¿Dónde está nuestra conciencia?

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Cuauhtémoc Sánchez *

Hace poco tiempo el gobierno federal anunció que hay 3.4 millones de pobres extremos menos que en 2000. ¿Debemos estar contentos? Malas noticias no son. Los sucesivos gobiernos de México nos han demostrado por años que lo pésimo siempre puede ponerse peor. ¿Acaso no hay más inseguridad? ¿No hay más gente desempleada? Que no haya más pobres es ganancia.

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Por supuesto, no falta quien indique que $27 pesos adicionales en el ingreso de una familia que vive con menos de $550 pesos al mes no pueden significar que deje de ser pobre. Es una crítica digna de consideración.

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Sin embargo, el debate significativo es la forma en que los mexicanos se van alejando de la pobreza. Si la mejora económica de la gente más necesitada se logra con base en una mayor capacidad para generar su propio sustento, ¡qué maravilla! Si, por el contrario, el incremento en el ingreso se produce con base en subsidios o asistencia, entonces la celebración tendrá que hacerse con menos champán.

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Claro que me da gusto que los pobres tengan unos centavitos más. Pero si les llegan sólo por la vía del gasto público, el costo puede ser más alto de lo que imaginamos. Y no estoy hablando solamente del dinero que pagan los contribuyentes para hacer esto posible (bien puede ser que tal cantidad sea más útil en las manos de los miserables que en los bolsillos de quienes pagan impuestos). Hablo de un costo mucho más grave: el peligro de seguir profundizando la cultura de la dependencia; es decir, la concepción de que la forma más eficaz para salir de la pobreza es a través de la intervención gubernamental.

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Lamentablemente, hoy no parece haber político dispuesto a desaprovechar electoralmente los hábitos del paternalismo. Ya un partido promete a todos sacarlos del hoyo. Ya otro nos aconseja que lo elijamos para que nos tenga, nos mantenga y nos dé. Otro más nos ofrece forzar al gobierno a pagar el 20% de las hipotecas, el 100% de los gastos médicos y becas para todos los niñitos (al cabo que el dinero cae del cielo). ¿Qué clase de cultura económica estamos fomentando?

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El mensaje de todos los amantes del poder es que el gobierno se va a encargar de sacar a la gente de sus broncas económicas. ¿Vale la pena pulverizar lo que queda de la convicción de que el mejoramiento económico depende, en primera instancia y por encima de todo, de nuestra propia capacidad para crear valor? ¿Estamos dispuestos a sumergir más aún a nuestro pueblo en la cultura de la mano extendida, propia de los pueblos que jamás podrán desarrollarse? ¿Dónde ha quedado nuestra conciencia? ¿O, de plano, ya nada nos importa?

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Comentarios: csanchezosio@hotmail.com

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