los excesos neoliberales son las recetas económicas que requiere nuestro país para salir de esta recesión.

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Lo que México hoy necesita es aprovechar la estabilidad de los grandes agregados económicos para voltear hacia los obstáculos cotidianos que impiden a nuestras empresas ser competitivas.

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Se requiere poner en marcha una política industrial que use toda la creatividad y músculo del gobierno con el fin de ayudar a sus agentes económicos a insertarse con éxito en la justa global.

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En esta tarea, los mexicanos somos muy nuevos. Desde hace décadas, la nación carece de una política de promoción industrial coherente. Se tienen instrumentos e instituciones de apoyo a la producción, pero ni son los más eficaces, ni están articulados entre sí.

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Los presupuestos de cada organismo de promoción sectorial (Sagarpa, Sedesol, Secofi, Semarnat, Nafin, Bancomext) se realizan en forma prácticamente aislada. No existen planes integrales de apoyo al desarrollo de cadenas productivas exitosas para cada región del país. Esto exigiría un esfuerzo de coordinación institucional que, salvo en contados casos que no pintan en el presupuesto, no se ha podido lograr.

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Sin una política en este sentido, tanto la indiferencia ante el mercado como la manipulación (fiscal o monetaria) de las variables macroeconómicas constituyen falsas soluciones, con beneficios limitados y cada vez menos duraderos.

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*El autor es maestro en administración de empresas y en administración pública por la Universidad de Harvard.
-Dirección electrónica: csanchezosio@hotmail.com.

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