¿Políticas? ¡Las mías!

Estrenamos esta seria columna con una sesuda reflexión sobre uno de tantos absurdos...
Ángel malo Rencillas

Le duela a quien le duela, los mexicanos somos hipócritas por naturaleza. Nos cuesta trabajo decir “no”, llamar a las cosas  por su nombre. Siempre nos escondemos tras eufemismos. Uno de los recursos favoritos en el mundo corporativo es el llamado “políticas de la empresa”. Se trata del clásico as bajo la manga que surge cuando no se tiene idea de qué decir. Es como una fuerza suprema que nadie conoce pero que todos respetan. Por lo menos yo jamás en la vida he conocido ese que debe ser como un enorme libro con tal título en ninguna compañía. Pero eso sí, cualquiera lo sabe aplicar.

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Si solicitas un adelanto, llegar tarde o se te ocurre renovar un formato retrógrada, seguro te salen con la cantaleta de que “por políticas de la empresa no puede hacerse esto ni esto otro”. Aquí debe quedar claro que “políticas” no es lo mismo que “reglamento”. Las primeras son más usadas, pero también más incomprensibles y sutiles que el segundo. Y en nombre de ellas se cometen tantas atrocidades…

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Bajo su escudo día a día se incurre en actos de discriminación, despidos injustificados y un sinnúmero de injusticias dentro de las compañías. He sabido, por ejemplo, de gente que despiden por sostener idilios con alguien más de la nómina. No es necesario encontrarlos manoseándose en el elevador o sobre la copiadora, con que exista el rumor es suficiente.

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En cambio, como consumidores padecemos “políticas” tan tontas que pueden resultar divertidas. Algunas de ellas:
     • En los restaurantes de comida rápida sólo se contratan adolescentes sin experiencia –a veces sin neuronas– para poder explotarlos a gusto.
     • No te dejan entrar al cine con una cantimplora de agua y te hacen gastar más de $15 pesos en una botellita de 135 mililitros.
     • “Por seguridad” te impiden subir a un avión con pinzas para depilar cejas, pero en primera clase te prestan cuchillos afilados para partir la carne.
    
En los bancos dicen “aperturar una cuenta”, como si no existiera el verbo “abrir”. Dentro de ellos está prohibido hablar por celular, pero tienen todos tus datos (quién sabe de dónde los sacan) cuando te ofrecen una tarjeta de crédito.
    
En los supermercados no te dejan entrar con una mochilita, pero las señoras sí pueden pasar con sus enormes bolsas “de mano”.

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Lo más curioso y conveniente, lo que casi podría expresarse como una regla para el correcto uso de estas disposiciones es: “Toda ‘política de la empresa’ es inamovible, irrefutable e indiscutible, y debe aplicarse con todo el rigor posible. A menos, claro, que por intereses personales resulte inconveniente para alguno de los altos ejecutivos. Si ese es el caso, simplemente basta ignorarla, a fin de cuentas no está escrita en ningún papel. Si tal es el caso, no importa, sólo hay que hacerse de la vista gorda.”

Justo estaba por escribir esta columna cuando recibí la llamada de un cliente. Me dijo que por “políticas de su empresa” su firma debía conocer algunos de nuestros nuevos precios antes que su competencia. Yo le contesté que “por políticas de mi empresa” aquello era imposible. Con eso bastó. Contra ese “argumento” no hay antídoto. Claro, por usar este método tan cobarde no le dije lo que pensaba en realidad: que era un cerdo tramposo. Ni modo, me quedé con las ganas.

Cualquier comentario será bien recibido para mal en: amalo@expansion.com.mx .
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