¿Empresarios humildes?

El autor es miembro del Consejo Editorial de Expansión. Además, es miembro del Consejo de la Comis
Carlos Llano

Si hiciéramos esta pregunta al interesado recibiríamos sin duda una respuesta claramente negativa. Nos quedaríamos verdaderamente sorprendidos de que la humildad se encuentre tan desmerecida entre los que cargan sobre sí las instituciones de mayor rango en la sociedad contemporánea.

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Ello no quiere decir que debamos estar de acuerdo con esa figura del dirigente que nos lo dibuja como lleno de despotismo y prepotencia. No hay que exagerar, pero sí reconocer que el empresario, responsable de las organizaciones mercantiles, no sobresale por su humildad (aunque, sin jugar con las palabras, habrá de decirse también que la humildad consiste sobre todo en no sobresalir intencionalmente: el humilde no es presumido).

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Acostumbrados a leer libros sobre superación personal escritos por autores contemporáneos de lengua inglesa, como los Covey de turno (cuyo provecho, por otra parte, es imposible negar), no prestamos atención a lo mucho y bueno que las humanidades clásicas han aportado acerca de los factores que requiere el hombre de éxito en cualquier aspecto de su vida.

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Se nos dice que esas disquisiciones son cosa de otro tiempo, ignorando que todas las épocas consideran a sus cambios como radicales y definitivos, siendo así que, en perspectivas de milenios, el hombre como tal, en su más íntima entraña, es muy estable, es decir, se halla impulsado por ideales y movido por pasiones análogas a las de los otros siglos.

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Pero, sobre todo, se arguye que la antropología clásica no tiene en cuenta el actual ambiente de los negocios. Esto también es falso.

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Que sepamos, la primera persona que habló del provecho de la humildad para los negocios fue Jaime Balmes. Su modesto nombre latino, y la condición de filósofo explican su desconocimiento general en el ámbito para el que estamos escribiendo ¿No resultaría un despropósito leer acerca de Balmes en Business Week, por ejemplo? Este hombre es autor de un precioso libro que trata sobre algo que todos los hombres de negocios apreciamos: El criterio. Quien me recomendó hace muchos años este libro –y le estoy sumamente agradecido por ello– fue, curiosamente, uno de los empresarios mexicanos más importantes de su época; y es que el criterio y el acierto en la decisión se relacionan entre sí de un modo tan estrecho que estamos tentados a identificarlos. Por lo menos, nos iría un poco mejor si decidiéramos con criterio.

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Pues es precisamente El criterio quien nos ofrece un capítulo atractivo: la humildad en relación con los negocios. Solemos entender que la humildad es, ante todo, una virtud característica de la religión cristiana; y así es: ninguna otra religión presenta testimonios de humildad que se asemejen, siquiera de lejos, a los ofrecidos por el cristianismo. Más aún: son muchas las religiones que la consideran un defecto impropio de hombres superiores: si es superior ¿cómo puede ser humilde? Podría por ello pensarse que nuestro filósofo catalán quiere referirse aquí a otro tipo de negocios distintos de aquellos con los que tenemos que habérnoslas nosotros. Pero no es así: adelantándose a nuestras conjeturas, Balmes titula su capítulo de una manera casi paradójica: la humildad cristiana en relación con los negocios mundanos; lo cual tampoco nos extraña en el momento presente de las empresas, que tanta importancia le dan, con razón, a sus aspectos culturales (y la religión –o la ausencia de ella– es el factor más importante de toda cultura).

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Son muchos los benéficos frutos que recibe el hombre humilde en la dinámica de su acción práctica, y Balmes es exhaustivo, aunque conciso, profundo y ameno, en su descripción. Nosotros nos reduciremos aquí a mencionar aquéllos que pueden tener mayor importancia para el empresario mexicano de fin de siglo, es decir, de fin de sexenio.

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Por la humildad conocemos el límite de nuestras fuerzas. Un análisis frío y objetivo de éstas, pondría en relieve los defectos que nos cuesta reconocer y que son por ello obstáculos permanentes para el progreso de todo lo que emprendemos. Por otra parte, nos impide exagerar nuestras cualidades, y engreírnos respecto de los demás, tomándonos como superiores a ellos. Ya que Balmes no se refiere a este punto, es necesario que lo hagamos nosotros: la humildad nos incita a un examen serio de la competencia, especialmente para conocer sus puntos fuertes. La humildad nos dice que no hay competencia pequeña.

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Otra de las cualidades que brotan en nosotros cuando adoptamos una actitud humilde en nuestras acciones prácticas, es la disposición permanente de pedir consejo. Esto no ya porque tengamos en poco nuestra inteligencia, acerca de la cual poseemos muchas empíricas pruebas de sus frecuentes y a veces inconfesadas equivocaciones, sino porque tenemos en mucho la inteligencia de los demás, “aun de los inferiores”, nos dice el filósofo español. En este momento el pedir consejo se ha constituido en una sana costumbre, que posee un nombre sajón técnico del cual nadie diría que tiene que ver con esto: el traído y llevado benchmarking, vale decir, el conocimiento de las mejores prácticas de los negocios en orden de la superación de las nuestras. Es verdad que el benchmarking posee sus intríngulis técnicos (que hoy llamamos know-how), pero exige sobre todo la cualidad de la que estamos hablando: el reconocimiento de que existen empresas y personas que hacen las cosas mejor que nosotros. Es éste el punto de partida del benchmarking, y su coronamiento. Si hay quienes no lo utilizan no es porque desconozcan esta tecnología, sino porque se resisten a la aceptación de que hay otros que son mejores, y de los que podemos aprender algo.

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Balmes nos dijo que el consejo habría de pedirse incluso a los inferiores. Nos descubre así, sin él saberlo, una versión poco usual en la búsqueda de las mejores prácticas: no buscarlas sólo entre los mejores negocios, sino indagar sobre las mejores prácticas de quienes las poseen verdaderamente, aunque en otros aspectos puedan ser incluso inferiores a nosotros, y por ello no recurriríamos a ellos, si no fuera por Balmes. Por él, y por Confucio, quien nos dice que el hombre superior es aquél que logra descubrir lo mejor del otro. A veces las mejores prácticas están en manos de nuestros mismos subordinados, a quienes no les prestamos la atención debida.

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Escogemos aún otro fruto inapreciable de la humildad, de entre los muchos que nuestro filósofo nos proporciona, y esta vez nos complace citarlo literalmente: “La humildad es la verdad, pero aplicada al conocimiento de lo que somos”; “que no nos deja creer jamás que hemos llegado a la cumbre en ningún sentido, ni cegarnos hasta el punto de no ver lo mucho que nos queda por adelantar y la ventaja que otros nos llevan”.

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La humildad no es apocamiento, añadimos nosotros, sino estímulo y acicate de superación. Sólo si nos sabemos menos, pretenderemos ser más.

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Que la humildad sea la verdad obliga al director a una conducta que le parece impropia, pero que resulta inexcusable si quiere obtener resultados: saber rectificar, y rectificar sobre todo si la equivocación versa sobre sí mismo.

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Aunque sólo fuera por estas tres notas: actitud de no creernos mejores que nuestra competencia; disposición de aprender de los demás, y conciencia de que somos susceptibles de metas más altas, podemos decirnos a nosotros mismos con Balmes: “esta virtud es de suma utilidad en la práctica, aun en las cosas puramente mundanas”.

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Es una lástima que tantos empresarios lo ignoren; que nuestros departamentos de selección de personal no cuenten con tests para medir el grado de humildad; y que los directores que tienen el menester de promover a los demás inflen sus apetencias de soberbia.

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