El nuevo peligro en las democracias

La ‘vetocracia’ es una enfermedad que está en todas partes, en los momentos clave y su accionar lo llevan a cabo porque pueden hacerlo y no porque deban hacerlo.
Luis Miguel González

La democracia está secuestrada por la ‘vetocracia'. Esta frase me gusta porque es contundente. No ofrece una receta, pero le pone nombre a una enfermedad. Ofrece ese tipo de luz que corresponde a un buen diagnóstico ante un malestar crónico.

El concepto pertenece a Francis Fukuyama, el pensador estadounidense que hace dos décadas se equivocó con su teoría del final de la historia. Los vetócratas son aquellos que mandan porque pueden vetar. No necesitan ser inmovilistas de tiempo completo, reunirse en lo oscuro ni celebrar pactos de sangre para lograr cohesión.

No son una mayoría, necesariamente, pero están organizados para impedir que las transformaciones fundamentales ocurran. Saben que es más fácil bloquear que construir. No respetan nivel de gobierno ni a ninguno de los poderes de la Unión. Los vemos en el Congreso, cerrando el paso a reformas que son necesarias: educativa, laboral, fiscal y energética, entre otras. Defienden una forma de ver la justicia que favorece el statu quo. También se hacen sentir en el Ejecutivo, aplicando la máxima del gatopardismo, que todo cambie para que todo siga igual.

Francis Fukuyama se refirió por primera vez a la vetocracia en 2011 para describir la parálisis legislativa de EU. Su concepto pegó con fuerza en Europa, donde los cambios de fondo no encuentran forma de materializarse. No menciona a México, pero nuestro país es un caso para libro de texto por sus argumentos.

El interés colectivo de largo plazo está subordinado a la actuación de grupos que defienden sus intereses particulares de corto plazo: sindicatos, grupos empresariales, burócratas, asociaciones profesionales o caciques regionales. Nos cuesta miles de millones de dólares mantener esos privilegios. La inmovilidad se traduce en años de rezago y en retroceso en algunos de los índices internacionales que valen la pena, competitividad, riqueza y desarrollo.

México vive un momento de riesgo porque ha dejado atrás la estabilidad del sistema cerrado y no ha llegado al punto en el que podría gozar de la estabilidad que ofrece un sistema maduro de libertades. De ese tema se ha ocupado Ian Bremmer, el experto en riesgo geopolítico y autor de la teoría de la Curva J.

Hemos aprendido a medir los costos, gracias al esfuerzo y el talento de think tanks como CIDAC, IMCO, FUNDAR y Mexicanos Primero. Sabemos que la no aprobación de cambios a la legislación laboral cuesta casi 2 puntos del PIB e impide la creación de decenas de miles de empleo. Tenemos una idea aproximada de los costos asociados a la falta de transparencia en el gasto social y a la mala calidad de la educación.

Las mediciones nos han hecho más sabios, quizá. Sin embargo, no han sido suficientes para revertir el estancamiento. Los vetócratas son cínicos y tienen la piel gruesa. Hasta hace poco pensábamos que eran criaturas fotofóbicas que sucumbirían al peso de la luz. Ahora sabemos que aguantan la luz, las lupas, los periodicazos y mucho más.

Uno de los mayores riesgos de la vetocracia es que puede llevarnos a pensar que la democracia es el problema. No es raro escuchar voces que añoran los métodos autoritarios de ejercicio del poder. Hay personas informadas y llenas de buena fe que se preguntan si no es que el tiempo y los ritmos de la democracia son demasiado lentos para responder a los desafíos que derivan de ciclos económicos y sociales cada vez más cortos. Cuando citan a China como ejemplo no están para sutilezas. Atribuyen su éxito a la falta de democracia, más que a su capacidad de ejecutar en el largo plazo.

La democracia está amenazada por la vetocracia. Tenemos el nombre de la enfermedad, aunque nos falta la terapia para curarnos. Tenemos un rayo de luz para iluminar la oscuridad. Vamos lento, pero podríamos ir más rápidos. Hacer sentir todo el peso de nuestra voluntad de movernos rápido hacia el futuro.

El autor es director editorial del periódico El Economista.

Comentarios: opinión@expansion.com.mx

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