¿Quién gobierna?

La relación de Fox con el PAN ha sido tan ambivalente que las plataformas panistas no bastan para t
Soledad Loaeza

Superada la incertidumbre de la elección presidencial, cobra forma la incertidumbre del cambio. Como el corazón de la estrategia de campaña de los candidatos fue la descalificación personal del otro, las plataformas de gobierno quedaron sepultadas bajo insultos, puyas, acusaciones, burlas e insinuaciones de toda especie. Ahora, ante el vacío que quedó después de la batalla empezamos a preocuparnos por el programa de gobierno del Presidente electo.

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La única guía más o menos firme que tenemos para responder a preguntas acerca de la política económica, la política educativa, la política de población, las posibles reformas a la administración pública o a la Constitución, es el Partido Acción Nacional (PAN). Tenemos una idea vaga de cuáles son sus propuestas históricas, por ejemplo, la reforma del Artículo 3o constitucional, relativo a la laicidad obligatoria de la educación. Las posiciones y demandas de gobernadores y legisladores panistas en cuanto a la descentralización fiscal, las participaciones y el presupuesto federal, pueden ser un indicador válido de las decisiones del nuevo gobierno. Es presumible que se reduzca el presupuesto del gobierno federal y aumenten los recursos que los estados administran en forma autónoma; asimismo, es probable que disminuya el gasto federal en salud pública y educación, con el argumento de que son asuntos de competencia estatal; igualmente habrán de desaparecer algunas secretarías de estado: ya se ha anunciado la liquidación de la Secretaría de la Contraloría, pero no es la única, porque los panistas ya habían insistido en la inutilidad de la Secretaría de la Reforma Agraria y de la Secretaría de Turismo. También sabemos que el pan tiene un proyecto de reformas profundas a la Ley Federal del Trabajo, así como una propuesta de legislación para las comunidades indígenas que es una alternativa a los Acuerdos de San Andrés.

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Todos estos puntos –y algunos más–, deberían bastar para que tuviéramos una idea precisa del programa del nuevo Presidente. Sin embargo, la relación de Fox con el partido que lo llevó al poder ha sido tan ambivalente que las plataformas panistas no bastan. Al día siguiente de la elección, Fox anunció su propia sana distancia con el PAN, y las declaraciones que ha hecho a propósito de que formará un gobierno plural al que invitará a los mejores, sin importar su inexperiencia o filiación políticas, ha puesto a los panistas en igualdad de circunstancias con priistas y perredistas, los adversarios derrotados en los comicios del 2 de julio. Todo esto sugiere que no es mucho lo que nos puede decir el partido respecto al futuro gobierno y que, en consecuencia, tenemos una capacidad limitada de predicción respecto a qué hará Vicente Fox en la Presidencia de la República.

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Las perspectivas de que el partido tenga algún tipo de influencia sobre el proceso de toma de decisiones de gobierno se desvanecieron casi del todo con el arribo al entourage de Fox de personajes de los medios y de otros partidos que parecen ser cada día más influyentes. No es excepcional que un líder político se rodee de un equipo personal que no es parte de su partido, y que le es fiel sólo a él porque le debe su posición de poder. Sin embargo, en el caso del equipo cercano a Fox no solamente estamos hablando de no-panistas, sino de personas que han sido feroces contrincantes políticos del PAN. El ejemplo más sobresaliente de esta extravagancia es Porfirio Muñoz Ledo, con quien los panistas sufrieron amargas experiencias cuando era presidente del PRI a mediados de los años 70. En la mente de muchos panistas, Muñoz Ledo –candidato del entonces Frente Democrático Nacional– está asociado con el supuesto fraude electoral que le arrebató a Jesús González Schmall la senaduría del Distrito Federal, que había ganado, pero que fue objeto de negociación entre los salinistas –encabezados por Manuel Camacho– y los cardenistas de entonces.

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En una entrevista que dio a cuatro días de la elección, Fox afirmó contundente que Acción Nacional tenía que respetar el derecho del Presidente a elegir a su gabinete: “¡Al final quien gobierna es Vicente Fox, no es el PAN!” (La Jornada, 6 de julio, 2000.) Seguramente habrá quien defienda esa postura con el argumento de que los electores no votaron por el partido, sino por su candidato; también podrán decir que como se trata de un gobierno de transición tiene que ser incluyente porque la dimensión de la tarea, el cambio de régimen, es tal, que demanda esfuerzos conjuntos sin distinción de ideologías ni partidos. Sin embargo, estas afirmaciones no hablan tanto de un abrazo ancho y abierto, como de la firme convicción de que la Presidencia de la República es una responsabilidad individual, que es un mal augurio para el Poder Legislativo y el equilibrio institucional que es una de las claves de la democracia.

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Los gestos y las expresiones del candidato ganador evocan una y otra vez al presidencialismo que queremos sacudirnos, mucho más oneroso para el ejercicio democrático del poder que el PRI, cuya capacidad de influencia en las decisiones de gobierno fue siempre nula. Es posible que la intención de Vicente Fox no sea llevar a cabo una restauración que sería desastrosa para el proyecto de un nuevo sistema político en México. Sin embargo, su temperamento lo inclina en esa dirección, al igual que la debilidad institucional que se deriva de las lagunas normativas, por ejemplo, en cuanto a las relaciones entre el Legislativo y el Ejecutivo. Es decir, desafortunadamente y más allá de lo que Fox piense o desee hacer, existen condiciones en el entorno que propician la restauración presidencialista. Después del desastre electoral de 1988, a nadie se le hubiera ocurrido pensar que Carlos Salinas, que accedió a la presidencia bajo una enorme sombra de duda respecto a su elección, sería un presidente poderoso. No obstante, bastó que metiera a la cárcel a dos o tres personajes para reanimar el presidencialismo; no hay que olvidar que fue un Presidente que tuvo una gran popularidad, que también se hablaba mucho de su carisma y que en el cenit de su gobierno impulsó al PRI en las elecciones de 1991, y ese partido se recuperó sin dificultades de la fractura cardenista gracias a su manto protector. La introducción de figuras constitucionales como el plebiscito y el referendum contribuirían a generar un contexto favorable al ejercicio personalizado del poder, y contrario a la consolidación de la democracia representativa, uno de cuyos pilares son los partidos políticos. La democracia directa es uno de los nutrientes del populismo autoritario.

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Desvanecida la imagen de que Fox llegó a la Presidencia con el apoyo de un ente abstracto, el pueblo, que se materializó momentáneamente en votantes en las urnas, surge la realidad de los grupos de poder que respaldaron su candidatura. En este proceso de estabilización de la nueva realidad política tendrían que producirse tensiones entre Acción Nacional y Los Amigos de Fox, la organización parapolítica que no ha aceptado integrarse al partido, porque hacerlo implica aceptar restricciones, compromisos y limitaciones. La desventaja de que Acción Nacional no tenga un papel central en el nuevo gobierno, en materia programática o de reclutamiento de los miembros del gabinete, reside en que estas funciones quedarán en manos de las organizaciones empresariales que apoyaron la candidatura de Vicente Fox. La preminencia de los grupos de interés en la futura estructura de gobierno significa también el predominio de intereses particulares por encima del general, y de objetivos limitados a su beneficio, con poca o ninguna ventaja para el resto de la población. Mientras más débil sea el partido, mayor será la capacidad de influencia de estos grupos que no tienen ni la representatividad social ni la legitimidad democrática que asiste a Acción Nacional.

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La autora, investigadora de El Colegio de México, se ha especializado en análisis del Partido Acción Nacional.

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