¿Existen caminos libres de corrupción

Los directivos olvidan que la falta de valores impide la buena marcha de la compañía.
Antonio Argandoña

Dirigir significa ser ético. Pero ¿cómo generar valores en una organización? ¿Cómo hacer que la firma descubra, defina, viva y transmita sus valores? Hoy, si un directivo no es moral, seguro que tomará decisiones equivocadas. Esta disciplina es fundamental para el buen funcionamiento de una corporación. Pero la alta dirección no toma en cuenta que, en muchas ocasiones, es la falta de valores lo que provoca que “algo” no marche bien o que existan comportamientos que no entiende.

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Los valores, sin duda, guían nuestras decisiones y conductas. Por lo tanto, influyen en la forma como actuamos con los demás. Es necesario reflexionar sobre el tema, pues tienen muchos efectos, tanto en la propia persona como en los que la rodean. Los miembros de una asociación trabajan por motivaciones distintas, pero hay que conseguir que todos tengan un objetivo común. Por eso, dirigirla es elaborar estrategias que desarrollen las capacidades de los individuos del grupo para alcanzar las competencias distintivas que desea tener con el fin de cumplir su misión.

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Valdría la pena preguntarnos si una empresa tiene valores propios o son éstos sólo la suma de las creencias de sus afiliados. Quizá, la respuesta sea que una organización no es sólo un conjunto de personas: tiene vida propia, valores sólidos y compartidos. Es decir, no es bueno que exista un total consenso en los principios de una compañía. Lo importante radica en estar de acuerdo en lo fundamental, aunque también son necesarias la diversidad y la discrepancia. De lo contrario, se corre el riesgo de que una corporación ahogue los valores de las personas.

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La verdad, no creo en los idearios, códigos o credos, sino en el proceso que se sigue para escribirlos, en la discusión que precede a su redacción. Los valores de una firma son bastante estables, pero pueden cambiar. Si uno no funciona, se abandona y así se progresa éticamente. Pareciera que, si viviésemos infinitos años, entonces aprenderíamos a ser totalmente morales.

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–Antonio Argadoña es profesor de la Escuela de Negocios de la Universidad de Navarra (IESE).

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