¿Pantalla grande?

Las instalaciones de Papalote Museo del Niño guardan una joya del cine y la tecnología. Siete mill
Carlos Valente Quintero

"Nunca he visto el mar… pensé que me iba a mojar", dice Nataly después de salir de la megapantalla IMAX de Papalote Museo del Niño. La pequeña creyó que el agua y el oleaje de la película eran reales, de ahí se desprende su reacción de temor y curiosidad al mismo tiempo. Y no es para menos: si algo define a esta tecnología es la proyección de "imágenes vivas". Alta definición, nitidez, color y brillo, son algunas características intrínsecas al sistema cinematográfico desarrollado en Canadá hace más de 30 años.

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La megapantalla IMAX es uno de los máximos atractivos del centro infantil que abrió sus puertas el 5 de noviembre de 1993. A la fecha, más de 7.1 millones de espectadores han pasado por las butacas de la sala de proyección y se han exhibido 28 cintas; una de ellas, Fantasía 2000, le otorgó el récord mundial de asistencia a México para un estreno que simultáneamente se realizó en algunas plazas de Europa, Asia y Norteamérica. El número de personas que acudió fue 282,484 (atrás quedó Japón, con 220,000 asistentes).

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El Papalote (de papalotl, mariposa en náhuatl), constituido como una asociación civil y actualmente dirigido por un consejo de jóvenes empresarios, tiene la misión de ofrecer a niños y familias un ambiente de convivencia –que alienta la interacción directa con los objetos exhibidos en el museo– para aprender sobre temas esenciales como ciencia, tecnología, artes, sociedad, cultura, etcétera. El espacio recreativo (cuya frase emblema es "Prohibido no tocar") se localiza en la segunda sección del Bosque de Chapultepec, ocupa casi 24,000 metros cuadrados y ofrece más de 350 manifestaciones, divididas en cinco temas: cuerpo humano, comunicaciones, conciencias, expresiones y nuestro mundo. Durante 2002, el visitante número 10 millones hará presencia en el lugar.

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Hace un cuarto de siglo, los museos que ofrecían un contacto directo con la ciencia eran sumamente escasos: el Museo Tecnológico de la Comisión Federal de Electricidad, el de Historia Natural y el Centro Cultural Alfa, entre otros. Sin embargo, durante la década de los 90 se presentó un auge y surgieron el Centro de Ciencias Explora, en León, Guanajuato; Universum, de la UNAM; el Museo de Ciencia y Tecnología del estado de Veracruz. Guerrero, Hidalgo, Sinaloa, Sonora, Aguascalientes, entre otras entidades, también emprendieron la aventura.

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En México existen ocho pantallas IMAX; todas funcionando en este tipo de instituciones, lo cual no es insólito, ya que la tendencia es similar en el resto del mundo. En estos recintos –en Nueva York, Berlín, Londres, Tokio, etcétera– es donde mejor adopción ha encontrado esta tecnología.

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El embrujo IMAX
Marinela Servitje, fundadora y actual directora de Papalote Museo del Niño, presidió la campaña financiera para convertir en realidad el centro educativo. Sus buenos oficios consiguieron el apoyo de 200 empresas y, hoy día, la lista asciende al doble. Sin embargo, los donativos ya no representan la espina dorsal del organismo, porque 83% de los ingresos son generados por la propia institución. Miguel Ángel Pichardo, director de Desarrollo en Papalote, asegura que desde el inicio fueron flexibles los "límites presupuestales". Si una idea resultaba interesante, el Museo se encargaba de conseguir recursos para desarrollar la iniciativa. Así ocurrió con el proyecto de la megapantalla.

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Construir la sala, montar el equipo y arrancar operaciones implicó una inversión de entre $5 y $6 millones de dólares. El Papalote contó con la asesoría de especialistas canadienses, a los cuales mucho le han aprendido los técnicos mexicanos, ya que en el país no existe un experto en tecnología IMAX. Una o dos veces al año, los consultores de Canadá visitan el Museo para dar mantenimiento al sistema, o se presentan cuando surge algún desperfecto mayor. Sin embargo, asegura Juan Ángel Sánchez, subdirector de la megapantalla, el personal técnico del Papalote siempre está "con las pilas puestas".

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Aunque es cierto que la tecnología IMAX resulta un halago para los sentidos del espectador, el equipo también implica una buena dosis de cuidado durante la representación. Por ejemplo: una mancha de polvo, una basura o un cabello en el lente del proyector, de inmediato son detectados, remarcándose en alguna zona de la pantalla, que abarca una superficie de 408 metros cuadrados.

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En México, la pantalla IMAX más grande, 422 metros cuadrados, está en el Teatro Da Vinci, del Centro de Ciencias Explora, de León. El coordinador de dicho centro, Gerardo Ibarra, indica que el proyector instalado en el Bajío es similar al del Museo del Niño. Ambas instituciones utilizan un formato de película que se denomina 15/70 (Large Format, categoría que también incluye los estándares 8/70 y 10/70), el cual es 10 veces más grande que el de 35 mm y tres veces mayor que el de 70 mm. Esta modalidad ofrece más capacidad de grabación y proyección de detalles en las imágenes; además, reduce la visibilidad del grano del celuloide.

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La película 15/70 se desliza en forma horizontal al pasar por la lente del proyector, a diferencia de los otros estándares Large Format y el de 35 mm, que corren de manera vertical. El número 15 de la nomenclatura se refiere a las perforaciones que, por cada fotograma, tiene la cinta en sus orillas. El detalle es de suma importancia, dice Sánchez, debido a que "permite agrandar la imagen expuesta sin demeritar los valores de color o nitidez". Esta cualidad no se consigue con otro formato. La lámpara que emplea un proyector IMAX es de xenón, de 4,500 watts, y se enfría con aire a presión.

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El entrevistado comenta que el sistema de avance de la película, llamado rolling loop, ofrece estabilidad y calidad. Al pasar la cinta de un loop (pliegue o bucle) a otro, cada fotograma se detiene 1/24 de segundo. Ibarra, del Centro Explora, añade que el "sistema de vacío" incorporado en la tecnología IMAX ayuda a que cada cuadro permanezca estático durante ese lapso, "como si fuera una foto fija, lo que no ocurre con los proyectores convencionales, donde la cinta va pasando todo el tiempo".

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En algunas salas del interior del país, el público encontrará centros de exhibición denominados Omnimax. Dicho sistema también forma parte de esta tecnología, aunque presenta ligeras variantes: las pantallas son tipo domo, un semicírculo con diámetro de 23 metros; la lámpara que alumbra la cinta es más potente: 12,000 watts; el proyector, en lugar de estar frente a la pantalla, se coloca en desnivel, formando una inclinación hacia arriba.

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El nicho de la vanguardia
Dentro de la sala IMAX, mientras se escucha el despegue de un transbordador espacial o el estruendo de unas cataratas, los sonidos tocan la piel del espectador. El equipo de audio posee una potencia de 12,000 watts, divididos en seis canales independientes de alta fidelidad, lo que produce un "efecto tridimensional". En el caso de Papalote, durante la proyección siempre se reproduce paralelamente el audio analógico, por si el digital presentara una falla.

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Una película IMAX de 40 o 50 minutos pesa entre 80 y 100 kilogramos, y mide entre cuatro y cinco kilómetros de longitud; se conserva en carretes dentro de latas, como ocurre con el celuloide convencional. El precio de la renta de un filme de este tipo presenta variaciones significativas: el Teatro Da Vinci desembolsa $35,000 dólares por cinta; el Museo del Papalote llega a pagar hasta $250,000 dólares. La institución que dirige Servitje proyecta en promedio una película 1,200 veces durante un lapso de ocho meses.

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Pichardo, de Papalote, asevera que el Museo siempre intenta traer a México las mejores producciones del mundo; las mismas obras que se exhiben en Alemania, Canadá u otra nación. No obstante, los espectadores nacionales poseen una ventaja significativa: el costo del boleto. Una muestra: en Nueva York, la entrada para la película Cuevas tiene un precio que oscila entre $9 y $11 dólares. En el país, a causa de las promociones para escuelas y otras instituciones, el precio promedio es de $2 dólares.

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África, el Serengeti es el film que ostenta el récord de asistencia en Papalote, con 426,010 personas, seguida de Planeta Azul, con la cual se inauguró la sala y que captó una audiencia de 405,312 individuos. Del total de visitantes al museo capitalino, 60% decide también entrar a la megapantalla; es decir, el resto de los espectadores acude ex professo a observar las películas. El Centro Explora, del estado de Guanajuato, señala que su teatro posee una captación de 75% a 80% del número total de visitantes.

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Las ocho salas IMAX que existen en México son un caso meritorio de adopción tecnológica. El primer sistema de proyección se instaló en Toronto, Canadá, en 1971. A la fecha, en Latinoamérica sólo México es un usuario constante de la tecnología cinematográfica. Los aquí entrevistados coinciden en que quizá se deba a la poca proliferación de museos interactivos de ciencia, escenarios donde el conocimiento y la capacidad de la tecnología crean un binomio poderoso.

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