¿La muerte del PRI?

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María Emilia Farías Mackey

Para nadie es un secreto que el PRI atraviesa por una crisis. Durante el gobierno salinista ésta se agravó, debido a que el ex mandatario frenó muchas iniciativas de cambio tendientes a recuperar el terreno perdido.

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El asesinato de Luis Donaldo Colosio sumió al PRI en un pasmo del que logró salir fortalecido gracias a los resultados electorales del 21 de agosto del año pasado. Pero, justo cuando empezaban a perfilarse los nuevos liderazgos priístas, José Francisco Ruiz Massieu fue asesinado. El esclarecimiento de este crimen se dio en medio de acusaciones en contra de la propia dirigencia priísta, deteriorando aún más la imagen del partido.

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Sano divorcio. Ya desde su campaña, Ernesto Zedillo se comprometió a la separación del PRI y el gobierno, condición necesaria para la transición democrática. Pero la estructura priísta todavía no está preparada para cortar el cordón umbilical, más que nada por carecer de dirigentes y cuadros lúcidos que elaboren posiciones y discursos políticos que posibiliten este salto.

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A la fecha, este partido no ha podido evitar el descrédito, porque día a día pierde más adeptos y porque en su calidad de interlocutor entre la clase política, el gobierno y la sociedad, no ha desempeñado ningún papel importante en las reformas políticas y económicas.

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Su verdadero problema no es de distanciamiento con el gobierno, sino de conducción y de banderas claras, de elaboración de un discurso políticamente eficaz. Pero sobre todo, es un asunto de congruencia entre lo que se hace y lo que dice. Otro aspecto fundamental de la crisis es la renovación de sus cuadros: los recientes candidatos a gobernadores son en su mayoría gente de la vieja guardia, que a pesar de su experiencia política no responde a las expectativas locales. El PRI necesita nuevos rostros, ideas frescas y un discurso que refleje más las preocupaciones de la sociedad que los intereses de la clase dirigente.

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Para algunos, el PRI está agonizando; otros piensan que se trata de un mal pasajero del que se puede recuperar. Y para la dirigencia priísta, se encuentra en un estado de salud aceptable para sus 66 años.

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Al interior del partido, la "corriente restauradora" pretende revitalizarlo con cartuchos quemados. Por ejemplo, el regreso de un Martínez Domínguez a la cabeza del priísmo nacional no aportaría sangre nueva. Otra corriente, que encabezan algunos gobernadores, pretenden mejorar el estado de salud del partido con cierta autonomía del CEN. Por último, otra corriente quiere enterrar al PRI con dignidad, porque sabe que ya dio lo que tenía que dar y que es tiempo de ceder el paso a nuevas organizaciones políticas.

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La dirigencia está totalmente rebasada y la salida de María de los Ángeles Moreno y del resto de los miembros del CEN no debe estar muy lejos. Por otro lado, la tan anunciada reforma es inexistente; hasta el momento, lo que se conoce parece más bien un tímido intento de renovación.

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Autocrítica ausente. Sin embargo, la dirigencia nacional se revela incapaz de la autocrítica y sigue empeñada en señalar a la oposición como fuente de sus desventuras. Los priístas deberían estar conscientes de que pagarán el costo de la crisis económica. Sería muy difícil olvidar la actitud de las filas priístas en ambas cámaras, aprobando medidas que han generalizado el descontento. En tal virtud, los priístas lúcidos y aquellos que todavía conservan algo de pudor deberían preparar un fin del PRI con dignidad. Es decir, una salida política que permita recuperar las experiencias valiosas, que las tiene, pero enterrando para siempre lo que ya no sirve. Tal vez la propuesta de "regionalizar" al PRI sirva para revitalizarlo. Pero habría que ver si se trata de un movimiento que abarca al conjunto del país o simplemente es una propuesta derivada de una coyuntura postelectoral específica.

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Regionalizar al PRI ayudaría a que muchos de los problemas políticos no rebotasen en el zócalo capitalino y permitiría a los gobiernos estatales cierto grado de autonomía. Pero si esta iniciativa no se concreta en los próximos meses, el partido pasaría del deterioro a la descomposición y el priísmo nacional encontraría que su partido es un cadáver.

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Ex diputada federal, la autora es actualmente consultora de empresas canadienses y francesas.

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