¿Me podría repetir su nombre? Compañ?

Siempre existen personas a las que evitamos sin causa aparente.

Darle la vuelta a algo o a alguien significa esquivarlo, saltarlo, evitarlo, sortearlo, evadirlo, prescindirlo. En el moderno ambiente de trabajo, lo más usual es darle la vuelta a problemas o tareas con los que no queremos lidiar. Pero frecuentemente también le damos la vuelta a ciertas personas, porque nos son antipáticas o porque no comulgamos con su manera de ser.

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No obstante, existen individuos a los que todos evitamos sin causa aparente, mucho menos por razones personales. Siempre, por ejemplo, en cada salón de clase de toda escuela hay un compañero que parece encarnar todos los defectos y los miedos del resto; ese niño está condenado a vivir solitario: nadie lo invita a jugar, se sienta solo en el autobús, ocupa la última banca en la última fila, llega y se va en silencio, nadie recuerda su nombre ni se da cuenta de su presencia, excepto (claro) cuando trata de convivir con el resto. Entonces el grupo guarda silencio, no responde a sus comentarios y permanece sordo ante sus bromas.

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Todo esto pasa sencillamente y porque sí; estos individuos son como un animal enfermo al que nadie toca, el objeto huérfano que nadie reclama, el convidado a la fiesta al que nadie invitó. Es imposible justificar este rechazo, mas no por ello deja de ser real.

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Sí, ya sé, y estoy de acuerdo en que es injusto; pero si se fijan, se trata de una de esas conductas primitivas, que desde antiguo forma parte de la vida y que hasta hoy constituye uno de sus más oscuros misterios.

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Casi lo mismo pasa con ciertas personas en las empresas. Aunque la etiqueta nos obliga a "convivir" con ellos, nuestro trato se reduce realmente a su mínima expresión: si acaso un cortés "buenos días" frente a la puerta del elevador y nada más. Todo el mundo sabe que un saludo seco, seguido de un largo silencio, es igual a decir: "Mira, Fulano(a), no es por mala onda, pero vengo realmente ocupado con otros rollos o sencillamente ejerzo mi libre y soberano derecho a no platicar, así que te agradecería si correspondes a este acuerdo tácito y tú ahora guardas silencio."

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En 99% de los casos, la fórmula funciona y el traslado a nuestro piso transcurre en medio de un silencio ligeramente incómodo, pero silencio al fin. No obstante, en una pequeña cantidad de ocasiones, un porcentaje quizá fragmentario, el saludo seco no provoca el silencio sino, al revés, un torrente conversacional que nos toma por sorpresa y literalmente nos deja sin habla.

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Ahora mismo acabo de ser víctima de uno de esos accesos. Ni siquiera sé el nombre del sujeto en cuestión –aunque estoy seguro que en el breve trayecto me lo repitió al menos tres veces–, así que lo voy a llamar Equis. Me dijo que trabaja en atención a clientes y me consta que no percibe cuándo sus opiniones no vienen al caso. Recuerdo que, durante la pasada fiesta de fin de año, se lanzó al centro del escenario para "deleitarnos" con una impresionante interpretación de Querida (imitación de Juanga incluida), a la que siguió uno de esos silencios que sólo se escuchan en el Azteca cuando le meten gol a la Selección Nacional.

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El caso es que, desde que le di los rigurosos buenos días, el tipo no dejó de hablar ni un segundo. Es increíble todo lo que se puede decir en el trayecto que va de una planta baja al piso siete. Para mi buena suerte, el ascensor hizo escala en cada nivel, aunque nadie subió con nosotros: al abrirse las puertas, la gente preguntaba "¿sube?" y cuando se percataban de la presencia de Equis, los muy cobardes pretextaban que ellos iban hacia abajo y sonreían ligeramente al ver mi expresión que clamaba por ayuda.

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En 10 minutos supe de la vida y milagros de Equis, me familiaricé con los problemas de su área y me hizo prometerle que consideraría la posibilidad de trasladarlo a mi departamento. Cuando encendí mi PC, me di cuenta que ya me había inundado el buzón del correo con mensajes en los que me manda chistes, advertencias de posibles virus informáticos, un par de mantras budistas de 10 pasos cada una y al menos cinco invitaciones a comer en los próximos cuatro días.

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Supongo que mañana me ahorraré darle los buenos días; hay gente que no capta las indirectas.

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