Yo sobreviví­ a Lehman

Felipe Coello vivió desde dentro la caída del banco de inversión. Durante 10 años, el mexicano trabajó con instrumentos financieros, hoy prefiere los ladrillos de Manhattan.
1070 picf026a  (Foto: César Manjarrez)

Confieso estar un poco reflexivo desde que se ‘chutaron' al Osama. En un impulso medio periodístico me lancé a la Zona Cero al día siguiente del anuncio de su muerte para celebrar la noticia y, de paso, recordar los días en que ‘chambeaba' ahí mismo, cruzando la calle, en el conjunto de edificios conocido como The World Financial Center. Las Torres Gemelas eran parte del World Trade Center, ambos complejos estaban divididos por una calle, West End Avenue.

En el trayecto de 20 minutos en coche desde mi oficina en el Upper West Side de  Manhattan, al centro de Wall Street, donde está la Zona Cero, me di cuenta de que Osama no sólo se tronó a las Torres Gemelas, sino que, de paso, también a Lehman Brothers, que llegó a ser el segundo banco de inversión más grande del mundo.

También pensé que como ya no hay Lehman Brothers que me recrimine (se fue a la bancarrota el 15 de septiembre de 2008 con una deuda por 613,000 millones de dólares), puedo contar lo que se vivió desde dentro. Hablar de cosas dolorosas puede tener un efecto curativo, según el modelo psicológico de moda, la ‘terapia de exposición'.

La realidad es que nosotros en Lehman cavamos nuestra propia tumba. Entre la presión  de los directivos por reportar ingresos récord cada trimestre, y así alcanzar las metas que generarían los excesivos sueldos que se pagaban, se dio la fórmula para la tormenta perfecta.

Lehman ‘tronó como ejote' por su excesivo nivel de apalancamiento, de 44 a 1. Es como si una persona que tiene activos por  100,000 dólares tuviera un crédito contra su casa por 4.4 MDD. ¡Qué Vegas ni que ocho cuartos! "The Leverage Brothers" debió haber sido nuestro nombre.

El apalancamiento fue la gota que derramó el vaso, pero la quiebra de Lehman no fue intempestiva, se fue gestando desde tiempo antes y sin darnos cuenta, o no queriendo ver la realidad.

Todo empezó el 11 de septiembre de 2001, cuando Osama literalmente nos dio en la torre. No sólo porque se tronaron los vidrios de nuestro edificio y se llenó de materias irrespirables, sino porque nos subió la soberbia cuando demostramos que Lehman, con o sin sede, seguiría adelante.

Tras la evacuación del edificio, que compartíamos con American Express desde los años 80, miles de empleados se  apretujaron en hoteles, como el Sheraton cerca de Central Park, y departamentos en Manhattan y Nueva Jersey. En menos de 24 horas, toda la firma ya estaba operando al 100% y así estuvimos por seis meses.

Esos días me recordaron el bombazo de 1982 en el negocio de mi padre, un semanario de economía y política llamado Acción, que por su tendencia capitalista se enfrentó a la política gubernamental de esa época, y que a las 48 horas estaba de nuevo operando.

Pero en el caso de Lehman Brothers, Dick Fuld, su CEO, se tomaba muy en serio su rol de héroe y capitán del barco. No era la primera vez que salvaba al banco. En 1994 lideró a un grupo de empleados especializados en la compra y venta de bonos para separar a Lehman de American Express. Así, en las oficinas de siempre y con Fuld a la cabeza, Lehman se volvió líder en la operación de bonos y deuda a nivel mundial. Las operaciones más grandes y rentables para las firmas en Wall Street son de deuda y no de capitales, como se suele creer. 

Me tocaron dos episodios más de heroísmo de Fuld. En 1998, un año después de que me mudara a Estados Unidos  para trabajar en el banco, vino el enorme default de Rusia, donde prácticamente había tronado el país. Rusia dejó de reconocer su deuda con todos sus inversionistas y tenedores y entró en un proceso de reestructuración. Quien tenía 1 MDD invertido en bonos rusos, de la noche a la mañana se quedó con 100,000 dólares. El problema es que había rumores de que Lehman era uno de los principales tenedores de bonos rusos y el veredicto era que el banco iba a quebrar. Hasta mi padre me llamó por teléfono para decirme que si Lehman quebraba no había bronca, que podría volver a México a trabajar con él.

Pero Fuld sacó la casta. Se subió a uno de los aviones del banco y viajó por todo el mundo para convencer a los clientes de que era sólo un rumor y que Lehman estaba bien cubierto.

Gracias a Fuld, los principales clientes de Lehman no retiraron sus fondos del banco previniendo una corrida especulativa como la que en parte nos llevó a la quiebra en 2008. Los bonos rusos se recuperaron unos años después.

Rusia y Lehman volvieron a la gloria, pero los rusos ahí siguen y los carnales de Lehman ya se fueron para siempre.

Cuando un CEO empieza a sentirse invencible, decide como si fuera implacable y todopoderoso, tomando cada vez menos en cuenta los consejos de sus asesores. Se vuelve un tótem sagrado, algo muy delicado en la dirección de una empresa.

Ahí llegó Fuld después de librar el default ruso, la crisis asiática, la burbuja de internet y los ataques de 2001, lo que le ganó el voto de confianza de clientes y empleados. Comenzó a formarse un personaje que caracterizaría como pocos la era de los excesos desmedidos en la toma de riesgos: la era del apalancamiento. A Fuld se le olvidó que éramos un banco conservador, no un megacasino.

Vámonos a Times Square
Las semanas posteriores a septiembre de 2001 había mucho optimismo, pues el sistema financiero, principalmente los bancos de inversión de Wall Street, había resistido el mayor ataque de la historia moderna de EU.

Empezamos a sentirnos invencibles. La personalidad de Fuld ya había permeado en los principales directivos del banco, y como Lehman era una plataforma horizontal, su influencia se expandía a los lados a una velocidad mucho mayor a las estructuras piramidales de las otras firmas.

Para celebrar la victoria de septiembre de 2001, nada mejor que mudarnos a la torre más vistosa de Manhattan.

Dejamos Wall Street y nos mudamos a Times Square, una zona que no estaba ligada a la banca. El banco Morgan Stanley había construido dos torres ahí para sus oficinas, pero cuando vieron lo que pasó con las Torres Gemelas, decidieron vender una torre para no tener a toda su gente concentrada en el mismo lugar. Lehman pagó cerca de 650 MDD por la torre nuevecita y súper fashion del número 745 en la Séptima Avenida. Fue la transacción más cara en su momento por pie cuadrado en Manhattan.

Más que la sede de un banco de inversión conservador fundado en 1850, el cual financió el negocio de las locomotoras en ese siglo y a Ford e IBM en los años 20, nuestra nueva sede parecía un hotel de la cadena W, minimalista y superequipado. Nuestra cultura de austeridad no cuadraba con el piso de operaciones, cuya altura de siete metros lo hacía parecer un loft.

¡Qué derroche! Lehman no pertenecía a ese edificio. Pero la habíamos vuelto a librar y regresábamos con todo. Nuestro edificio gritaba opulencia: "Aquí estamos y nos hacen los mandados Osama y los de  Goldman", nuestro máximo competidor.

¿Dónde había quedado el bajo perfil que siempre nos caracterizó? Dick Fuld y su board habían terminado con él.

Entonces no nos dábamos cuenta de todo esto. Nos gustaba la nueva torre y había un sentimiento expansivo promovido por Fuld y por las tasas de interés bajísimas propiciadas por  Alan Greenspan, entonces presidente de la Reserva Federal de EU. Ambos héroes en su momento y ahora seguramente clientes de algún psicólogo neoyorquino. ¡Quién no!

Greenspan dejó las tasas de interés bajas para que EU no entrara en un estado recesivo después de septiembre de 2001, todo bajo la tesis de que la productividad vencería a la inflación, común en periodos largos de tasas de interés bajas.

Los bancos de inversión tenían acceso a fondos federales a tasas de 1 o 2%, baratísimo, y el dinero barato es uno de los principales venenos de una economía de mercado.

Si tienes  acceso barato a fondos, los tomas y te endeudas. Luego te volteas y los inviertes en instrumentos que te pagan mayores tasas de interés. De eso se trata el apalancamiento, y es justo lo que hizo Lehman en el mercado de deuda colateralizada con bienes raíces. Teníamos tantas inversiones en ese sector y estábamos tan apalancados que una baja mínima en el valor de la vivienda nos afectaría 30 veces más.

Todos los bancos se vieron afectados, pero no tanto como Lehman, porque no estaban tan apalancados. Dos años antes, un directivo de Lehman, conocido como Mike, previno a Fuld sobre los riesgos del apalancamiento y de una debacle inmobiliaria en una sesión de consejo, pero no le hizo caso. Era como si en el board de Lehman hubiera una sola persona, Fuld, y quien se le oponía quedaba fuera del banco. Mike fue despedido de manera abrupta tras 25 años en Lehman.

Ese Mike era a todo dar, brillante como pocos, y encarnaba el bajo perfil de Lehman de los años 90. Con los años, quienes fueron despedidos por Fuld entenderían el gran favor que les hizo, pues en ese momento podían convertir sus acciones restringidas en acciones ordinarias al venderlas en el mercado a precios elevados. Fuimos los que nos quedamos hasta el final los que vimos la acción irse de 80 a 1 dólar.

Pero no somos víctimas, tuvimos otras opciones, simplemente creímos a ciegas en la supervivencia de Lehman.

Cuando la libras varias veces en los negocios y en la vida, empiezas a sentirte invencible y más porque teníamos modelos de la gente más brillante de Wall Street que veía imposible que Lehman quebrara o que hubiera una debacle inmobiliaria como la que vivimos. Las calificadoras consideraban cero riesgo en la deuda colateralizada con vivienda.

Todo esto sumado a una especie de adoración a Fuld, así como a la fuerte subida del valor de las acciones de Lehman durante muchos años, nos hizo pensar que la crisis sería pasajera, pero en septiembre de 2008 se terminó el rock.

Bienvenido a Lehman
Entré a Lehman cuando tenía 24 años como el clásico chavo que llega a ver qué onda con Wall Street. Antes había trabajado en la revista de mi padre, por donde también pasaron mis cuatro hermanos. Estuve ahí desde los 16 hasta los 22 años.

En Acción agarré el gusto por las finanzas y la economía, pero decidí que no era mi destino y que no estaba hecho para eso. En 1994 renuncié y entré a un banco filial de Bancomer llamado Mercury Bank, donde me dedicaba a comprar y vender bonos. Ahí tendí el primer lazo con Lehman Brothers, que era uno de nuestros principales proveedores de bonos.

En ese entonces, un banquero en México ganaba la décima parte de lo que uno en Wall Street, y en junio de 1996 Lehman me ofreció trabajar para ellos. Ocho meses después, ya con todos los papeles en orden, me mudé a Nueva York para trabajar con los hermanos Lehman.

Habían tres formas de entrar a Lehman. Si ya chambeabas en otro banco de Wall Street, si tenías un posgrado, o como fue mi caso, trabajando en un banco que fuera cliente de Lehman y que te hicieran una oferta.

Entré como asociado, nada especial. Lehman fue la primera firma en Wall Street que empezó a compensar a sus ejecutivos con gran parte de sus sueldos en acciones del banco (vendibles sólo cinco años después de asignadas). Esta dinámica creó un círculo fuerte de empleados que eran dueños e inversionistas de Lehman.

Mucha gente quería trabajar en Lehman. También nosotros recibíamos ofertas de otros bancos continuamente, pero era difícil dejar Lehman por el sentimiento de pertenencia que nos daba el ser accionistas, y porque como las acciones habían tenido tan buen retorno, éramos demasiado caros, al menos en papel.

Prefería quedarme. Pasé más de una década comprando y vendiendo bonos, especulando con derivados y poniendo deals. Comprobé que en Wall Street se crece exponencialmente con méritos propios. Si tienes la habilidad de tomar riesgos medidos y contribuyes a las utilidades del banco, eres compensado.

Un amigo entró a Lehman en 1994 ganando 100,000 dólares al año, para 2000 ya ingresaba 1 MDD, y en 2006, cerca de 20 MDD al año. Es de las personas más brillantes que he conocido, pero mucho de esa paga era en acciones, mismas que se fueron a cero para septiembre de 2008. Muchos empleados llegaron a ganar cerca de lo que ganaba Fuld. El dinero afectó la personalidad de varios directivos.

Sorry, no los vamos a comprar
Cómo me acordé de lo que me decía mi padre de niño durante el fin de semana previo a la quiebra de Lehman Brothers. "La soberbia antecede a la caída", decía.

El viernes 12 de septiembre de 2008 salí de la oficina pensando que Bank of America nos compraría. Pero no fue así, en cambio compró Merrill Lynch. Así que el domingo en la tarde Lehman ya estaba revisando con sus abogados el procedimiento de bancarrota, pues era imposible conseguir un inversionista con el dinero necesario en tan poco tiempo.

El lunes 15 de septiembre de 2008, Lehman Brothers se declaró en quiebra dejando seis millones de transacciones pendientes y cientos de miles de clientes en la incertidumbre.

Ya no estaba tan angustiado como en días pasados, pues terminaba la incertidumbre, estaba claro que venía el derrumbe.

Desde unos meses antes, la acción de Lehman había empezado a caer, y con ella, mi patrimonio y el de miles de empleados. Con la quiebra, Dick Fuld habrá perdido unos 600 MDD, pero los que más perdimos fuimos los empleados, pues 40% de las acciones del banco estaba en nuestras manos.

Ni una semana de luto tuvimos cuando la mayoría de nosotros ya estábamos trabajando para Barclays, que adquirió lo que quedó de Lehman. La gente talentosa no sufrió mucho para encontrar un lugar donde trabajar, pero su compensación cambió y con ella, su vida. Ahora ganan la quinta parte de lo que ganaban antes. Muchos más se desilusionaron con el sistema financiero y decidieron independizarse.

Estuve dos años en Barclays, pero en 2010 renuncié para construir algo propio y tangible luego de ver las inversiones en papel desaparecer de la noche a la mañana. Fundé una pequeña desarrolladora en Manhattan y entré al negocio de real estate, que por algo se llama así, porque, pase lo que pase, es una inversión que ahí va a seguir, al menos los ladrillos.

Ahora estoy construyendo un edificio residencial en el Upper West Side, muy cerca de Central Park, y no descarto volver a la banca pero con una carrera ligada a este sector.

El 15 de septiembre se cumplen tres años de la quiebra de Lehman Brothers, la cual me hizo ver que ante cualquier fracaso, se puede volver a construir. Puedes aventarte del piso 20o o arrancar con lo que quedó. Todos tenemos un Lehman Brothers en nuestra vida.

Una de las lecciones más importantes de mi paso por Lehman es cuidar el nivel de apalancamiento de cualquier proyecto. Puedes usarlo para incrementar el retorno del capital pero de manera moderada, y siempre teniendo verdaderos asesores o un consejo directivo que te ayude a balancear las decisiones para no caer en ese absolutismo en el que cayó Dick Fuld y con él, Lehman Brothers.

Unos días antes, el 11 de septiembre,  se cumplen 10 años de los ataques a las Torres Gemelas. Osama, donde quiera que estés, por ti, desgraciado, nos tuvimos que cambiar de oficina, pero por Dick Fuld y otros, nos volvimos soberbios y nuestra nueva sede en Times Square marcó el inicio del fin. Una vez más: "La soberbia antecedió la caída".

Por cierto, la torre que le costó 650 MDD a Lehman en 2002, hoy vale 1,500 MDD. Como dice la cultura que reina en Manhattan, "cuando hay sangre en las calles, compra bienes raíces".

(Contado a Regina Moctezuma.)

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