La isla de la eficiencia

Singapur es un claro ejemplo de cómo transitar del subdesarrollo al desarrollo. La fórmula: cambiar la forma en que venimos haciendo las cosas y planear el futuro.
Luis Miguel González

En Singapur no hay goma de mascar ni inodoros sucios en los edificios públicos. Hay multa para quien consuma chicle y para los que ensucian baños. El número de automóviles que se vende anualmente lo determina el gobierno y el ciudadano que quiere entrar a un casino debe pagar 100 dólares al gobierno. ¿Qué clase de país puede hacer esto?, se preguntarán ustedes. Una ciudad-Estado que nació en 1965 y fue capaz de transitar del tercer al primer mundo en una generación. Singapur es un archipiélago que ocupa una superficie similar a la de la Ciudad de México. En él habitan 4.7 millones de personas que tienen un PIB per cápita superior al de Suiza.

Hace medio siglo estaba en el mapamundi sólo como una parte de Malasia que albergaba un destacamento del Ejército británico. Ahora es una de las 10 ciudades más globales del mundo, debajo de Nueva York, Londres o Tokio, pero al mismo nivel que Hong Kong. Ahí está el tercer puerto con más movimiento y la sexta mayor marina mercante del mundo. Singapur es el principal mercado financiero del sureste asiático; tiene el mejor aeropuerto del orbe y una de las 20 mejores escuelas de negocios del planeta.

"Aquí ha ocurrido un milagro y siguen pasando muchas cosas, pero en México casi nadie se ha tomado la molestia de mirar hacia acá: están muy norteados y muy poco orientados", dice Stephane Michel, un empresario mexicano que radica en Hong Kong y viaja una vez por mes a Singapur para atender a sus clientes, empresarios mexicanos que quieren hacer negocios en Asia.

El milagro de Singapur está vinculado a un patriarca, Lee Kuan Yew, y a una filosofía, el confucianismo. Lee fue primer ministro de este país desde su fundación, en 1965, hasta 1991. Lo condujo en su transición de ser una economía premoderna -que generaba 400 dólares per cápita al año- al quinto país más rico del mundo, con 62,000 dólares de ingresos anuales por habitante. Esta ciudad-Estado pasó brevemente por la política industrial de sustitución de importaciones y luego cambió de enfoque para convertirse en una economía abierta, con una fuerte conducción estatal. Con cada crisis, ha sido capaz de adaptar su modelo de desarrollo con éxito, incorporando las nuevas tecnologías y las mejores prácticas internacionales. Es el número 1 en el ranking de Doing Business del Banco Mundial. Es una potencia en tecnología, en electrónica, petróleo y farmacéutica. Una referencia internacional en logística y en servicios financieros.

Lee Kuan Yew es un líder "cuya obra es inversamente proporcional al tamaño de su país", en palabras de Henry Kissinger. El nombre o la efigie de Lee no está en los billetes o las calles de Singapur, pero su influencia está por doquier.

Podemos hablar de él como un ingeniero social fuera de serie: impuso el inglés como lengua oficial; convirtió Singapur en uno de los países líderes en el combate a la corrupción; creó una agencia pública para promover el matrimonio de las mujeres con altos niveles educativos y creó un sistema de ahorro forzoso que dio vida a uno de los fondos soberanos más ricos del planeta, Temasek Holding. Al mismo tiempo, Lee Kuan Yew estableció un régimen que castiga con severidad los graffiti, el consumo de drogas y hasta el pronunciar palabrotas frente a las mujeres. "El individuo no puede comportarse como quiere si eso es a costa del orden de la sociedad", explicó Lee en Foreign Affairs.

En los próximos años, intensificarán sus relaciones con América Latina, "será una de las regiones que más crecerá", dice Masagos Zulkifli, del Ministerio de Relaciones Exteriores.

La ciudad-Estado quiere ser reconocida como un centro de creatividad y desarrollo de nuevas ideas. Quizá por eso, la Universidad de Negocios de Singapur está llena de letreros que exhortan a evitar el plagio de ideas de otros. Están apostando por convertirse en uno de los mayores receptores de turismo de apuestas, al nivel de Las Vegas, pero no quieren tener un problema con la ludopatía. Por eso ponen obstáculos para que sus ciudadanos asistan a los casinos: un impuesto de 100 dólares.

"Nuestra fortaleza es que no perdemos de vista que somos un país pequeño y sin recursos naturales. Sabemos que dependemos de nuestro esfuerzo y de la capacidad de anticipar el futuro", comenta Leong Horn Kee, embajador de Singapur en México.

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El autor es director editorial del periódico El Economista.

Comentarios: opinion@expansion.com.mx

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