¿Se vive una crisis de deuda?

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Sergio Sarmiento

El razonamiento es muy sencillo. Si la crisis de 1982 fue producida por la deuda externa, entonces la de 1994 y 1995 debe haberlo sido también. Según esta idea nos encontramos simplemente ante la repetición de un problema que, de una manera u otra, se ha mantenido en el país a lo largo de 13 años. Este argumento ofrece la ventaja de la simplicidad. Sólo tiene un problema: es falso.

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La caída de la economía mexicana en 1994 y 1995 no se debió a un endeudamiento excesivo sino a un fuerte retiro de capitales. No fue un problema de deuda sino de liquidez. Esto no lo hace menos grave; lo hace, simplemente, diferente.

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La deuda pública total, que representaba más de 60% del Producto Interno Bruto (PIB) en 1988, bajó a un nivel de 32% para fines de 1994, antes de la devaluación del peso. Esta disminución en la deuda pública se consiguió tanto por los pagos que se hicieron con recursos del fondo de contingencia como por la eliminación del déficit de gasto público. Al no tener déficit, el gobierno no tenía ya que endeudarse más.

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Si la deuda había disminuido, ¿qué provocó entonces el desplome financiero y económico que estamos sufriendo? La respuesta es muy clara cuando se quiere prestar atención a la información disponible. México registró un retiro masivo de capitales --tanto nacionales como extranjeros- a lo largo de 1994 y principios de 1995. Entre el 25 de marzo de 1994, el día hábil posterior al asesinato de Luis Donaldo Colosio, y el final de 1994 se retiraron del país casi $30,000 millones de dólares. Esto representa una cifra cercana al 10% del PIB. Ninguna economía puede salir indemne de un fenómeno así.

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El retiro no se registró, como en los años 80, por dificultades en el pago de la deuda pública. Los inversionistas, tanto nacionales como extranjeros, simplemente perdieron la fe en la capacidad del gobierno mexicano para manejar una situación difícil en lo político y en lo económico. Que la fuga de capitales haya empezado tras el asesinato de Luis Donaldo Colosio y se haya reiniciado por circunstancias también políticas revela su naturaleza extrafinanciera.

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El argumento de que la crisis no fue producto de un problema de deuda sino de un retiro masivo de capitales ha sido rechazado en algunos círculos también por razones políticas. Al plantearse que estamos viviendo una simple reedición del problema de 1982 se cuestiona, automáticamente, todo el esfuerzo realizado para reducir la deuda y eliminar el déficit de gasto público. Así, el programa económico de los últimos años queda reducido a una estupidez y la figura de Carlos Salinas de Gortari se convierte en la del villano que no quiso o no pudo salvar al país del problema de la deuda.

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El afán de linchar a Salinas, sin embargo, no debe hacernos cerrar los ojos a la información disponible, que señala que la deuda pública disminuyó de manera constante hasta la devaluación del peso en tanto que la fuga de capitales no se registró sino hasta que surgieron problemas políticos.

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El que la crisis no sea producto de la deuda no disminuye ni su gravedad ni las responsabilidades que puedan surgir de ella. La caída del PIB durante el primer semestre de 1995 es superior a la registrada en los peores momentos de la crisis de los años 80, por lo que no se puede argumentar que la crisis de liquidez sea menos seria que la ocasionada por la deuda.

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Lo importante, sin embargo, es que una crisis de deuda se trata de manera diferente a una de liquidez. Para corregir un problema de deuda hay que reducir el déficit de gasto público, pero éste ya no existe en el país. Además, debe disminuir el nivel de endeudamiento público, pero la deuda de México es ya inferior a la de la mayoría de los países del mundo.

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A México le faltó en 1994 un sistema político más sólido y democrático para que los inversionistas no se vieran invadidos por el pánico después de la muerte de Colosio. También le hizo falta una mayor acumulación de ahorro interno, de manera que los capitales de corto plazo del exterior no fueran tan importantes en la base de capital del país.

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Para evitar la recurrencia de una crisis como la de 1994 y 1995 tendremos, pues, que construir un mejor sistema político y generar más ahorro interno. De poco nos servirá tratar de aplicar las medicinas que en los años 80 se emplearon contra el problema de la deuda porque no surtirán ningún efecto.

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El autor es columnista del periódico Reforma y comentarista de Televisión Azteca.

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