¿Dónde están las propuestas?

Más allá de ataques frontales y golpes bajos, las propuestas de quienes intentan erigirse en candi

El espectáculo de la sucesión ha comenzado. Y, hasta hoy, el saldo es bastante triste.

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Lo que en un principio parecía un ejercicio democrático saludable –el que varios políticos levantaran la mano para decir “yo quiero”–, ha sido contaminado por discursos huecos, golpes bajos, ataques gratuitos y carencia de propuestas de solución a los principales problemas que aquejan al país.

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En las postrimerías del siglo XX, de cara a las que con toda certeza serán las elecciones presidenciales más reñidas de la historia reciente de México, la sociedad espera ofertas concretas y viables que supongan un mejor futuro. En el caso de los empresarios, éstos esperan niveles mínimos de estabilidad y reglas claras para arriesgar sus recursos en la creación de fuentes de riqueza.

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De ahí que, pese a lo ocioso que pudiese parecer, debemos hacer un llamado a la civilidad. Poco aporta la desgastante guerra de saliva; más lo haría un diálogo franco, sustentado en argumentos sólidos y en un cierto conocimiento de la realidad económica, política y social de nuestra nación.

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La lista de pendientes –por si acaso no lo tienen presente estos personajes tan deseosos de gobernar– es vasta: políticas de desarrollo, reforma fiscal, política monetaria, competitividad de la planta productiva, inseguridad, educación, justicia, pobreza... en fin. La cuestión es que urgen trazos realistas de caminos alternativos que otorguen viabilidad de largo plazo a un país herido, entrampado en crisis cíclicas –aunque predeciblemente sexenales–, que ha servido de modelo en muchas partes para señalar lo que no debe hacerse.

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Esto no es un juego. Sin embargo, basta con presenciar el desfile, ridículo y deplorable, de precandidatos que pregonan fórmulas populistas alejadas de sus principios partidistas, de los jaloneos y acusaciones de fraudes –al interior de su propio partido– de quienes pretenden erigirse como “la opción que necesita el país”, y de los que no logran siquiera asimilar que su reloj marca un tiempo que ya no corresponde al de la necesaria modernización de México.

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¿Cómo transformar el circo, la maroma y el teatro en una obra de arte de la Política (así, con mayúscula)? Desde hace mucho, los espectadores están preparados. Y, a fin de cuentas, ellos son los que votan. ¿Quiénes, por tanto, tienen la última palabra?

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