Estadista más que político

Las próximas elecciones presidenciales nos ponen un gran reto a los ciudadanos: elegir a quien piense en el futuro y no en el hoy.
Armando Regil Velasco

El político piensa en la próxima elección, el estadista, en la próxima generación. México tiene muchos políticos pero ahora más que nunca necesita un estadista. Estamos atrapados en un laberinto en donde la falta de verdad en lo que se dice y la falta de coherencia en lo que se hace nos confunde una y otra vez, al grado de pensar que quizá no exista otra manera de hacer las cosas. Por más incierto que parezca el panorama, no podemos declinar en esta búsqueda que desde ahora debe convertirse en exigencia ciudadana.

México vive momentos delicados, por lo que es preciso observar de cerca a quienes aspiran a gobernarnos. Sus decisiones importan, pues afectan el presente y dan pauta de lo que puede ocurrir en los próximos años. En las elecciones del año entrante, existe un elemento capaz de alterar el resultado final: los jóvenes. Nuestra generación jugará un papel decisivo en julio de 2012 y en lo que siga. El voto joven será determinante. Por ello, a un año de elegir al próximo presidente de México, nuestra generación se dirige a los partidos políticos con el ánimo de entablar un diálogo respetuoso y constructivo. Tenemos una petición que no admite regateo: el próximo presidente debe ser un estadista más que un político.

¿Por qué un estadista? Necesitamos asegurar la viabilidad de nuestro país. Los temas pendientes en la agenda nacional deben ser abordados inmediatamente con gran valor, inteligencia, consistencia y determinación. Sólo un estadista sería capaz de lograrlo. Al político le importa lo que se ve, lo que es inmediato, todo aquello que le genere reconocimiento y aplausos aquí y ahora aunque éstos sean efímeros. Prefiere soluciones rápidas para tener la aprobación de la gente. Incluso, en muchas ocasiones, le resulta conveniente atacar los efectos de los problemas y no sus causas, pues esto le permite mantener y fomentar clientelas que se vuelven dependientes de sus programas asistencialistas. Es inconcebible perpetuar un estado de pobreza con tal de seguir manipulando y asegurando cuotas electorales.

Para un político tradicional, aspirar a la presidencia es una manera de satisfacer su propio ego, pensando en cómo obtener el máximo beneficio a costa del poder. Para un estadista, ser jefe del Poder Ejecutivo significa asumir el cargo de máxima responsabilidad pública, tarea que representa el mayor privilegio para servir a quienes con el voto depositaron su confianza no sólo en la persona, sino en un proyecto consistente.

México necesita un estadista capaz de tomar decisiones grandes, que se proponga generar las condiciones para que más jóvenes emprendedores puedan crear riqueza y así reducir la brecha social, principal obstáculo para lograr un desarrollo incluyente. Esto significa promover un cambio en las reglas del juego en el que los incentivos privilegien al mérito y no al amigo, en el que existan leyes más simples para un entorno tan complejo. Sólo un estadista estaría dispuesto a pagar el costo político de estas decisiones, pues sabe que sacrificar un beneficio inmediato por un bien mayor a largo plazo es apostar a una verdadera transformación.

Los jóvenes no queremos una persona que piense en medidas tácticas con fines electorales, queremos un estadista que se comprometa con un plan estratégico diseñado por los ciudadanos, no por los partidos políticos. Alguien que actúe con gran valía, claridad de principios y absoluta congruencia. Queremos un líder que tenga la sensibilidad y la determinación para entender y promover la reconciliación y el reencuentro entre mexicanos, pues sólo reconstruyendo el tejido social podremos asegurar el éxito de cualquier política.

No pretendemos encontrar a un presidente perfecto que asuma ser todopoderoso o que intente resolver los problemas de un día a otro, pues eso es imposible. Lo que exigimos es una persona que, con carácter de Estado y visión de largo plazo, con mano firme y corazón grande, facilite las condiciones para que los ciudadanos seamos los arquitectos del México en el que queremos vivir.

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El autor es presidente fundador del Instituto de Pensamiento Estratégico Ágora (IPEA), primer think tank de jóvenes mexicanos.

Comentarios: opinion@expansion.com.mx

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