¿Preparados para la democracia?

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Ricardo Medina Macías

Me resisto a creerlo, pero parece que 72% de los habitantes de las ciudades de México y Monterrey no están preparados para la democracia porque no entienden en qué consiste.

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Según una encuesta realizada por los diarios Reforma y -El Norte (a quienes sugiero hacer una encuesta para determinar si la tierra es plana o redonda y otra para decidir si el SIDA es causado por un virus o por el “neoliberalismo”), 72% de los entrevistados contestaron que las autoridades hicieron mal al dejar en libertad a Othón Cortés el pasado miércoles 7 de agosto.

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Por lo pronto, la pregunta es de suyo imprecisa. No fueron “las autoridades” (término genérico) las que dejaron en libertad a Othón Cortés, sino que un juez —que según nuestras leyes es el indicado para dictaminar la culpabilidad o no-culpabilidad (“inocencia” es una palabra demasiado ambiciosa) de una persona respecto de los cargos que se le imputan— dictó la sentencia absolutoria.

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Además, la realización de encuestas populares para calificar los fallos judiciales nos regresa a las oscuras épocas del “terror revolucionario” y habrá que suponer que los directivos de esos periódicos son los nuevos y autonombrados dirigentes de ese tribunal popular que expide certificados de inocencia y culpabilidad al tenor de las medias estadísticas.

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¿Qué tiene que ver todo esto con la democracia? Mucho. Antes de que la cultura del “pase automático” se entronizara como una más de las conquistas legadas por el PRI y la “familia revolucionaria”, cualquier estudiante de civismo (enseñanza de escuela secundaria en el peor de los casos) sabía que en una democracia hay división de poderes y que al poder judicial, a los jueces, corresponde dictar sentencias respecto de las acusaciones formuladas por el poder ejecutivo, a través de las procuradurías y los ministerios públicos.

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Esa división de poderes es consustancial a la democracia y garantiza los derechos de los ciudadanos frente a posibles arbitrariedades. Gracias a que los jueces no siempre comparten las apreciaciones, criterios e intereses de los acusadores, los ciudadanos tenemos, al menos en teoría, la posibilidad de no ser condenados injustamente.

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Por supuesto, el sistema es imperfecto. Los jueces pueden equivocarse o corromperse y torcer en un sentido u otro la sentencia. Las leyes son imperfectas y en ocasiones pueden pasar por alto la consideración de factores que modificarían la sentencia final.

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No es este el caso de la absolución de Othón Cortés. Decir que “la opinión pública” ya “acreditó” que el asesinato de Luis Donaldo Colosio “tuvo” que ser producto de una conspiración es decir una burrada. Ni judicial, ni científicamente se ha “acreditado” la hipótesis de una conspiración..., ni la contraria, la de un asesino solitario.

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Esto hace a Othón Cortés no-culpable (“no imputable judicialmente”) del delito de asesinato en agravio de Luis Donaldo Colosio. Nada más y nada menos. Si queremos que el poder judicial actúe al son que le tocan las encuestas de opinión es momento de tirar a la basura cualquier aspiración democrática para México.

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Más allá del caso de Cortés, no deja de ser alarmante que tengamos una noción tan pobre de la democracia y del contrapeso y balance entre los distintos poderes.

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La democracia es un gran invento pero no es infalible, ni puede modificar la realidad a nuestro gusto. Ninguna encuesta de opinión puede cambiar el hecho de que la tierra gire alrededor del sol y no a la inversa.

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Es comprensible que en el caso del asesinato de Colosio muchos tengan proclividad a buscar conspiraciones. En primer lugar, es mucho más interesante que pensar en un demente solitario como asesino. En segundo, enaltece más la figura del desaparecido considerarlo víctima de una conjura que de una estupidez. En tercero, quienes habían vislumbrado un brillante futuro político a raíz de su amistad o cercanía con Colosio es comprensible que tiendan a creer que algún gran poder maligno truncó sus esperanzas y no que lo hizo el desquiciado trabajador de una maquiladora.

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Pero el problema no es qué “verdad” nos gusta más, sino cuál es, en efecto, “la” verdad. No hay tal cosa como “tu verdad”, “nuestra verdad”, “la verdad de ellos”. En el caso Colosio, como en el caso del origen del universo, hay una sola verdad. Lo que nos cuesta trabajo aceptar es que tal vez sea más fácil descubrir la verdad sobre el origen del cosmos que descubrir la verdad sobre el caso Colosio.

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Habría que rastrear la causa de esta impreparación para la democracia en más de 60 años de “pedagogía revolucionaria” bajo la paternal guía del PRI y sus ancestros.

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