Gates & Jobs

Steve Jobs no sería quien es sin su némesis, Bill Gates. En este texto, el biógrafo del fundador de Apple da cuenta de su intensa y mala relación.
Walter Isaacson

Incluso después de muerto, Jobs sigue siendo un maestro de la mercadotecnia. Su libro biográfico se presentó el 24 de octubre en todo el mundo, en todos los idiomas. Expansión comparte aquí un fragmento del capítulo XVI que describe la relación entre los dos más grandes CEO de nuestros días: Jobs y Gates.

En astronomía, el término "sistema binario" hace referencia a las órbitas de dos estrellas que se entrelazan debido a su interacción gravitatoria. A lo largo de la historia se han dado situaciones similares en las que una época cobra forma a través de la relación y rivalidad entre dos grandes estrellas orbitando una en torno a la otra: Albert Einstein y Niels Bohr en el campo de la física del siglo XX, por ejemplo, o Thomas Jefferson y Alexander Hamilton en las primeras etapas de la política estadounidense. Durante los primeros 30 años de la era de las computadoras personales, desde principios de la década de los 70, el sistema estelar binario más poderoso estuvo compuesto por dos astros llenos de energía, ambos nacidos en 1955 y ninguno de los cuales había terminado la universidad.

Bill Gates y Steve Jobs, a pesar de sus ambiciones similares en lo referente a la tecnología y el mundo de los negocios, provenían de entornos algo diferentes y contaban con personalidades radicalmente distintas. El padre de Gates era un destacado abogado de Seattle y su madre, un miembro prominente de la sociedad civil que participaba en distintos comités de gran prestigio. Él se convirtió en un obseso de la tecnología en una de las mejores escuelas privadas de la zona, el instituto Lakeside, pero nunca fue un rebelde, un hippy en busca de guía espiritual o un miembro de la contracultura. En lugar de construir una caja azul para estafar a la compañía telefónica, Gates preparó en su instituto un programa para organizar las diferentes asignaturas que lo ayudó a coincidir en ellas con las chicas que le gustaban, así como un programa de recuento de vehículos para los ingenieros de tráfico de la zona. Fue a Harvard, y cuando decidió abandonar los estudios no fue para buscar la iluminación con un gurú indio, sino para fundar su propia empresa de software.

Gates sabía programar, a diferencia de Jobs, y su mente era más práctica y disciplinada, con mayor capacidad de procesamiento analítico. Por su parte, Jobs era más intuitivo y romántico, y tenía un mejor instinto para hacer que la tecnología resultara útil, que el diseño fuera agradable y las interfaces, poco complicadas de usar. Además, era un apasionado de la perfección, lo que lo volvía tremendamente exigente, y salía adelante gracias a su carisma y a su omnipresente intensidad. Gates, más metódico, celebraba reuniones milimétricamente programadas para revisar los productos, y en ellas iba directo al núcleo de los problemas, con una habilidad quirúrgica. Ambos podían resultar groseros, pero en el caso de Gates -que al principio de su carrera pareció inmerso en el típico flirteo de los obsesionados por la tecnología con los límites de la escala de Asperger- el comportamiento cortante tendía a ser menos personal, a estar más basado en la agudeza intelectual que en la insensibilidad emocional. Jobs se quedaba mirando a la gente con una intensidad abrasadora e hiriente, mientras que a Gates en ocasiones le costaba establecer contacto visual, pero, en lo esencial, era una persona amable.

"Cada uno de ellos creía ser más listo que el otro, pero Steve trataba por lo general a Bill como a alguien un poco inferior, especialmente en temas relacionados con el gusto y el estilo -comentó Andy Hertzfeld-. Y Bill despreciaba a Steve porque éste no sabía programar". Desde el comienzo de su relación, Gates quedó fascinado por Jobs, del cual envidiaba un tanto el efecto cautivador que ejercía sobre los demás. No obstante, también le parecía que era "raro como un perro verde" y que tenía "extraños fallos como ser humano". Además, le desagradaban la grosería de Jobs y su tendencia a "actuar como si quisiera seducirte o como si te fuera a decir que eres una mierda". Por su parte, a Jobs le parecía que Gates era desconcertantemente estrecho de miras. "Habría sido más abierto si hubiera probado el ácido o viajado a algún centro de meditación hindú cuando era más joven", declaró Jobs en una ocasión.

Aquellas diferencias de carácter y personalidad los llevaron a los lados opuestos de lo que llegó a ser una división fundamental de la era digital. Jobs, un perfeccionista con ansias de controlarlo todo, desplegaba el temperamento intransigente de un artista. Apple y él se convirtieron en los ejemplos de una estrategia digital que integraba el hardware, el software y los contenidos digitales en un conjunto homogéneo.

Gates era un analista de tecnología y negocios inteligente, calculador y pragmático, que estaba dispuesto a ofrecerles licencias de uso del sistema operativo y el software de Microsoft a diferentes fabricantes. Pasados treinta años, Gates desarrolló a regañadientes un cierto respeto hacia Jobs. "En realidad nunca supo demasiado sobre tecnología, pero tenía un instinto increíble para saber qué productos iban a funcionar", afirmó. Sin embargo, Jobs, que nunca le correspondió, tendía a infravalorar los puntos fuertes de Gates. "Bill es, en esencia, una persona sin imaginación que nunca ha inventado nada, y por eso creo que se encuentra más cómodo ahora en el mundo de la filantropía que en el de la tecnología", fue el injusto veredicto de Jobs. "Se dedicó a copiar con todo descaro las ideas de los demás".

Cuando la Macintosh se encontraba todavía en la fase de desarrollo, Jobs fue a visitar a Gates. Microsoft había escrito algunas aplicaciones para la Apple II entre las que se incluía un programa de hoja de cálculo llamado Multiplan, y Jobs quería animar a Gates y su equipo a que crearan más productos para la futura Macintosh. Jobs, sentado en la sala de conferencias de Gates en el extremo opuesto a Seattle del lago Washington, presentó la atractiva perspectiva de una computadora para las masas, con una interfaz sencilla que pudiera producirse por millones en una fábrica californiana. Su descripción de aquella factoría de ensueño que absorbía los componentes de silicio de California y producía computadoras Macintosh ya acabadas llevó al equipo de Microsoft a bautizar el proyecto como "Sand", o "Arena". Incluso elaboraron un acrónimo a partir del nombre: "El increíble nuevo aparato de Steve" ("SAND", en sus siglas en inglés).

Gates había llevado a Microsoft a la fama tras escribir una versión de BASIC para el Altair (BASIC, cuyo acrónimo en inglés corresponde a las siglas de "Código de instrucciones simbólicas de uso general para principiantes", es un lenguaje de programación que facilita a los usuarios no especializados el poder escribir programas de software intercambiables entre diferentes plataformas). Jobs quería que Microsoft escribiera una versión de BASIC para la Macintosh, porque Wozniak -a pesar de la gran insistencia de Jobs- nunca había mejorado su versión de aquel lenguaje para la Apple II de manera que utilizara números de coma flotante. Además, Jobs quería que Microsoft escribiera aplicaciones de software -tales como un procesador de textos, programas de gráficos y hojas de cálculo para la Macintosh-. Gates accedió a preparar versiones gráficas de una nueva hoja de cálculo llamada Excel, un procesador de textos llamado Word y una versión de BASIC.

Por aquel entonces, Jobs era un rey y Gates todavía un cortesano: en 1984, las ventas anuales de Apple llegaron a los 1.500 millones de dólares, mientras que las de Microsoft eran de tan sólo 100 millones de dólares. Así pues, Gates se desplazó a Cupertino para asistir a una demostración del sistema operativo de la Macintosh y se llevó consigo a tres compañeros de Microsoft, entre los que se encontraba Charles Simonyi, que había trabajado en el Xerox PARC. Como todavía no contaban con un prototipo de la Macintosh que funcionara por completo, Andy Hertzfeld modificó un Lisa para que presentara el software de la Macintosh y lo mostrara en el prototipo de una pantalla de Macintosh.

Gates no quedó muy impresionado. "Recuerdo la primera vez que fuimos a verlo. Steve tenía una aplicación en la que sólo había objetos rebotando por la pantalla -rememoró-. Aquella era la única aplicación que funcionaba. El MacPaint todavía no estaba acabado". A Gates también le resultó antipática la actitud de Jobs. "Aquella era una especie de extraña maniobra de seducción en la que Steve nos decía que en realidad no nos necesitaba y que ellos estaban trabajando en un producto fantástico todavía secreto. Aquella era la actitud de vendedor de Steve Jobs, pero el tipo de vendedor que dice: ‘No te necesito, pero a lo mejor te dejo que participes'".

A los piratas de la Macintosh no les acabó de convencer Gates. "Podías ver que a Bill Gates no se le daba demasiado bien escuchar, no podía soportar que nadie le explicara cómo funcionaba algo. En vez de eso tenía que interrumpir y tratar de adivinarlo él mismo", recordaba Herztfeld. Le mostramos cómo se movía suavemente el cursor del Macintosh por la pantalla sin parpadear. "¿Qué tipo de hardware utilizan para dibujar el cursor?", preguntó Gates. Hertzfeld, que estaba muy orgulloso de poder conseguir aquello usando únicamente software, respondió: "¡No utilizamos ningún hardware especial!". Gates no quedó convencido e insistió en que era necesario contar con elementos específicos especiales para que el cursor se desplazase de aquella forma. "Entonces, ¿qué le puedes decir a alguien así?", comentó Hertzfeld. Bruce Horn, uno de los ingenieros de la Macintosh, declaró posteriormente: "Para mí quedó claro que Gates no era el tipo de persona que pudiera comprender o apreciar la elegancia de una Macintosh".

A pesar de este atisbo de recelo mutuo, ambos equipos estaban entusiasmados ante la perspectiva de que Microsoft crease un software gráfico para el Macintosh que llevase los computadores personales a un nuevo nivel, y todos se fueron a cenar a un restaurante de postín para celebrarlo. Microsoft puso inmediatamente a un gran equipo a trabajar en aquello. "Teníamos más gente trabajando en el Mac que ellos mismos -afirmó Gates-. Él tenía unas catorce o quince personas, y nosotros unas veinte. Estábamos jugándonoslo todo a aquel proyecto". Y aunque Jobs creía que no tenían demasiado gusto, los programadores de Microsoft eran muy constantes. "Venían con aplicaciones terribles -recordaba Jobs-, pero seguían trabajando en ellas y las mejoraban". Llegó un punto en que Jobs quedó tan cautivado por el Excel que llegó a un pacto secreto con Gates. Si Microsoft se comprometía a producir el Excel en exclusiva para la Macintosh durante dos años y a no hacer una versión para las PC de IBM, entonces Jobs detendría al equipo que tenía trabajando en una versión de BASIC para la Macintosh y adquiriría una licencia indefinida para utilizar el  BASIC de Microsoft. En una inteligente maniobra, Gates aceptó el trato, lo cual enfureció al equipo de Apple, cuyo proyecto fue cancelado, y le otorgó a Microsoft una ventaja de cara a futuras negociaciones.

Por el momento, Gates y Jobs habían establecido un vínculo. Aquel verano asistieron a una conferencia celebrada por el analista de la industria Ben Rosen en un centro de retiro del club Playboy situado en la ciudad de Lake Geneva, en Wisconsin, donde nadie sabía nada acerca de las interfaces gráficas que estaba desarrollando Apple. "Todo el mundo actuaba como si la PC de IBM lo fuera todo, lo cual estaba bien, pero Steve y yo sonreíamos confiados, porque nosotros también teníamos algo -recordaba Gates-. Él estuvo a punto de soltarlo, pero nadie llegó a enterarse de nada". Gates se convirtió en un asiduo de los retiros de Apple. "Acudía a todas aquellas fiestas hawaianas -comentó Gates-. Era parte del equipo".

Gates disfrutaba de sus frecuentes visitas a Cupertino, donde podía observar cómo Jobs interactuaba de forma errática con sus empleados y dejaba ver sus obsesiones. "Steve estaba muy metido en su papel de maestro de ceremonias, proclamando cómo la Mac iba a cambiar el mundo. Se dedicaba como un poseso a hacer que la gente trabajara demasiado, creando unas tensiones increíbles y forjando una compleja red de relaciones personales". En ocasiones Jobs se ponía a hablar con gran energía, y de pronto le cambiaba el humor y se ponía a compartir sus temores con Gates. "Salíamos un viernes por la noche, nos íbamos a cenar y Steve no paraba de afirmar que todo iba genial. Entonces, al día siguiente, invariablemente, empezaba a decir cosas como: ‘Oh, mierda, ¿vamos a poder vender esto?' ‘Oh, Dios, tengo que aumentar el precio, siento haberte hecho esto, mi equipo está formado por un montón de idiotas'".

Gates pudo experimentar una demostración del campo de distorsión de la realidad de Jobs cuando salió al mercado el Xerox Star. Jobs le preguntó a Gates, en una cena conjunta entre ambos equipos un viernes por la noche, cuántos Stars se habían vendido hasta entonces. Gates contestó que seiscientos. Al día siguiente, frente a Gates y todo el equipo, Jobs aseguró que se habían vendido trescientas unidades del Star, olvidando que Gates le acababa de mencionar a todo el mundo una cifra dos veces superior. "En ese instante todo su equipo se me quedó mirando para ver si yo lo acusaba de mentir como un bellaco -recordaría Gates-, pero en aquella ocasión no mordí el anzuelo". En otro momento en que Jobs y su equipo se encontraban visitando las instalaciones de Microsoft y fueron a cenar al Club de Tenis de Seattle, Jobs se embarcó en un sermón acerca de cómo la Macintosh y su software iban a ser tan sencillos de utilizar que no harían falta manuales de instrucciones. "Parecía como si cualquiera que hubiese pensado alguna vez en un manual de instrucciones para cualquier aplicación de la Mac fuera el mayor idiota del mundo -comentó Gates-, así que todos estábamos pensando: ‘¿Lo estará diciendo en serio?' ‘¿No deberíamos decirle que tenemos a gente trabajando en esos mismos manuales de instrucciones?'".

Pasado un tiempo, la relación se volvió algo más tormentosa. El plan original consistía en hacer que algunas de las aplicaciones de Microsoft -tales como el Excel, el gestor de archivos o el programa para dibujar gráficos- llevaran el logotipo de Apple y vinieran incluidas con la compra de una Macintosh. Jobs creía en los sistemas uniformes de principio a fin, de forma que la computadora se pudiera comenzar a utilizar nada más salir del embalaje, y también planeaba incluir las aplicaciones MacPaint y MacWrite de Apple. "Íbamos a ganar diez dólares por aplicación y máquina", comentó Gates. Sin embargo, aquel acuerdo enfadó a otros fabricantes de software de la competencia, tales como Mitch Kapor, de Lotus. Además, parecía que algunos de los programas de Microsoft iban a retrasarse, así que Jobs recurrió a una cláusula de su acuerdo con Microsoft y decidió no incluir su software en la Macintosh. Microsoft tendría que arreglárselas para distribuir sus programas y venderlos directamente al consumidor.

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Gates siguió adelante sin quejarse demasiado. Ya se estaba acostumbrando al hecho de que Jobs podía resultar inconstante y desconsiderado, y sospechaba que el hecho de que su software no fuera incluido en la Mac podría incluso ayudar a Microsoft. "Podíamos ganar más dinero si vendíamos nuestros programas por separado -afirmó Gates-. Ese sistema funciona mejor si estás dispuesto a pensar en que vas a contar con una cuota de mercado razonable". Microsoft acabó vendiéndoles su software a varias plataformas diferentes, y aquello hizo que el Microsoft Word para Macintosh ya no tuviera que estar acabado al mismo tiempo que la versión para la PC de IBM. Al final, la decisión de Jobs de echarse para atrás a la hora de incluir aquellos programas acabó por dañar a Apple más que a Microsoft.

Cuando el Excel para Macintosh salió al mercado, Jobs y Gates lo celebraron juntos en una cena con los medios de comunicación en el restaurante neoyorquino Tavern on the Green. Cuando le preguntaron si Microsoft iba a preparar una versión del programa para las PC de IBM, Gates no reveló el pacto al que había llegado con Jobs, sino que se limitó a contestar que, "con el tiempo", aquella era una posibilidad. Jobs se hizo con el micrófono: "Estoy seguro de que, con el tiempo, todos estaremos muertos", bromeó.

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