¿Víctima o culpable?

Aunque el debate acerca de la conveniencia o no de privatizar a la paraestatal es recurrente, su ope
Alejandro Castillo

Cuando Cuauhtémoc Cárdenas dio a conocer durante la pasada campaña presidencial su propuesta económica, que otorga un papel determinante a los recursos petroleros, surgieron numerosas críticas que cuestionaban cómo era posible que alguien basara su programa de desarrollo en una materia prima, en lugar de hacerlo en el conocimiento y las nuevas tecnologías; cómo podía alguien reivindicar un recurso que había quedado en el pasado; para qué promover al petróleo cuando se obtiene una mayor eficiencia y se produce menos contaminación con el gas; por qué depender de los hidrocarburos como energéticos si ya hay otras tecnologías como la del hidrógeno…

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¿Tienen esas observaciones propósitos ideológicos o analíticos? Bien utilizado, el petróleo puede desempeñar un papel clave para acelerar el desarrollo. El que no haya cumplido esa función en México conduce a que la esperanza o frustración que se genera en torno suyo se vincule con Pemex, la empresa pública responsable de explotarlo y administrarlo para el bien, en teoría, de la sociedad mexicana.

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En general, se acepta que es el petróleo un recurso mal administrado en México. Hay quienes lo atribuyen a una presunta incapacidad intrínseca de las empresas públicas para administrar con eficiencia.

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Otros opinan que detrás están las mismas razones que han hecho que el esquema de maquiladoras no contribuya al desarrollo de cadenas productivas competitivas, como sí sucedió en Taiwan y Corea, o las que provocaron que la privatización de la banca desembocara en la crisis del sistema financiero. En este sentido, la mala administración del petróleo no sería sólo responsabilidad de Pemex, sino de la forma como se administra el país.

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Que el tema es espinoso, ni duda cabe. De ahí que los candidatos presidenciales de la pasada contienda que llegaron a insinuar la venta de la paraestatal no se hayan atrevido a expresarlo públicamente.

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El nudo Pemex
Lo que ha sucedido con esta empresa es que desde hace tres sexenios las autoridades gubernamentales han aplicado una política petrolera que obliga a Pemex y al país a convertirse en monoexportadores de crudo, dice José Luis Manzo, Premio Nacional de Economía 1977 y funcionario de la paraestatal hasta 1992, cuando denunció actos de corrupción en la compañía.

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“Desde un marco estrictamente comercial, ese es el peor negocio petrolero del mundo, y consiste en exportar la materia prima en su estado natural, a un precio de $12 a $15 o, en el mejor de los casos, $25 dólares el barril, mientras que transformado en combustibles refinados (gasolinas y otros) o petroquímicos, podría venderse a $500 o $600 dólares, o a $4,000 o $6,000 dólares por barril si se vende como especialidad petroquímica”.

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El actual desaprovechamiento del crudo es consecuencia, opina, de la manera de concebir a la empresa como una fuente de recursos del gobierno federal, por parte de las autoridades. Sostiene: “Con Pemex se comete un crimen económico, ya que ni siquiera se le permite invertir para reponer lo que pierde en la depreciación del equipo, por lo que su inversión neta es negativa. Hacienda la deja sin recursos para financiar su expansión o desarrollo, de modo que lo poco que le queda y lo que consigue por otras vías, como es el endeudamiento, muchas veces en condiciones desventajosas, no se utiliza para ampliar su capacidad de refinación o de transformación petroquímica y en ocasiones ni siquiera para el mantenimiento”.

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Estas condiciones desventajosas en las que obtiene el financiamiento, por otra parte, lo hacen inapropiado para proyectos de gran escala, señala Manzo, por lo que se “destina básicamente para inyectar más popotes, para seguir succionando el petróleo de la manera más rápida”.

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Un esquema de perder-perder
Aunque parte de la estrategia seguida en las últimas administraciones es propagar la idea de que Pemex es una empresa dependiente del presupuesto, los números muestran lo contrario. Sus ventas en 1999 superaron los $319,000 millones de pesos ($33,000 millones de dólares al tipo de cambio promedio de ese año), de los cuales casi 65% fueron impuestos –que representaron 30% de los ingresos fiscales–.

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Sin ir más a fondo, las cifras muestran cómo, si en lugar de utilizar a Pemex como instrumento de recaudación fiscal se empleara como palanca de promoción del desarrollo competitivo, habría un margen importante para bajar los precios de los energéticos en el mercado interno.

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En el mercado interno Pemex debería comercializar sus productos considerando sus costos más una ganancia empresarial, señala Manzo, de lo que resulta un precio mucho más barato que el actual. “No existe ningún acuerdo que obligue a México a renunciar a esa ventaja comparativa”. Ello no significaría incurrir en prácticas subsidiarias, pues se estaría garantizando la ganancia de la compañía, y tampoco se le podría considerar como un esquema excluyente, dado que beneficiaría a los consumidores locales por igual, con la única condición de que “quien quiera comprar los productos de Pemex a esos precios, pueden venir e instalarse en el país, generando empleo en México”.

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Según Manzo, algunas de las razones de la política que se aplica a Pemex hay que buscarlas en el exterior. “En los sexenios de Miguel de la Madrid y Carlos Salinas (de 1982 a 1994) se exportaron 6,000 millones de barriles crudo, por los que se obtuvieron $131,000 millones de dólares; en cambio, esos gobiernos pagaron, sólo en intereses de la deuda externa, $140,000 millones de dólares.”

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En línea con una estrategia discordante con los intereses de cualquier país, “las autoridades han decidido que en México los precios de los hidrocarburos, las gasolinas, los refinados y los petroquímicos se fijen en función de referencias internacionales, más el flete”, apunta el especialista. Por esa razón, el consumidor nacional y los industriales instalados en México, en lugar de percibir que se tiene una ventaja por disponer de crudo, encuentran que representa una barrera, ya que lo deben pagar por arriba, incluso, que en el exterior.

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Por si fuera poco, apunta Manzo, “esa estrategia ha tenido consecuencias negativas graves en las regiones petroleras (del país), donde ha provocado importantes daños ecológicos y sociales, daña cuerpos de agua, cosechas y la salud de la población”.

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El móvil de los precios
En los últimos años, la política de comercialización de Pemex sufrió importantes modificaciones. A diferencia de los criterios aplicados en los años 80, cuando se buscaba diversificar los mercados del petróleo mexicano –no se podía vender más de 50% del crudo a un solo país–, a raíz del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) las exportaciones se dirigen básicamente a Estados Unidos.

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Llama la atención que, pese a esta nueva relación como proveedor de este país, que sugiere una mayor interdependencia, México haya participado en un esquema de concertación con otros productores para propiciar la recuperación de precios en el mercado internacional, después de tres años en continuo descenso.

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Antonio Gerhenson, especialista en el tema, apunta que independientemente de los méritos que se les puedan reconocer a los participantes en las negociaciones internaciones de los años recientes, “es conveniente tomar en cuenta que la aceptación de un recorte de la producción mundial no necesariamente respondió a una posición de racionalidad. Más bien podría estar sustentado en el hecho de que las condiciones de extracción cada vez son más difíciles, tanto en México como en otros países; eso explicaría, incluso, por qué Noruega, que inicialmente había rechazado participar, finalmente aceptó regular sus exportaciones”.

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Por otra parte, a diferencia de otras ocasiones (las crisis de precios de los años 70 y 80) “sobresale el que ahora esa capacidad de influir en los precios se utiliza con juicio –dice Gerhenson–. Lejos de propiciar un encarecimiento irracional de los precios, se están tomando medidas para regular la cotización”.

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A la larga, señala, una política de precios excesivamente altos da lugar a una reducción de la demanda, porque los consumidores diseñan procesos más eficientes. Pero también propicia un aumento de la oferta de energéticos, ya que se vuelve atractiva la inversión en yacimientos de menor capacidad y en el desarrollo de nuevos combustibles. “Hay que tener en cuenta –agrega Gerhenson– que en esos sectores toma tiempo aumentar la oferta y, como ésta implica grandes inversiones, también es difícil recortar la producción.”

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El valor de la petroquímica
Dada la capacidad de transformación instalada en el mundo, tiende a generalizarse la percepción de que hay segmentos de la industria que ya no son negocio. Esa idea pretende ignorar que la industrialización del petróleo también está sujeta a ciclos cuyas distintas fases no pueden desmentir la perspectiva que, en realidad, se tiene acerca del uso de los hidrocarburos en los eslabones avanzados de la cadena productiva.

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Si “el siglo XX fue el de la gasolina, el siglo XXI será el de la petroquímica”, augura Manzo. El acelerado uso de la tecnología informática y de la biotecnología no puede desplazar la importancia de la petroquímica, que es la base de infinidad de bienes de consumo cotidiano.

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Quizás por eso, a pesar de que en el presente sexenio no se aprobó la propuesta original del gobierno de vender las plantas petroquímicas de Pemex, poco a poco comienzan a llegar del extranjero firmas especializadas en esa área, dispuestas incluso a aceptar la desventajosa política de precios que se aplica en el mercado local.

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Por otra parte, resultaba paradójico que se pretendiera privatizar plantas a las que se ha dejado rezagadas en lo tecnológico, y que además desarrollan precisamente los productos base de las cadenas productivas, área en las que hay más competencia y resulta menos rentable invertir. Lo que sí sería pertinente, a decir de los especialistas, es reorientar la estrategia y destinar recursos a fortalecer el segmento petroquímico de Pemex, en el que, además, por los cambios hechos a la legislación, ya puede competir con empresas privadas.

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Decisiones controvertibles
Además de los compromisos fiscales, a la operación de Pemex la afectan decisiones tomadas con criterios que no consideran la urgencia por hacerla una empresa eficiente.

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Gershenson y Manzo reconocen el esfuerzo realizado para, por ejemplo, transformar las refinerías, no tanto para aumentar la capacidad instalada, sino tan sólo para mejorar los procesos en la producción de gasolinas menos contaminantes. No obstante, en los últimos años hubo decisiones que resultan, por el contrario, controvertibles. Es el caso de la refinería de Deer Park, en Texas, que no se aprovecha para ampliar la presencia de la paraestatal en el mercado estadounidense, sino que se le emplea en la producción de las gasolinas que luego se traen a México, con el inconveniente de tener que pagar fletes e impuestos arancelarios, tanto por el crudo que se envía a refinar como por la gasolina que se trae a México.

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En el plano nacional, Gershenson señala, por otra parte, que la reconversión de refinerías que inició Pemex hace dos años no tomó en cuenta la necesidad de dar prioridad a la ubicada en Salina Cruz, Oaxaca, mediante la construcción de un tren de refinación adicional. “Eso habría permitido cubrir las necesidades de la costa del Pacífico –comenta–, como no se hizo fue necesario seguir importando combustibles para las termoeléctricas de Manzanillo y Mazatlán”.

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También se ha dejado de lado la posibilidad de mejorar los sistemas de carga y descarga, actividades que significan cuantiosas erogaciones por los retrasos que, no obstante, son atribuidos a Pemex. De acuerdo con Manzo, “con una inversión de $800,000 dólares, que se amortizarían en cuatro años, en instalaciones para almacenamiento en las terminales portuarias, se ahorrarían costos por $2millones de dólares al año”. La descarga de un barco cuya renta diaria cuesta $20,000 dólares se hace en día y medio, de acuerdo con la media internacional. En México toma hasta 10 días.

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¿De dónde tanto gas?
La sustitución de los combustibles líquidos por gas natural es otra de las decisiones adoptadas en los años recientes en México. “Nadie duda que el gas natural ofrece muchas ventajas –dice Gershenson–, ya que es menos contaminante y permite más eficiencia calorífica.”

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La experiencia en México con el gas no es, sin embargo, muy positiva. En los años de la bonanza petrolera se diseñó el gasoducto troncal para llevar gas desde Cactus, Chiapas, hasta las ciudades industrializadas del norte y al extranjero. El proyecto no cumplió todas las expectativas de producción, y si bien se utiliza el gasoducto para llevar parte del gas que se extrae, junto con el petróleo, de los campos de explotación en Campeche, no se ha logrado, ni con mucho, la cantidad que se pretendía transportar originalmente.

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De igual manera, en los años 80 los industriales mexicanos ya padecieron las consecuencias de la falta de previsión de las autoridades quienes, después de promover intensamente el uso del gas, dieron marcha atrás, dejando los proyectos privados a la mitad.

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Las cosas no parecen haber cambiado. Incluso, apunta Gershenson, hace unos meses, “se tuvo una experiencia similar con el gas LP, cuando se registró desabasto y eso generó problemas; en el caso del gas natural el riesgo que se está propiciando es mayor”. En su opinión, no está claro a cuánto ascienden las reservas de gas y, por otra parte, no se puede simplemente decir que se va a importar. Al final, “por sus características físicas, sólo se podría obtener de Estados Unidos, lo que llevaría a asumir que este país tuviera una disponibilidad infinita de gas y que, además, siempre va a estar dispuesto a venderlo sin condiciones”.

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Por otra parte, el precio del gas también presenta grandes altibajos. En marzo del año pasado, el millón de btus (unidades de energía caloríficas) costaba $1.85 dólares, pero en junio de este año el precio está arriba de $4 dólares; es posible que aumente para julio y agosto, cuando crece la demanda estacional en Estados Unidos.

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Se han hecho inversiones en la Cuenca de Burgos, en Coahuila; sin embargo, el aumento de la producción de gas que esto ha propiciado no compensa hasta ahora el declive de la explotación marina. “En consecuencia, desde hace más de un año la producción va a la baja, porque ha disminuido la producción de crudo. En parte eso fue por la decisión de reducir la oferta de petróleo y la extracción de gas asociado, pero también por la disminución de las reservas probadas. En particular, la decisión de inyectar nitrógeno a los yacimientos, como se hará con el proyecto Cantarell, implica un reconocimiento de la disminución de la presión del gas y de su disponibilidad.”

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Resulta así arriesgada la promoción que se hace para alentar el consumo de gas, para lo cual se reconvierten a este combustible todas las plantas termoeléctricas y se promueve la construcción de plantas generadoras.

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Partiendo de la necesidad de mejorar la aportación de riqueza de la industria petrolera a la sociedad, se ha llegado a hablar de la posibilidad de colocar acciones de Pemex en el mercado de valores. Sin embargo, en opinión de Gershenson “antes sería necesario volverla una empresa rentable, quitándole carga fiscal de manera gradual porque, en las condiciones actuales, ¿quién compraría acciones de una empresa que paga impuestos por 100% de sus utilidades?”.

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Por su parte, Manzo insiste en la necesidad de “combatir la corrupción, eliminar los sobrecostos y mejorar el margen de utilidad de Pemex, pero sin perder de vista que los hidrocarburos todavía tienen un gran valor estratégico”.

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