¿Software inteligente?

La mercadotecnia que utilizan las empresas de programas confunde a los usuarios porque muchas de las
Antonio Puertas

Tengo una amiga que jura no poder pensar sin PowerPoint, el programa de presentaciones de Office, de Microsoft. Cuando me lo contó la primera vez me causó gracia. Hace semanas recordé el comentario y la imagen hacía que me revolcara de la risa. Hoy no sé qué pensar.

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Mis experiencias con aplicaciones como la que menciono arriba a veces han sido buenas. En otras, un desastre. Lo que sigue podría ser un breve diario de pensamientos que ilustran mis impresiones y reacciones más inmediatas cuando, un día con poco trabajo, abrí un documento de PowerPoint nuevo:

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Diapositiva uno, la mente queda en blanco, termino escribiendo un título sin mayor chiste. Diapositiva dos, ya estoy divagando y apunto ideas sin orden, incluso meto ahí la lista del supermercado. Diapositiva tres, siento que soy un genio, que nadie ha pensado cosas similares. Diapositiva cuatro, definitivamente necesito volver a hacer ejercicio, dejar de fumar o regresar con el psiquiatra. Diapositiva cuatro, ¿cuatro otra vez? Diapositiva cinco, esto no sirve, maldita la cosa, tendré que comenzar de nuevo, copiar la presentación de alguien más o ya iré improvisando.

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No es que mi experiencia sea la regla, pero en medio de la angustia y frustración por hacer una presentación, caí en la cuenta de la forma cómo, a veces, la mercadotecnia promueve al programa y confunde al usuario… dándole tintes de una humanidad genial y creativa que no encuentro por ningún lado del software. Y claro, no las encontraré porque evidentemente es producto de una campaña de comercialización.

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Léanse, sino, los textos promocionales de la caja que contienen dichos programas. Es como si los fabricantes de software nos dijeran: “venga, compre inteligencia a precios razonables, compre la neurona que a todos nos falta siempre. ¿Tiene envidia de la oficina de fulano?, ¿lo mata el sentimiento de frustración cada que recuerda el sueldo de zutano? Es que no ha utilizado este software que le facilitará la vida en un dos por tres. Usted será inteligente si (lo compra y) lo usa”. Posiblemente, en otro tipo de productos el usuario está consciente de que en todo este discurso la realidad es distinta, de que el programa no es la solución a todos nuestros problemas, pero de forma curiosa, esto no siempre pasa con el software.

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Es como si los procesos no existieran. Y lo cierto es que el software no tiene procesos: todo en él son instrucciones y la creíble ilusión de una pantalla, pero no hay nada sustentable detrás, más allá de los bits y ceros y unos, on y off. Lenguaje binario que carece de verdadero sentido si no hay una razón detrás.

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Ciertos programas ayudan a volvernos lentos e ineficientes; otros, a ser flojos y descuidados, porque nos roban la oportunidad de la creatividad que sólo requiere de cuaderno y lápiz. Parte de la razón está en la calidad del usuario, no en el software, es cierto; pero las firmas desarrolladoras harían bien en intentar moderar su lenguaje mercadológico y, en lugar de ello, modificar las opciones de instalación y acompañar su producto con manuales más inteligentes, verdaderas guías que puedan ayudar a que cubran cada tópico en un lenguaje llano.

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Quizá por eso las empresas, a la larga, tienden a ya no gastar en versiones nuevas del software; y posiblemente tengan razón en no hacerlo. Tal vez el pecado mayor de las firmas que ofrecen código informático es que dan herramientas disfrazadas de inteligencia, inteligencia disfrazada de velocidad, velocidad que crea la ilusión de genialidad, y los usuarios suponen que a fin de cuentas compran una nueva personalidad, un nuevo yo que se les ajusta como una camisa recién planchada.

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Periodista especializado en temas de tecnologías de información.
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