Yucatán se tiene que reinventar

La emergencia quedó atrás; viene lo más difícil.
Joaquín Peón Escalante*

Todo empezó el jueves 19 de septiembre. El Canal del Tiempo y los medios informativos anunciaban la remota posibilidad de que un huracán (palabra de origen maya) azotara las costas del estado.

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El domingo 22 de septiembre a las tres de la tarde la pesadilla se hizo realidad: de repente se fue la luz; 40 minutos después empezó a soplar un viento de más de 220 kilómetros por hora que no nos dejó en paz sino hasta las cinco y media de la mañana del lunes 23. Agua, ramas y hojas empezaron a entrar por toda nuestra casa. Y el viento seguía soplando. Acabamos sosteniendo con cinta de aislar una puerta que se abría con el viento (rompió o dobló las trabas). Sabemos de vecinos que clavaron los postigos de sus casas. Otros los perdieron con todo y marco.

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Se suponía, por los anuncios en radio y televisión, que el ciclón pegaría en la costa, como el famoso Gilberto. Pero su recorrido fue juguetón e impredecible, y se metió directo a Yucatán: el ojo del huracán pasó sobre Mérida y se quedó ahí por lo menos durante seis horas. Luego se fue al sur del estado, vino de regreso a la capital y salió por Celestún.

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La mañana siguiente todo era desolación: postes de luz tirados y árboles inmensos, algunos de más de 150 años de antigüedad, caídos por todas partes. Techos de fábricas y teatros antiguos destruidos, personas en la calle con cara de zombies y una lluvia que no paró en nueve días. No hubo luz, agua, teléfono, ni celular durante casi dos semanas.

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Mérida parecía los primeros días una ciudad bombardeada. Casi no había calle o avenida por la que se pudiera transitar. Lo peor eran las noticias del interior de la entidad: si en la cabecera se cayeron 5,500 postes y más de 40,000 árboles, y dañado muy seriamente unas 15,000 casas, en la  costa y en el sur la destrucción fue mucho peor. Una cantidad superior a ocho millones de gallinas y 100,000 cerdos muertos, más de 500,000 damnificados (al menos 80% mayas), destruidos casi todos sus medios de producción (granjas, sembradíos, etcétera) o de supervivencia. El desastre total.

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Ha sido una experiencia durísima, pero también maravillosa. La solidaridad local y nacional (no tanto la internacional) han sido extraordinarias. Las calles empiezan a estar limpias. Mérida poco a poco vuelve a la normalidad. La infraestructura turística casi no fue dañada. Sin embargo, en el resto de la Península priva la desolación. Los problemas a corto plazo que más preocupan son la salud, el empleo, la alimentación y la vivienda.

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La situación económica del estado, si ya era preocupante por el poco capital nacional e internacional que ha ingresado en los últimos años, ahora está peor. Va a hacer falta una visión clara y un liderazgo efectivo e inspirador. No será fácil. Confieso que no estoy optimista, aunque esta zona ofrece estupendas oportunidades para inversionistas en turismo, construcción de infraestructura y vivienda, alimentos y ropa. Las posibilidades son muchas, pero hasta ahora no ha habido una promoción agresiva y bien hecha de las ventajas competitivas de Yucatán.

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La emergencia ya se resolvió. Ahora viene lo difícil, que es la reestructuración. Van a surgir historias creativas de empresarios locales o nacionales que sepan aprovechar las nuevas opciones y produzcan bienes o servicios adecuados a las circunstancias. Un amigo mío ya está pensando en exportar leña o carbón a Estados Unidos: con más de 500,000 árboles caídos en la entidad y 40,000 en su capital hay madera de sobra, que se está tirando a los basureros. Otros hablan de invertir en  desarrollo de comunidades para la tercera edad, estimulados por el creciente número de gente mayor en la unión americana y Canadá. También hace falta un buen hospital privado, hoteles, universidades, etcétera. Yucatán se tiene que abrir a México y al mundo.

La situación de urgencia ya quedó atrás, pero el futuro no es menos importante que la necesidad de cubrir las carencias inmediatas. Si Isidore fue una gran poda de la naturaleza, que se está renovando en forma acelerada, ojalá también sirva para reanimar la cultura social y empresarial.

*Consultor de empresas en cambio estratégico y creador del Premio Nacional de Calidad
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